Escrito por Guillermo Meléndez Viernes 13 de Mayo de 2011 12:07

Nada más comes y te vas, pero no a La Habana
aunque añoras volver a El café de París
a beber mojitos en su barra llena de jineteras
mientras soneros ambulantes animan el bar
con El bodeguero, Flores negras, o El Chan chan.
Nada más terminas el postre, te echas una siesta
y al despertar vas al escritorio y reanudas
el diálogo con la cucaracha que merodea
entre el borde del retrete y el cepillo dental.
Que en la charla con el blátido tu ignorancia
no lo vaya a ofender: primero ausculta bien
y si no tiene ooteca lo despides diciendo
–adiós, ojalá no seas un solitario como yo
y que esta noche encuentres una hembra dispuesta
a compartir su amor. Mejor, sin indagar el sexo,
a la manera de Clarise Lispector pon en sus cinco ojos
el tedio cósmico como si ellos fueran espejos
donde un dios tirano refleja su omnipotencia cruel.
La tarde trascurre escuchando golpes de pezuñas
sobre el asfalto de una calle que se llama Pericles.
Pasan y pasan carretones llenos con cadáveres
de ficus muertos bajo el rigor invernal.
Al escuchar el trote firme y cadencioso vienen
a tu memoria el Siete Leguas, el Prieto Azabache
y Lucha Villa desde un palenque cantando
la gesta de estos potros mientras los gallos
se matan con las navajas de su espolón.
Nada más cenas y te vas, pero no al Dos gardenias
a que Ela Calvo atice las ascuas del desamor
cuando interprete Veinte años rodeada
de españoles ruidosos que no aprecian su arte.
Nada más cenas y antes de dormir, con una botella
de Habana Club trae la noche cubana a tu corazón
y así vas a sentir que Elena Burke desde un CD canta
como si estuviera en la pista de El gato tuerto
acompañada por la guitarra de Felipe Valdés.
(Imagen tomada de Internet / Derechos reservados por el autor)
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