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angelicasanta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

Cuenta la leyenda que hay dos árboles

acunando al cielo entre sus ramas

ahí donde las caderas de la tierra

acarician el torso desnudo del centauro.

 

Yo sólo sé que Xibalbá

está tan cercade mis raíces

como el vaho del jaguar

que aprisiona la voz de los corderos,

 

y sé también que,

por más que estiro las ramas

no puedo tocar la piel del sol

 

y sé que los frutos del avellano

no se dan en este continente

de piel reseca y dolorida.

 

II

Las bugambilias del vecino

hoy no se pusieron el traje de gala

y el silencio es una garra de jaguar

que peina con sus uñas mis cabellos.

 

Hay una rosa, seca y marchita

arrimada a los libros y a los discos

en espera de una mano que los haga hablar.

 

Quisiera tocar esos pétalos

donde letras y notas

arrojan su aliento de anís rancio.

 

Pero hoy tengo que meter la nariz

en el hocico de la bestia;

aprender el olor de los que rugen

sin que nadie se atreva a contradecirlos.

 

Sociedad     suciedad     oraciones

       besos     abrazos     culpas

 

Somos apenas un puñado de arena

que se mece al compás de la marea

en el ahuecado vientre de la tierra.

 

III

Las escamas de la serpiente

visten mi corteza

desahuciada de veranos.

 

Debo sostener la vertical

e intentar florecer

aferrada a la quijada de la bestia

que se traga las respuestas.

 

Me pierdo cada día entre renglones,

vanidosas soluciones y teorías,

y a final de cuentas

la noche toca mis dudas

con sus dedos lunares.

 

Digo que leí a Borges o a Marcuse

sólo para darme cuenta

de que las rosas siguen ahí

y a veces viene la bestia

y se las acaba a mordiscos

e indolentes manotazos

mientras yo

leo y releo a Borges o a Marcuse.

 

Angélica Santa Olaya D. R. Ó

México, D. F., junio de 2011.

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