Escrito por Angélica Santa Olaya Martes 07 de Junio de 2011 12:34

I
Cuenta la leyenda que hay dos árboles
acunando al cielo entre sus ramas
ahí donde las caderas de la tierra
acarician el torso desnudo del centauro.
Yo sólo sé que Xibalbá
está tan cercade mis raíces
como el vaho del jaguar
que aprisiona la voz de los corderos,
y sé también que,
por más que estiro las ramas
no puedo tocar la piel del sol
y sé que los frutos del avellano
no se dan en este continente
de piel reseca y dolorida.
II
Las bugambilias del vecino
hoy no se pusieron el traje de gala
y el silencio es una garra de jaguar
que peina con sus uñas mis cabellos.
Hay una rosa, seca y marchita
arrimada a los libros y a los discos
en espera de una mano que los haga hablar.
Quisiera tocar esos pétalos
donde letras y notas
arrojan su aliento de anís rancio.
Pero hoy tengo que meter la nariz
en el hocico de la bestia;
aprender el olor de los que rugen
sin que nadie se atreva a contradecirlos.
Sociedad suciedad oraciones
besos abrazos culpas
Somos apenas un puñado de arena
que se mece al compás de la marea
en el ahuecado vientre de la tierra.
III
Las escamas de la serpiente
visten mi corteza
desahuciada de veranos.
Debo sostener la vertical
e intentar florecer
aferrada a la quijada de la bestia
que se traga las respuestas.
Me pierdo cada día entre renglones,
vanidosas soluciones y teorías,
y a final de cuentas
la noche toca mis dudas
con sus dedos lunares.
Digo que leí a Borges o a Marcuse
sólo para darme cuenta
de que las rosas siguen ahí
y a veces viene la bestia
y se las acaba a mordiscos
e indolentes manotazos
mientras yo
leo y releo a Borges o a Marcuse.
Angélica Santa Olaya D. R. Ó
México, D. F., junio de 2011.
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