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                                  cochiloco

Inocente y enorme, en un pueblo costeño de Nayarit, habiendo sido alumbrado por una buena mujer que regalaba la mercancía de la tienda para desquitarse de un marido difícil, Joaquín recibía el arrullo de las palmeras y el oleaje. Pero antes de que pudiera descubrirse notable, la orfandad lo hizo emigrar hacia el norte. Así llegó a Ciudad Juárez: al otro lado del río, Estados Unidos; de su lado, México; un adolescente que al manotear contra la arena del desierto y los chamizos ensanchaba la nariz para reencontrar el olor de mar que impregnaba el aire en su lejano pueblo de coco.

Joaquín sólo había experimentado la ternura de la mujer en su madre y sus tías; y en los actos de su hermana la risueña hostilidad que ellas generan. Pero el incendio inmisericorde de las mujeres le era apenas conocido a través de una imagen que él pretendía evadir en su memoria.

En la tienda, su madre aguardaba el regreso del esposo que llevaba ya cinco días metido en las cantinas de la costa. Con nueve años de edad y a un lado del mostrador, Joaquín formaba letras sobre el piso amontonando las corcholatas de refrescos. Entonces se enmarcó en la puerta la figura de una muchacha que caminaba silenciosa. En sus brazos iba acunado un pequeño. Joaquín escuchó la petición y supo que su madre accedería cuando la miró posar sus manos sobre los hombros de la mujer. Vio que los ojos de la joven se mojaban un poco mientras su madre le decía que no sería ninguna molestia, que se sentara un «momentito» mientras ella le preparaba el «mandado». El niño que la muchacha cargaba empezó a llorar entonces y mientras la madre de Joaquín se afanaba bajo la estantería, eligiendo leche en polvo y paquetes de avena, arroz y frijoles, botellas de aceite y harina, huevos y café, la joven se apresuró a sentarse en una pequeña banca frente al lugar donde Joaquín seguía en el piso, a dos metros de ella. En seguida la mujer se desabotonó la blusa y se descubrió un seno para ofrecerle el pezón al pequeño que se dilató un poco en rodearlo con sus labios. Y en ese lapso sintió Joaquín por primera vez algo que con el tiempo reconocería como rubor. No pudo apartar los ojos del pecho que la muchacha mantenía descubierto, sonriéndole con un gesto que él, apretando en su mano una corcholata y lastimándose con sus bordes afilados sin darse cuenta, no logró comprender y sin embargo lo alteró para siempre.

Segundos después, la voz de su madre, con un tono que Joaquín nunca le había escuchado, le ordenó que dejara de jugar y entrara en la casa. Al hacerlo, Joaquín llevaba la certeza de que la había disgustado; pero también padecía una excitación que nunca antes se le había mostrado con esa nitidez bajo la ropa.

Por eso, cuatro años más tarde, huérfano y recién llegado a Ciudad Juárez, en las doncellas que veía pasar, como apaches retadoras todas, con las miradas fijas en el sol y el desierto, ansiosa cada una por entregarse a un guerrero belicoso, buscaba Joaquín alguna muchacha que le recordara el juego de las aguas, la brisa del Pacífico: esa mirada indescifrable de una mujer con un pecho descubierto.

Y no tardó en creer que por fin se topaba con ella. Al distinguirla por primera vez, en la escuela, se aficionó a seguirla para sentirse menos perdido en la ciudad de fuego.

En los salones y patios de la secundaria, en las calles de Ciudad Juárez, la miraba de lejos: su cabello y sus piernas, su rostro y caderas. Ella descubrió muy pronto, con su adivinación de adolescente en penumbra, que en la escuela un muchacho muy fuerte era ante ella una piedra redomada y lacrimosa. Vio en él la anchura de espalda de un bravo invencible; notó en su mirada al jinete que no habría de sentir jamás la fatiga. Y no quiso adentrarse en el misterio de Joaquín: un cuerpo que no reconocía su propia fuerza sino en el instante del sueño.

Ignoraba ella que Joaquín buscaría pronto un lugar junto a los felices y escasos. Sólo veía un guerrero a galope por el mundo, para conquistar una loma y merecer el tesoro de la libertad y la caza. Él, por su parte, inventaba en la muchacha el río y el árbol que vigilaran sus sueños.

Con todo, el par de muchachos nada de eso sabía de cierto, nada de eso se acogía a su pensamiento. Porque eran dos cuerpos meciéndose al garete en la ciudad, atados sólo por el listón del instinto y la casualidad de los estudios oficiales: matemáticas a la hora de la menstruación; hombre y sociedad en el momento de las erecciones.

Meses después, días antes de que terminara el curso, Joaquín ya no podía más. Por eso se paró frente al espejo la mañana del último día de clases. Se habló por primera vez a sí mismo como si fuera un amigo mayor ante otro acobardado. Recargó la frente en el cristal para decirse, silabeando:

–Si no le hablas hoy te fre-ga-ste, Joa-quin-ci-to. Ponte trucha.

Horas más tarde, al salir de la secundaria, evadiendo el escándalo del principio de las vacaciones, se esforzó contra el miedo que le había cubierto la boca y se aproximó a la muchacha. Ella supo que él por fin se atrevería y lo alentó con una sonrisa. Joaquín tartamudeó un saludo y luego, sin pausa, acicateado por su propia cara reflejada en el espejo de su casa, soltó su parlamento.

–Y si quieres ir al cine el domingo yo te invito y paso por ti a tu casa, al fin que ya sé dónde vives. ¿Sí quieres?

Ella miró la gran sombra que Joaquín proyectaba y mostró su aceptación con un movimiento de cabeza que al muchacho le pareció inolvidable. Luego siguieron caminando. A lo lejos parecía que un oso alelado flotaba en torno de una ardilla ensimismada en su placer.

Joaquín, el Cossío, tenía quince años. Ya era muy alto y muy ancho, aunque nunca había tenido oportunidad de probar su potencia en momentos de riesgo: un búfalo cargando contra el cazador, un cavernícola alzando su piedra. Y ese domingo llamó a una puerta. Salió la muchacha. La aguardaba el hombre que toda una noche (y dos noches antes y meses atrás) había meditado en su palabra, en su ropa, en su voz y su aspecto.

Se dirigieron hacia una esquina donde esperarían el autobús que los dejaría a una cuadra del cine. Joaquín, al caminar, se había situado un poco por delante de ella para no dejarse ver un rostro donde el sonrojo aparecería. Y sin voltear a mirarla, con el paso rápido de un hombre que no desea mostrar la timidez, el miedo al rechazo, soltó su declaración sin pausa ni respiro.

–Y ya ves que me gustas mucho, Perlita. Por eso te invité, para ver si quieres andar conmigo.

Ella no había sospechado que Joaquín fuera a proponérselo tan pronto. Sin embargo, su respuesta estaba lista. Un poco sorprendida por lo que consideró audacia del muchacho, de pronto acobardada ella también, respondió con un sí muy breve que Joaquín sintió a sus espaldas como un repique de campanas. Y él ardió en sus orejas, se perdió en la selva y la nieve, supo que empezaba su dicha. Por eso, seguro de que el siguiente era el acto indicado, extendió una mano hacia atrás, una mano ancha y muy fuerte, para tomar la mano tersa y blanca de su primera novia. Y sin darse cuenta, regocijado, Joaquín apretó el paso. Sin soltar de su mano de enorme gorila, de gorila tierno, la mano de una doncella, siguió marchando e infló el pecho para respirar rápido y preparar su sonrisa: hombre ya, un varón feliz. Y cuando volteó a donde suponía que estaba el rostro de su Perlita, Joaquín nada vio. Fue un instante de pasmo. En su boca la sonrisa se convirtió en un tartamudeo sin sentido. ¿A dónde se había ido la amada? ¿Y por qué en su mano aún sentía la mano doncella?

Luego oyó en el suelo un murmullo. Un ruido creció desde la acera. Él iba de prisa, casi corriendo, por el placer de la novia primera. Y al hacerlo arrastraba de la mano el amado cuerpo que desde el suelo, en forcejeo, le gritaba:

 –¡Suéltame! ¡Ya suéltame, idiota!

(Imagen tomada de Internet / Derechos reservados por el autor)

 

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