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Oaxaca fue para el escritor inglés Malcolm Lowry de suma importancia en términos creativos: inagotable fuente de inspiración, lugar donde los hechos vivenciados adquieren una maravillosa transformación literaria, donde los más mínimos detalles logran traspasar la nimiedad adhiriéndose a una totalidad narrativa espléndidamente lograda, como es el caso de su novela "Bajo el volcán", una de las más importantes del siglo veinte.

México es descrito tan certeramente que pareciera que el autor hubiese vivido aquí mucho más tiempo que el que realmente permaneció. Al inicio de la novela describe su geografía y de manera especial a la ciudad de Cuernavaca, punto de partida en las experiencias del Cónsul, protagonista central en "Bajo el volcán".

"Dos cadenas montañosas atraviesan la República, aproximadamente de norte a sur, formando entre sí valles y planicies. Ante uno de esos valles, dominado por dos volcanes, se extiende a dos mil metros sobre el nivel del mar, la ciudad de Quauhnáhuac. Queda situada bastante al sur del Trópico de Cáncer, para ser exactos en el paralelo diecinueve (...) Los muros de la ciudad, construída en una colina, son altos; las calles y veredas, tortuosas y accidentadas; los caminos sinuosos. Una carretera amplia y hermosa, de estilo norteamericano, entra por el norte y se pierde en estrechas callejuelas para convertirse, al salir, en un sendero de cabras. Quauhnáhuac tiene dieciocho iglesias y cincuenta y siete cantinas".

Fue la definitiva separación de su primera esposa Jan lo que trajo a Malcolm Lowry a Oaxaca. De hecho, Jan Gabriel, una actriz norteamericana a quien conoció en Granada, en el sur de España, en 1933, a través del escritor Conrad Aiken. Ella lo abandona después de un frustrado intento de reconciliación. A comienzos de 1934 habían contraído matrimonio en París, permaneciendo juntos durante seis meses. Al no prosperar la relación, la señora Lowry optó por regresar a los Estados Unidos y él, en consecuencia, se marchó a Londres, donde permaneció por escasos tres meses. En octubre del mismo año, Lowry decide atravesar el Atlántico para ir a Nueva York en busca de su mujer. He aquí el inicio de su posterior residencia en México.

Después de una prolongada estadía en la ciudad de Nueva York, (donde en junio de 1935, por problemas de alcoholismo, es internado en el sector de psiquiatría del Bellevue Hospital y donde como fruto de esta experiencia, escribe la primera versión de "Lunar Caustic") saturado, decide mudarse de ciudad.

A pesar de las continuas borracheras de Lowry y de las infidelidades de Jan el matrimonio volvió a reunirse y juntos viajaron a Los Angeles donde el escritor trabajó en guiones de cine. Con la esperanza de que un viaje les ayudaría a consolidar el matrimonio partieron a San Diego para abordar el carguero "S.S. Pennsylvania" que los llevaría a México. Desembarcaron en Acapulco el día 2 de noviembre de 1936, día de fiesta de los difuntos y se establecieron en la ciudad de Cuernavaca, en el estado de Morelos, en una casa ubicada en la calle Humboldt Nº 24, a un costado de la barranca, latamente descrita como el infierno en la novela "Bajo el volcán". El mismo día en que es abandonado por Jan, Lowry viajó a Oaxaca, "para ahogar su dolor en el mejor mezcal de México".

En Etla, un pequeño poblado cercano a la capital del estado, vio a unos diablos danzando en el lodo mientras las montañas se volvían purpúreas, en el "cruel país del cactus". A mediados de diciembre de 1937 estaba hospedado en el Hotel Francia, el mismo que ocupó años antes D.H. Lawrence. Tras una serie de malentendidos, debido a su estado de intemperancia y al desconocimiento del español, es encarcelado por motivos políticos (otras versiones sostienen que por no tener pasaporte; según el propio Lowry en carta dirigida a su padre, por manifestar públicamente sus opiniones liberales) permaneciendo la navidad de 1937 en la prisión de Oaxaca. De esta época, que se refleja nítidamente en "Bajo el volcán", quedan algunas cartas, donde quizás en parte fruto de la paranoia, afirma que es continuamente perseguido por misteriosos hombres de gafas oscuras. Esta experiencia dejó huellas indelebles, como lo evidencia el poema que escribió con motivo de sus días de reclusión:

"Conocí una ciudad de noche aterradora

El niño alcohólico temblando en la mazmorra

Confortado por el asesino, la compasión aquí también existe

Los ruidos de la noche clamando, pidiendo ayuda,

Desde la ciudad y desde el jardín que expulsa a quien destruye."

En Oaxaca trabó amistad con Juan Fernando Márquez, personificación del doctor Vigil y de Juan Cerrillo en "Bajo el volcán". La cantina "El Bosque" fue el modelo original del "Farolito", en recuerdo de las horas felices que había pasado bebiendo con Fernando, un zapoteco que trabajaba como mensajero del Banco Nacional de Crédito Ejidal, establecido para ayudar a los agricultores pobres, con el cual solía cabalgar hacia distintos puntos del estado, acompañándolo en su misión de entregas de dinero.

La rutina de Lowry en Oaxaca giraba en torno al mezcal. Con Fernando Márquez, que se refería a Lowry como "el fabricante de tragedias", muchas veces al amanecer se encaminaban tambaleando al templo de la Virgen de la Soledad, donde fervientemente rezaban a la madre "de los que no tienen a nadie con ellos", a "la virgen de los desamparados", rogándole para que hiciera real el mundo de lo imaginario. De igual modo el Cónsul en "Bajo el volcán" le reza a la Virgen de la Soledad, pidiéndole liberarlo de la tiranía del yo. "He caído muy bajo. Déjame caer más bajo aún, para que pueda conocer la verdad. Déjame sufrir verdaderamente. Devuélveme mi pureza, el conocimiento de los misterios, que he traicionado y perdido".

En el capítulo 10, sobre la guerra civil española, el Cónsul, durante una discusión política, se burla de los argumentos ideológicos de Hugh y defiende el determinismo histórico que Tolstoi expone en "La guerra y la paz". Hugh, un marxista, cree en la acción y la responsabilidad, y no puede aceptar que los seres humanos sean víctimas del destino". La confrontación ideológica se transforma en una confrontación personal y la discusión acaba con el capítulo, cuando Geoffrey, el Cónsul, rechazando cualquier tipo de "interferencia" elige "el infierno" y toma el camino hacia la cantina "El Farolito", que significa para él la destrucción y la muerte. El capítulo se cierra con la percepción de los volcanes por el Cónsul, precipitándose el uno contra el otro, una imagen definida como "el símbolo de la guerra que se avecina".

Lowry, en este capítulo, reproduce una discusión real, según afirma su amigo de juventud y maestro Conrad Aiken, quien textualmente sostiene: "Y podría añadir, para aquellos que estén interesados en el tema, que toda la discusión entre el Cónsul y el otro, sobre marxismo, en "Bajo el volcán", es una reproducción, palabra por palabra, de una discusión entre Malcolm y yo. Lo que importa destacar aquí es que el personaje de Hugh se basa en el joven Lowry de los años treinta".

En noviembre de 1945 regresa a México con su segunda esposa (Margarie Bonner) para reconocer el escenario de la novela. Visita Cuernavaca y viaja a Oaxaca en busca de Juan Fernando Márquez para descubrir que, como el Cónsul, fue asesinado en una riña de cantina. Este hecho será el tema de una nueva novela, "Oscuro como la tumba donde yace mi amigo", publicada póstumamente por su esposa. Malcolm Lowry imprime en su obra, a través de los distintos personajes, la experiencia de su propia existencia. "Bajo el volcán" trata de las formas en que la culpa, el "peso del pasado" agobia al espíritu humano. En la extensa carta que escribió a su editor en Inglaterra, Jonathan Cape (publicada en 1971 por Tusquets Editores bajo el título de "El volcán, el mezcal, los comisarios") donde explica y apasionadamente defiende cada capítulo de su novela, afirma que los personajes están concebidos como aspectos del mismo hombre. También manifiesta que el proyecto original del libro fue constituir una especie de infierno, como un purgatorio y un paraíso a seguir: "el protagonista trágico de cada una de esas partes, como Chichikov en "Las Almas Muertas" iría mejorando paulatinamente en medio del camino de la vida".

En abril de 1946, después de casi diez años de escritura y reescritura "Bajo el volcan" es aceptado simultáneamente por los editores Reynal and Hitchok en Nueva York y Jonathan Cape en Inglaterra. Tiempo después, tras la publicación y posterior éxito de la novela, Lowry escribió el siguiente poema:

El éxito es como un terrible desastre

Peor que tu casa ardiendo, los ruidos del derribo

Cuando las vigas caen cada vez más de prisa

Mientras tú sigues allí, testigo desesperado de tu condenación.

La fama como un borracho consume la casa del alma

Revelando que sólo has trabajado para eso.

¡Ah!, si yo hubiese sufrido su traidor beso

Y hubiese permanecido en la oscuridad para siempre, hundido y fracasado.

Y para la lápida de su tumba compuso este epitafio: Malcolm Lowry/ Ultimo deshecho de Bowery/ Su prosa era florida/ Y a menudo incandescente/ Vivió, de noche, y bebió de día/ Y murió tocando el ukelele.

(Bowery: barrio bajo de Nueva York donde abundan los alcohólicos).

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ATACAMA

A Carlos Droguett

Tenía el convencimiento de que nunca más iba a aclarar. Era el día y la hora exacta del solsticio de invierno en el hemisferio sur, en Atacama. Oriundos del abstracto puerto de Coquimbo, pasando por La Serena alguna vez incendiada, nos adentramos por el límite sur de la región. El amanecer negro, la intensa neblina, los ojos sin horizonte, el frío, los huesos y una cierta sensación de desespero inoculó en mi espíritu el sentimiento de que vivía en un mundo que no existía.

Ininterrumpidamente continua era la línea blanca que dividía la carretera, una serpiente que señalaba los profundos y desquiciados barrancos del infierno si osabas adelantar a los camiones de carga que ascendían y descendían las feroces y pronunciadas cuestas que infatigablemente se sucedían, curva a curva, unas a otras, hasta llegar a aquella más alta que significó en su descenso la ratificación de un amor que secretamente albergaba en mi interior a la luz del amanecer, a la aurora, especialmente en aquel momento de oscuridad, debilidad y pánico, en que atrás quedaba la leche negra de la noche, como un puente cortado entre un estado de conciencia y otro.

La luz apareció sobre el paisaje como por primera vez. Un lomaje de oro y arena y arbustos inclinados por el viento y cactos y piedras y gente ausente.

Esos mismos ojos observaron poco después el mar y no lejos de la rompiente golpeamos la puerta de una casa de amplio patio enteramente plantado de olivos, aceitunas que eran prensadas para la obtención de un aceite verde de sabor profundo, penetrante y oloroso, utilizando en su procedimiento extra virgen ingeniosas herramientas y utensilios de madera, y ellos los prensadores, que eran los dueños de casa, al preguntarles yo sus nombres y observar una secreta inquietud en sus rostros me indujo a pensar que aquella era una relación propia de amores furtivos, quizás incestuosa, como por ejemplo la de primos hermanos huidos de su pueblo natal y de la condena moral de ser parientes en la sangre, en la carne y en el corazón. Los dos poseían unos penetrantes ojos azules de distinta luminosidad como la que tiene el mar y el cielo al amanecer. Ambos se apellidaban hijos de las dunas y el sol, en kunza, lengua atacameña, la que conservaban a pesar de su mestizaje.

Pasé buena parte de la mañana ayudando a clasificar por tamaño las aceitunas y observando una pálida virgen llena de musgos en una gruta de piedras negras que había en un rincón del patio con varias velas aún encendidas.

Al despedirme y marcharme por la callejuela hacia el cementerio de burros, inmediatamente oí un susurro arrítmico detrás de la puerta, era una plegaria sincrética que decía:

tican cunsa hirico is astansi i cotas cielos.

santi hijia chea vaclo.

cum cachia chema reino lepalo.

as voluntas acquis en la oiri penii cachi li cielo.

hi tancta cumsa he capin vasina canalo aun capin.

i cum perdonácalo cun manuya acquis pen cuna perdonama cun deudorctpas.

i cum deja chacalo cum colac cutia y tentacioniyas.

hichucul cumas librácolo hiri malipanta.

i kis yaclo.

Era nada menos que el rezo del Padre Nuestro pronunciado en lengua lican-antai o atacameña, a modo de espanta males, era la limpia de rigor una vez marchadas las visitas, contra la sordidez de sus pensamientos y el peso que invariablemente estos dejan adheridos a los anchos y viejos muros de adobe de esa casa de olivos frondosos cargados de aceitunas en el sur de Atacama, en una aldea constituida fundamentalmente por personas que alguna vez vieron erupcionar el volcán de Licancábur, la montaña sagrada de los hijos del desierto, y de diaguitas de la costa confusamente llamados changos.

De Caleta Chañaral pasando por Carrizalillo tomamos la ruta al fantasmal pueblo minero de Domeyko, un camino de escasa circulación que zigzaguea entre cerros de la Cordillera de la Costa, que en estas latitudes de Chile aparece fraccionada y discontinua por efecto de la erosión y acción del mar, cerros y cerros, ocres, grises, blancos y pálidos rojos, ferruginosos, derruidos, con la musculatura y los nervios geológicos a la vista.

La gran mayoría de la casas de Domeyko estaban abandonadas, las calles eran angostas y llenas de pasado esplendor minero. Desde la desmantelada estación de trenes pude advertir el metálico observatorio astronómico de La Silla, que hacía de él un espejo de sol en la cima de otro cerro, esta vez del cordón andino, en este delgado y telúrico país.

Como corolario de tanta alegría y horizontes una súbita tristeza se apoderó del paisaje, la luz se marchaba por el océano Pacífico a alumbrar los nuevos amaneceres de los continentes de Oceanía y Asia, dejando atrás y a oscuras la noche de Domeyko. Fue cuando decidimos marcharnos a la tierra donde alguna vez quise nacer, Vallenar, estadio de ensueños, amor verdadero y frío al atardecer. Pero no fue así, el amor fue una profunda decepción en el bondadoso, solitario y ebrio corazón del minero que, cual Prometeo en el Cáucaso, permanecía encadenado a un risco de los Andes, envuelto por una ligera niebla y con varios cóndores que sobrevolaban y descendían a devorarle los ojos de su ceguera, que fue la de amar a ojos cerrados, sin ver ni oir ni sentir cómo se plasmaba la tragedia y alojaba definitivamente en su noble corazón de oro.

Al tomar esta vez la retirada de la o´higginiana San Ambrosio de Ballenary nos vimos en el camino de los olivos, en en valle del río Huasco, ascendiendo la precordillera a partir de esos 380 metros de altura sobre el nivel del mar que posee Vallenar, lentamente, por el rocoso cañón, dejando atrás los poblados de Las Porotas, El Carrizo y Camarones, sembrados de hortalizas y legumbres, con burros que rebuznaban en los carrizales, a un lado de los viñedos donde crecen unas uvas pequeñas amarillas con las que fabrican un renombrado aguardiente de la zona, elíxir que una vez ingerido me produjo la misma sensación primera de que vivía en un mundo que no existía, con el agravante de que incubó en mi espíritu una súbita fiebre por el oro y deseos de llevar a cabo, como antes Cabeza de Vaca, la búsqueda de la fuente de la eterna juventud, que al fin de cuentas fue un chapuzón en una acequia de regadío que lleva sus aguas al río Tránsito, confluyendo éste en el río Huasco y éste a su vez en el extenso embalse de Santa Juana.

Las rocas y la nitidez de los cielos, las rocas inmensas en el paisaje, las rocas fastuosas esculpidas por el viento, las rocas, las rocas que caen al camino, atrás el villorio de Alto del Carmen, camino adentro por el valle de los Naturales, que es otro al de los Españoles, y que tiene muchas flores llamadas coronas del inca y una manera conductual de sus habitantes como aquella que otorga el rigor de la montaña, la nieve y las estrellas aumentadas de tamaño en esa altura de la tierra, en los ojos y en la observación.

En Pinte los cerros estan pintados de colores, resaltan los rojos, el ocre y el morado, por eso se llama Pinte, por los colores de sus cerros. Ahí vive doña Nelly Santibáñez y sus hermanas Juana, Sinforosa, Isabel y Mercedes, todas solteras y sin hijos, en una vieja casona rodeada de paltos, higueras, naranjos y tunas, con gallinas, patos y gansos picoteando sin control de esfínter por los patios sombreados.

Una vez que las hermanas Santibáñez recibieron el pescado que desde la costa traíamos para ellas, casi al unísono exclamaron lo que aprendieron de sus padres al amanecer: "hay niebla, viene el pescado", y regresaron a la chala a trabajar, que es el lugar donde se siembra el maíz. Así fue como los ojos aún frescos de las merluzas vieron por primera vez algunos fósiles, almejas y otros bivalvos petrificados, que coleccionaba el único vecino de las hermanas Santibáñez, un arqueólogo autodidacta en estado original, un recolector de la memoria que guarda todos sus hallazgos en un pequeño museo de sitio, se llama Gabriel Rivera y es descendiente directo del último diaguita alfarero de alta montaña. Él, después de unos brindis de aguardiente de níspero, me señaló, con viejas fotografías color sepia en mano, que a principios del siglo XX había nacido en Pinte el hombre más alto de Chile, que se llamaba Benjamín Herrera Campillay (1905-1930), el cual desde niño fue más alto que todos, llegó a medir 2 metros y 46 centímetros. Su ropa y zapatos eran especialmente confeccionados para él, ya que no existían vestimentas de su talla en las tiendas del ramo. Falleció tempranamente, a los 25 años de edad, enfermo de gigantismo, y sus largos restos hoy descansan en el cementerio de Vallenar.

Desde donde se inician las níveas cumbres andinas, en Junta de Valeriano, a 1880 metros sobre el nivel del mar, (la única escuela primaria tenía por insignia un monte nevado bajo una estrella, donde se podía leer disciplina, creatividad y luz), descendimos de una vez a la costa del Océano Pacífico pasando nuevamente por Vallenar y poco después por la atractiva ciudad de Freirina camino a Carrizal Bajo, al norte de Huasco, donde el desierto reaparece con dunas enormes y solitarios parajes de piedras oscuras y cactos en un fondo de rocosas montañas metálicas. Toda la angostura de Chile entre el alto ande y el mar, todas las formas de expresión geográfica, austral, hondamente sísmica, trágica e inevitablemente humana.

Con esa visión y estado de ánimo llegamos a fotografiar el viejo y abandonado cementerio de Carrizal Bajo, que poseía tumbas de elegantes rejas carcomidas por el óxido salino y la intemperie, tumbas finamente decoradas, que hacían

recordar los viejos tiempos de bonanza y de ingleses en tierra y en alta mar, desmoronándose estos recuerdos en la bruma de un puerto que ya no existe más que en la memoria de los que aún permanecen en aquellas orillas del mar.

Durante los años 1850 al 1900, esta pequeña ciudad fue uno de los puertos más importantes de Chile. Aquí se instaló el segundo ferrocarril el año 1864, después de la vía existente entre Caldera y Copiapó, que la unía con poblados y sectores mineros cercanos como Canto del Agua y Carrizal Alto. Después del año 1900 la minería declinó, Carrizal Alto desapareció y el ferrocarril fue cerrado en 1961. Años después la bullada internación de armas a Chile por parte del Frente Patriótico Manuel Rodríguez en 1986, reivindicó su nombre en el olvido.

Había aquí en Carrizal Bajo muchos botes y pescadores y albacoras y congrios colorados, rojos, muy rojos y frescos, los que eran cocinados fundamentalmente en nutrientes caldillos, o en su defecto, pasados por batido y fritos en abundante aceite, con guarnición de puré de papas y ensalada a la chilena, que no es otra que la de tomate con cebolla cortada en plumas casi transparentes.

También mariscadores que se dedican a la extracción de lapas, jaibas, picorocos, cholgas, erizos, locos y choros. A ambos trabajadores del mar les interesaba que lloviese al menos unos pocos milímetros al año con el fin de atraer visitas que cautivadas por el fenómeno turístico del desierto florido concurrían en primavera a observar el paisaje dejando debidamente holgadas las arcas de este solitario puerto.

Algo más al sur, en Caleta Angosta, sus habitantes se dedican a la extracción de algas, son los llamados huireros, quienes con largos palos que terminan en garfios, recogen desde la orilla ramas distintas que arroja el mar y que ellos desprenden de las rocas para después seleccionarlas y extenderlas sobre las pedregosas playas para que sequen al sol, siendo el más apreciado por su valor, uno llamado palo de huiro, que es el tronco de una de esas plantas oceánicas. Hombres recolectores pendientes de la luna y las mareas, como también de un camión que semanalmente compra sus atados de algas secas, en un paisaje de dunas actualmente declarado cementerio arqueológico y reserva del Parque Nacional Llanos de Challe, crecen ahí flores y especies cactáceas que sólo se pueden hallar en esa zona donde siempre el desierto después de una lluvia floreció.

Pocas horas después, anocheciendo, entramos a la capital regional de Atacama, Copiapó, dispuestos a dormir el sueño que produce una larga jornada, el polvo y el sol, con el convencimiento intrínseco de abandonarla temprano por razones prácticamente de estado: inhóspita, poco amable y cara, donde una residencial de cuarenta mil pesos no era más que un cuarto lleno de hongos y humedad. Capital alguna vez de los sueños dorados que produjo la minería de plata de Chañarcillo, mucho antes de la Guerra del Pacífico, cuando la prosperidad volvió locos a muchos nuevos ricos copiapinos, entre pianos, felpas y vajillas de porcelana de Limoges.

Al alba enfilamos hacia el interior del valle de Copiapó (Copayapu, copa de oro, color verde azul como el óxido de cobre, una fusión lingüística aymara – quechua según el sacerdote jesuita y cronista Alonso de Ovalle), deteniéndonos a observar la deteriorada y magnífica iglesia de la Ex-Hacienda de Nantoco, construida en 1870 y diseñada de una sola nave con un alto frontón triangular sobre el cual se levanta una hermosa torre y campanario.

Su construcción fue encargada por Apolinario Soto, un minero enriquecido con la explotación del mineral de plata "Margarita", en la localidad de Tres Puntas, quien contrata a dos carpinteros ingleses para que la levanten. La iglesia fue construida con madera de pino de Oregon y con tabiquería de caña de Guayaquil con revoque de barro. Permanece con su frontis intacto, junto a una enorme casa patronal con jardines abandonados de palmeras chilenas y jacarandas.

Diego de Almagro el 21 de Marzo de 1536 descubrió el Reyno de Chile, lo hizo ingresando por la Cordillera de los Andes a través de la quebrada de Paipote, en este mismo valle de Copiapó, tierras donde se celebró la primera misa católica en Chile.

Atrás Nantoco, Tierra Amarilla, Paipote y Copiapó, rumbo a los vestigios del centro metalúrgico Viña del Cerro, por una ruta angosta precordillerana hacia Los Loros y San Antonio, hasta donde una vez llegó el tren que comunicaba con Copiapó y Caldera. Viña del Cerro es una fundición prehispánica del siglo XV y actualmente es un sitio arqueológico que muestra las actividades mineras - metalúrgicas de la cultura diaguita - incaica. Está situada en la cima de un cerro a 1100 metros sobre el nivel del mar y a 80 kilómetros río arriba de la capital regional, el viento es casi permanente y servía para soplar los hornos y elevar sus temperaturas de fundición. Desde lo alto se ven extensos viñedos que encajonados por los dorados cerros del valle nuevamente me hace recordar aquellos no lejanos días de fiebre en que el oro fue más valioso que las vidas de los hombres que lo poseyeron.

El sol se marcha temprano en esa latitud o lar, y los cerros adquieren los colores originales de sus minerales distintos y el horizonte inmediato son otros cerros de colores verdes oscuros, de cobre fundamentalmente constituidos.

El descenso destempla los sentidos, el espíritu del valle y el sentimiento de la observación, el sonido de las aguas del río desaparece, disminuyen su altitud los cerros y también desaparece la cercanía de las estrellas y el deseo atávico de morir en la montaña.

Paipote es la última detención antes de llegar a un pueblo que existió en pleno desierto de Atacama, sus casas están cerradas con cadenas y viejos candados llenos de óxido, sus muros son de barro mezclado con piedras verdes de cobre, todas sus calles terminan en el mismísimo desierto, que es la soledad, el espejismo y el abandono. Sus gentes se acercan a la pieza oscura rodante con toda la luz de Atacama. El ambrotipo montado en un trípode los retrata. En Inca de Oro aun existe la fachada del Teatro Minero y Pirquinero, su abandono es un hecho triste y consumado. El Loco Chile es un sobreviviente que deambula por el pueblo y delira con pepas enormes de 180 gramos de oro puro de 24 quilates, cuando todo Inca de Oro era un salón de baile y había tren a Copiapó y tiendas que vendían espejos biselados, sofás y comedores.

Entre Diego de Almagro y Chañaral caminaba a un costado de la ruta el último andante del desierto, vestido de minero, con botas, overol y casco, cargando sacos y alforjas llenos de sueños, realidades y oropel. De pronto tartamudea y nos señala que es el único propietario de esas tierras hijas del sol y de la nitidez de los cielos, señalándonos los cuatro horizontes del desierto de Atacama como los límites naturales de su vasto imperio. Tenía hambre y estaba loco y sólo deseaba continuar su marcha antes de que la noche sin luna se lo llevase a la desconocida región de los descarnados, donde no hubo oro, ni plata ni estaño, sólo su deshidratado corazón parpadeando como una estrella, en un mundo de minerales que, de verdad, sí fueron reales.

Coquimbo, Julio de 2011.

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