Retornos imposibles Imprimir E-mail
Escrito por Mari Pozas   
Sábado, 14 de Noviembre de 2009 11:11

 

Martes 5 de agosto

En julio fui a Colegio Civil a la presentación del último libro de Vila-Matas, Dietario voluble, pero al escuchar su presentación, me di cuenta que lo que en ese momento yo necesitaba era El mal de Montano, después de comprarlo me formé en la fila para obtener el autógrafo del escritor. Finalmente logré llegar a él, quien mientras dibujaba su característico ¿sombrero?, me preguntó si me gustaba lo que de él había leído. "Me gusta tanto que a usted lo estoy copiando" dije, pero creo que no me entendió, o subido como estaba en una alta tarima no me escuchó, porque lo ví guardarse en el bolsillo la pelotita de humor que le había lanzado. Soy tímida, como él, quizás mucho más, por lo que ante su mirada de interrogación no se me ocurrió otra cosa que ofrecer traerle una copa del vino del brindis, antes de que se acabara. "No tomo vino" dijo, y añadió "no puedo... en todo caso agua, y aquí tengo" dijo señalando las infames botellitas de plástico que habían apilado junto a él para que fuese capaz de resistir la enorme fila de adictos (digo yo) a buscar el contacto con escritores, con la esperanza tal vez de recibir a través de la pluma o de la voz algún tipo de contagio. Fue así que el encuentro no sólo fue breve sino un tanto desafortunado porque además, formada como estuve, me perdí los bocadillos del brindis y apenas alcancé una copa de vino mal servida. Regresé a casa sabiendo que no había conseguido suficiente estímulo para iniciar mi texto sobre la imposibilidad del retorno a la ciudad donde se ha nacido. En realidad el asunto no era tan importante ya que se trataba tan sólo de una apuesta lanzada por Willy y Patricio la noche de mi despedida antes de mi viaje de regreso. Willy me había augurado dos semanas de luna de miel antes de empezar a ver lo feo y Patricio citó la última escena de Cinema Paradiso en donde el viejo le dice al niño "vete de este pueblo y no vuelvas nunca" o algo así. Fue entonces que surgió la idea de escribir este diario y registrar el día a día del dichoso retorno.

Miércoles 6 de Agosto

Claro que toda auténtica imitación del escritor para mí sería imposible. No he leído bastante, o tal vez he leído pero no recuerdo quien dijo las frases que recuerdo, o recuerdo una frase y la conecto con el autor equivocado. Al menos sé que fue Alfonso Reyes quien escribió que "en esta ciudad no hay sombra sino resolana", lo digo porque fue el sol quien evitó que la luna de miel con mi terruño durara las dos semanas auguradas. El sol y el extraño y caliente torbellino (¿tornado?) que me dio la bienvenida justo el día que llegué. Entretenida como estaba en barrer la cochera de mi casa me di cuenta que empezaba, sin motivo conocido, a soplar muy fuerte el viento, pero seguí en lo mío segura de que pasaría pronto. Pero no fue así, el polvo envolvió mi casa situada en los linderos de la ciudad, precisamente donde "la ciudad cambia de nombre", aunque acá cambia de nombre nueve veces, las mismas en que un municipio circundante ha sido engullido por la valiente urbe. Desde que me fui ha crecido no sólo hacia la ladera feliz de la sierra arbolada y húmeda, sino hacia el desierto que se extiende al norte y al poniente donde ahora vivo. Nadie puede negar que en el oriente, el paisaje te deja sin aliento, aún si naciste acá y llevas estas montañas rocosas cinceladas en el corazón, pero ese día la polvareda fue tal, que no podía verse ni Las Mitras ni la Sierra Madre y duró tanto, que por un resquicio de la ventana vi pasar calle abajo toda suerte de cosas asombrosas: primero fueron las tapas de los botes de basura que la gente había sacado a la puerta en espera del camión recolector, rodaban en tandas y en perfecto equilibrio dinámico, seguidas de las muchachas que, encargadas de barrer el porche de cada casa, perseguían las tapaderas tratando al mismo tiempo de mantener la falda en su sitio, y remover del rostro su cabello largo para mirar su tapa por donde iba. Luego el viento arreció y pasaron dando tumbos triciclos, balones, macetas, sillas y hasta mecedoras, porque acá la gente aún respeta la tradición de sacar por la tarde a la puerta su mecedora y ver pasar a los vecinos que regresan del trabajo o salen a dar un paseo antes del anochecer. Esta tradición, decía mi tía abuela, viene de cuando la ciudad era un pueblo pequeño y no había nada más que hacer que sentarse a mirar a la gente y recordar cosas de sus vidas privadas para luego comentarlos con la comadre más cercana.

Sábado 9 de agosto

Al día siguiente deduje que la idea imaginada de que me sentaría a la puerta como antes a recoger el día, en mi viejo sillón de mimbre, ya no tendría fundamento alguno, porque con las sillas y mecedoras barridas por el viento, se habría barrido también con tan antigua tradición. Y en efecto, al caminar esa noche a lo largo de la calle, sólo percibí las voces inciertas y los tenues reflejos luminosos de la televisión tras las ventanas, y entendí que esa costumbre había terminado, Así es que así es que coloqué mi viejo sillón de mimbre junto al bote de basura con la esperanza de que los chicos que la recogen tocarían a mi puerta para llevárselo, a cambio de una moneda de diez pesos. Estuve así atenta al motor sordo y el rodar lento del camión recolector, con mi moneda lista y el vestido puesto, pero el muchacho no tocó la puerta, lo vi llevar sobre su cabeza la antigua silla y sentarse en ella justo en medio de la calle, con los brazos tras de la nunca y las piernas cruzadas sobre sus zapatos sin agujetas como si en su sala estuviera, corría luego uno pasos y repetía la operación jugando, hasta alcanzar al camión que se había movido hacia el final de la cuadra. El gesto me pareció gracioso y reí viéndolo hacer por la rendija de la persiana.

Lunes 8 de septiembre

La vida está en otra parte pensé y fui a buscarla a mi vieja universidad. María Luisa me había invitado a una reunión con los estudiantes de sociología, y sin saber bien de qué se trataba, entré a mi antiguo salón que parecía conservar lo mismos pupitres de siempre, desvencijados y rayados con frases célebres e incitaciones a la revolución. Me senté junto a todos mientras me tocaba el turno de explicar a los jóvenes estudiantes las venturas y desventuras que seguramente los esperarían al egresar de su carrera. Me sorprendió encontrar al propio Patricio que andaba unos días por la ciudad y a Humberto, cuyo regreso coincidió con el mío. Todos contamos como si ancianos fuésemos lo que de la vida habíamos tomado. Yo les expliqué con gran seriedad que fui a estudiar al extranjero siguiendo a un hombre del que estaba enamorada. No todo es romance, dijo irónico Humberto desde su pupitre y describió entonces su ascendente carrera como funcionario de primer nivel. Cuando lo ví allí parado, pensé en todo lo que él había leído, y que siendo muy jóvenes me había deslumbrado su biblioteca, "tu tienes hijos y yo tengo libros" me dijo, porque aunque ahora los tiene, entonces no tenía hijos y yo tenía varios, después nos habíamos enfrascado en una discusión sobre reencarnación y metempsicosis en la literatura. También sabía de él que renunció a su prometedora carrera como escritor y poeta cuando se dio cuenta que no llegaría nunca a escribir como los grandes, dejándome sumida en el dilema de si era por exceso de humildad o de vanidad. En todo caso, con seguridad se trataba de un exceso. Tampoco faltó el Cristo, (que así le decíamos) que lanzó un discurso sobre la inutilidad de estudiar sociología frente a la voracidad del capital, y al final llegó Infante (nuestro querido profesor) para rememorar el tiempo en que queríamos cambiar el mundo.

Jueves 11 de septiembre

Fuimos con Luis Lauro al teatro a ver una obra de Bernard Shaw, y me prendí del hecho de que la muerte de su amada había sido un alivio para todos pero especialmente para él. Salimos al filo de la media noche, y después de tomar unas cervezas, fuimos a tocar la puerta antigua de la casa de Raymundo en el centro. Sería ya la una de la mañana, justo en el momento en que alguien salió a cerrar la entrada al Gargantúa situado enfrente, dejando momentáneamente atrapadas a un grupo de mujeres liberadas, que conocí en otro tiempo, y que salieron poco después y se unieron a la conversación entablada entre nosotros con el pintor a mitad de la calle. El alma reducida a química pura, mi amigo solitario me conducía por tercera vez a él sin desearlo ni sospecharlo, pero estando como estaba conmigo y junto a mí, nada podía decirse, todo tenía que ser adivinado.

Viernes 12 de diciembre

No es que la ciudad haya cambiado, sino precisamente que todo sigue igual... Y aunque no es del mar de donde he vuelto, la conclusión queridos amigos de la última cena en la ciudad de México, es que no se puede volver cuando ya lo sabes todo, (todo sobre tí en esa ciudad). No se puede volver sin correr el riesgo de repetirte y acabar por convertirte en un fantasma, como de Hamlet o Duchamp dicen Vila Matas o Harlod Bloom, que no es lo mismo pero en este caso es igual.

P.D. Patricio, si quieres regresar hazlo antes de que sea tarde

(Imagen tomada de Internet / Derechos reservados por el autor)

 

 

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