Mi metamorfosis Imprimir E-mail
Escrito por Guillermo Meléndez   
Domingo, 15 de Noviembre de 2009 12:21

Estoy en mi cuarto donde reina la oscuridad, donde el Diantre Mayor, que la usa para aplicar sus desfiguros terribles, no puede influir en mi metamorfosis por la poderosa intercesión de una estampa de Santa Rita de Cascia, patrona de los ociosos, herencia de mi madre que la dejó colocada en su nicho con una rosa refulgente y una veladora de flama inagotable. Así con el destello y el parpadeo de dichas ofrendas esta noche no soy presa de la funesta tiniebla, no hay riesgo de que mis colmillos, que extirpó mi dentista debido a una arrasadora gingivitis, renazcan y crezcan hasta salir de mi boca para luego sobrevolar por los antros urbanos como vampiro sediento de la sangre de apetitosas víctimas.

Por eso mis momentos transcurren en calma y mis transfiguraciones con tan santa y discreta iluminación apenas si las detecto: no noto el azul intenso que tiñe mis ojeras, que mis uñas se están afilando como si la naturaleza las habilitara para escarbar en busca de ratones y raíces, no noto, tampoco, entre otros cambios, el crecimiento de los pelos de las fosas nasales, que con humor de mal gusto, llamo el mostacho del juicio. Sólo percibo entre el amague ciego de las sombras un fino hilo de plata urdido por la araña de la Providencia que resplandece e ilumina el escenario donde por un rato dejo de ser el viejo mañoso que soy de día y me convierto en animal nocturno habitante de una selva poblada de siluetas sin edad ni distancia.

Como niño que perdió el pavor por lo desconocido y las penumbras me regocijo con la sugestiva espesura de mi jardín de sombras. Me bastan los frascos de las medicinas que atenúan mis achaques, los libros apilados sobre el buró, mis zapatos regados en el piso, para que alterados por una perspectiva difusa imanten mi imaginación y en ella adquieran dimensión de reliquias. Cualquier prenda personal es vaso comunicante con las potencias recónditas y desde mi mecedora, que chirria como las de las películas de Hitchcock, veo surgir dentro del pequeño espacio de mi recámara, joyas decorativas, instrumentos inútiles o inmortales suicidas que desde su más allá me visitan sin incomodarse con mis trastos y triques.

Una de las notables figuras de esta noche, conformado por un montón de ropa, es el reclinatorio con el blasón labrado en oro de Yoshino, la tuyu más seductora de Kyoto, en donde después de perfumar a su cliente con fragancia de hinojo, se hincaba a complacerlo cuando él quería disfrutar del amor, como dicen los abogados, por vías no idóneas. También quiero resalta que hoy con la ayuda de una poeta ya desaparecida, trato de adivinar de quién es la cabeza que en mi lecho conforma la sábana hecha bola sobre mi almohada, yo le encuentro semejanza a la de María Antonieta, pero Alejandra me responde: vos estás cegato, dónde ves la peluca; a mi más bien me parece la tuya agitada por los sueños como un velero entre la tempestad de tu lascivia insatisfecha.

Me agradaría ahondar sobre la zona magnética en que mi alma se impregna con los nublos nocturnos depurados por la astilla luminosa de la Santa de Cascia pero sé que mi lenguaje es muy parco para recrear la atmósfera, por ejemplo, de mis encuentros con Ana Cristina, una brasileña que en un castellano parecido al de la cantante Simone Bittencourt ayer vino y me dijo: tu cuarto huele a calcetines sucios; y me dejó una cajita de madera llena de luciérnagas que al liberarlas iluminaron mi habitación como si fuera el mausoleo de Tulia Ciseroni.

También quería hablar de mi metamorfosis callejera, muy distinta a la ya descrita, pero sé que muchos de ustedes son personas decentes y no estarían dispuestos a tolerar mis cometarios sobre el Petit Zoo, mi bar favorito, un club para fieras, si tomamos en cuenta los apodos de sus clientes, donde la Jirafa, Tarzan y Chita disputan el premio de asiduidad; el Gato usa bisoñé y tiñe su bigote, y las dos Marsopas bailan entrepernados El último café cantado por Rocío Dúrcal mientras el televisor proyecta un canchis canchis fenomenal entre la enana Bridget y Tony Mr. Eighteen Inch.

Cuando no haya tanta gente ocupando el micrófono y su oído curioso esté aguzado para mi solito me gustaría darles detalles acerca de mis noches disolutas en ese menagerie donde desde el rincón reservado a los cánidos voy y vengo al mingitorio cada diez minutos como si estuviera marcando mi territorio de macho dominante en un sitio en el que no admiten hembras y yo, soy el último perrito de una raza de falderos a punto de extinguirse.

(Imagen tomada de Internet / Derechos reservados por el autor)

 

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