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Vidaurri

Dice el gran poeta Efraín Huerta en uno de sus célebres poemas:

Estos días como frutas podridas / Días en que padecen las curiosas estatuas / Y los monumentos son más estériles que nunca.

El poeta anunciaba lo que serían los días de nuestra época, donde las frutas cultivadas en el huerto histórico y cultural de la derecha conservadora nacen podridas porque los árboles están podridos desde la raíz.

En un mundo de falsedades agitadas como principios morales y revisiones de la historia para justificar el sometimiento al nuevo poder imperial, los hombres del dinero y sus gerentes (sean de empresa, historiadores, promotores culturales o funcionarios públicos) sacan sus esqueletos del armario, se crean nuevos ídolos que duran lo que dura la sobreexplotación mediática del rating, y maquillan instituciones con bonitas fachadas pero que se resquebrajan desde los cimientos.

Así, la derecha mundial (en sus distintas modalidades nacionales y locales) se pierde cada vez más en su laberinto simbólico, en un vacío creativo que llena con declaraciones grandilocuentes y gestos que rozan lo tragicómico y lo grotesco. Donde sólo impera el poder político y económico como visión del mundo, donde reinan el despojo, la explotación, la represión y la impunidad, características del capitalismo salvaje del siglo XXI (¡Qué paradoja, qué contradicción, qué esquizofrenia: a la vez salvaje y modernísimo!), hasta los santos y los clérigos parecen comediantes de carpa.

Hay vasos comunicantes entre los discursos, las acciones y los gestos de W. Bush, el cardenal Norberto Rivera, Elba Esther Gordillo, la esposa de Vicente Fox, El Gober Precioso, el dictadorzuelo que gobierna Oaxaca y el gobernador de Jalisco. Sus falsos ropajes de altos dignatarios, de damas y caballeros honorables y de buenas costumbres están hechos jirones y andan moralmente desnudos por el mundo. De nada les sirve cacarear sus principios religiosos y políticos, defender instituciones que requieren de campañas mediáticas para ocultar su decadencia. Sí, digo decadencia.

Cuando una sociedad está al borde del abismo y se privilegia la vigilancia del Big-Brother con la coartada de la seguridad pública por sobre el combate al desempleo y la pobreza; cuando se privilegia a los soldados y a los policías por sobre los médicos y la salud, los profesores competentes y la educación, los artistas y la cultura, estamos entrando a la decadencia del sistema de producción económica, de la organización política y las instituciones públicas. Lo que sigue es la realidad copiada de las novelas 1984 y El Mundo Feliz de Huxley, la sociedad que desde los años setenta presagiaba la película La Naranja Mecánica.

¿Para qué entonces perpetuar en bronce la figura y la memoria de Santiago Vidaurri , caudillo decimonónico, separatista, proimperialista, aliado de Maximiliano el Rubio y traidor a la política del digno presidente que fue Benito Juárez y a la madre patria? Si en esas andan los hombres y mujeres de la derecha conservadora (sería bueno que los liberales y la izquierda sacaran la cara y digan su palabra sobre el tema), ¿por qué entonces no reivindican y plantan una curiosa estatua de Santa Ana en la Macroplaza, una de Salinas de Gortari en la plaza Zaragoza, y otra a Vicente Fox y Doña Martha en la bonita plazuela de los enamorados?

Si en el siglo XIX Vidaurri estuvo al servicio del marido de Carlota la Enloquecida , sus nostálgicos e ilusos seguidores del siglo XXI desean que Monterrey sea como Houston y Nuevo León pertenezca a Texas, que todos sean güeritos y el inglés idioma oficial. Con esos pensamientos de colonizados los neovidaurristas seguramente harían alianza con el gobernante de la Casa Blanca y los halcones del Pentágono, en el momento en que pretendan invadir el país.

En lo que a mis valores cívicos respecta debo decir que me producen tedio los homenajes, los monumentos y las estatuas de los héroes de la patria: los prefiero en los libros de historia y en las novelas. Una estatua de Vidaurri me daría simplemente risa y sufriría de pena ajena, no de la estatua (ella qué culpa tiene), sino de la derecha desesperada y restauradora. Eso sí: un verdadero héroe que ganaría mi estimación, y hasta en promotor me convertiría para que en el Museo del Obispado se le construyera un pedestal, sería Cuauhtémoc Zamudio (recién inaugurado como activista contra la violencia), si en un rapto de lucidez, compromiso con el arte y la inteligencia le pone una bomba a su engendro, lo abandona en las vías del tren o lo hunde en el Golfo de México, allá por Matamoros , frente a la playa Bagdad. Como artesano y propietario de su talento escultórico que es, si devuelve la lana que le pagaron (¿o la mole la hizo por amor al arte y chovinismo regionalista?), no habrá delito qué perseguir. ¿Acaso no vivimos en el reino de la sagrada propiedad y de la simulación pública?, ¿acaso no es Nuevo León el paraíso de los vicios privados y las virtudes públicas?

¡Ay, estos días podridos, estos monumentos estériles , estos homenajes decadentes, estas curiosas estatuas!… ¡Cuánta razón tienes, querido Efraín, poeta-profeta!

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