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El informe del 1 de septiembre se ha convertido en una puesta en escena anunciada, diría que muy publicitada como el primer espectáculo teatral del sexenio calderonista. El escenario está ahí donde siempre, en la cámara de diputados, pero el conflicto de la trama tiene otros significados y los actores ya no son los mismos que solían ser en la era del priísmo.

Entonces, la función del informe era sumamente aburrida por ceremoniosa y falsamente republicana, parecía un dramón grandilocuente y pesado donde todos rendían pleitesía al monarca sexenal llamado Presidente de la República. Cumplido el calendario de las elecciones donde siempre ganaba el tricolor, la cola de besamanos y las curiosas genuflexiones engrandecían (aunque en realidad fueran pequeños como gobernantes) a Gustavo, Luís , José , Miguel o Carlos . A los fastos faraónicos, las loas y Hossanas contribuían los medios de comunicación (salvo honrosísimas excepciones) acostumbrados al barberismo y al negocio en corto con los políticos del régimen.

Hoy las cosas han cambiado. El informe presidencial es un especie de teatro del absurdo en el que actúan distintos personajes, pero el que lleva el papel principal ya no sube a la tribuna como si del Emperador Napoleón se tratara. La ruptura que poco a poco se fue convirtiendo en comedia, luego en farsa y ahora amenaza con ser tragicomedia, empezó con las interpelaciones a De la Madrid, por lo de la caída del sistema (la derecha tiene experiencia en fraudes electorales presidenciales; van dos), luego le tocó al modernólatra Carlos Salinas (que gobernó siempre con el estigma del fraude), para terminar con los sainetes del tenue Ernesto Zedillo. Todo eso sucedió en el reinado de los tecnócratas y el fin de la larga temporada priísta.

Lo que vino con el sexenio foxista fue simplemente anonadante: en su figura, su logorrea y su gobierno se dieron cita todos los géneros teatrales: el melodrama, el sainete, el esperpento, la comedia , la tragedia y la tragicomedia . El presidente ranchero entrenado como gerente en la Coca Cola pensó que México era una empresa y como tal se comportó en el sexenio de su presidencia. Presumía que su gobierno era de empresarios y para empresarios. En eso fue transparente, no mintió y así nos fue. Y eso que llegó a la silla presidencial con la legitimidad de una elección incuestionada por sus adversarios.

Más complicadas, teatrales y risibles están las cosas en torno al próximo 1 de septiembre. El país vive una crisis sin precedentes, dividido gracias al fraude electoral del 2 de julio del 2006, con dos presidentes: el panista Felipe Calderón acusado de ilegítimo y usurpador por sus adversarios y apoyado por los medios, los poderes fácticos y una franja conservadora de la ciudadanía; y el perredista López Obrador nombrado en ceremonia pública y en pleno Zócalo como presidente legítimo por sus correligionarios.

En el tejido de la trama y el juego de los símbolos que representa un informe ya decadente, la fracción perredista juega en dos o tres pistas; el PRI simula ser el chico obediente, institucional y prudente, capaz de mantener en el congreso el orden y la decencia, papel que no les queda, que obviamente lo rebasa; y unos diputados panistas al borde de un ataque de histeria y que parecen ujieres al servicio del Señor. Los partidos pequeños se aprestan a ser comparsas a ver que tajada les toca.

Así, con el sexenio de Felipe Calderón asistimos a la decadencia de un estilo y a la incertidumbre de una época que empieza con signos ominosos, pero, afortunadamente, con una ciudadanía crítica que ya no se traga el cuento de la democracia y la institucionalidad atrincheradas y protegidas por el ejército.

2007 es el primer año de un sexenio marcado de origen por la duda y el fraude en las urnas. Los políticos de la derecha y sus ditiramberos intelectuales y mediáticos son risiblemente patéticos, como nunca antes lo habían sido.

En rigor, el ritual del próximo 1 de septiembre debería llamarse El Deforme Presidencial.

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