Reflexiones sobre literatura, crítica y muerte* Imprimir E-mail
Escrito por Nervinson Machado   
Lunes, 07 de Diciembre de 2009 13:06


Menard -recuerdo- declaraba que censurar y alabar son operaciones sentimentales que nada tienen que ver con la crítica.

Pierre Menard, autor del Quijote - Jorge Luís Borges.


Empecemos con una anécdota personal.

Uno de los casos más extraños con los que me he topado sobre literatura, crítica y muerte, sucedió cuando lavaba baños en un restaurante en la ciudad de Santiago. En uno de los diarios que usaba para limpiar los espejos encontré un artículo sobre la relación de algunos escritores con sucesos criminales. Por entonces, el oficio que realizaba me parecía agobiante y un medio eficaz para refugiarme en la Biblioteca Nacional; para mi fortuna, ésta quedaba a pocas cuadras del trabajaba, y el artículo que encontré en ese baño sirvió para abocarme con más interés a la literatura chilena de mediados del siglo XX. Pero mi anécdota no es sobre la biblioteca, sino de mi trabajo dentro del restaurante y la relación con el duro arte de lavar platos; también sobre la encuentro con la escritora María Carolina Geel, pues todo ocurrió en el mismo sitio.

Lo extraño de mi oficio en aquél entonces no era mi labor sino el adjetivo calificativo, ya que era lavaplatos y no, impiabaños. Podrían estar preguntándose en este momento: qué relación hay entre un baño y un fregadero, también, si hay relación con este foro. Les contestaré que mucha, pues hay una similar entre literatura y crítica, tema que nos reúne ahora.

Está claro que una palabra por sí sola es incapaz de contener una idea. Un ejemplo de ello es la palabra "literatura", en la cual cada día se ve más difusa la frontera que ésta abarca, y muchas veces la vemos surgir en cualquier espacio, aunque no sea siempre el más idóneo; lo corroboro con mi anécdota en ese baño que me permitió conocer el caso de uno de los huéspedes huidizos de la literatura chilena, que ha sido sin duda Georgina Silva, quien fue mejor conocida con el seudónimo de María Carolina Geel. Si bien sus novelas siguen siendo consideradas por muchos críticos como "mediocres, del montón, de las que pasan por incomprendidas y quedan en el olvido", como decía aquél artículo del diario La Tercera, logró romper el cerco que la crítica le había destinado para convertirse en un personaje de su propia obra de terror.

Para 1955 María Carolina había publicado varias novelas, inicialmente con el respaldo de uno de los críticos más respetado de la época, Alone, y bajo el influjo de la estética francesa. Pero fue esa fecha la que va a marcar de por vida a esta autora. Un día de abril de ese mismo año, después de una repentina discusión con su amante, Georgina Silva sacó un revólver y disparó sobre el hombre. Luego abrazo el cadáver y esperó pacientemente que llegara la policía. Lo que vino después, es materia de diarios amarillistas. Lo que sí me gustaría referirme es a su narración Cárcel de Mujeres y a un libro de crítica literaria que publicó posteriormente llamado Siete Escritoras Chilenas, que a fin de cuenta, componen una misma novela interesante y paralela en la cual se refugio.

En la literatura se necesita ser violadores, violados, asesinos, asesinados, hombres y mujeres, víctimas y verdugos, si se desea. Lo necesitamos para no volvernos locos y terminar siendo todo lo que no deseamos en la vida "real". Las letras son un gigantesco escenario de teatro. Sin embargo, se ha dado casos de enfermedades literarias, donde el lector no ha sabido diferenciar entre realidad y ficción. En algunos casos no es preocupante (muchos críticos tampoco saben diferenciarlo), pero en otros, esto ha terminado por en desequilibrio emocional en las personas. Recuerdo cuando leí primera vez la novela de Orwell, 1984. Eran días de paranoia, no podía caminar sin mirar a los lados, pensando que la policía del pensamiento estaba tras de mí. Sentía que todos me vigilaban. En el caso de Geel, en cambio, pasó a un terreno fuera de nuestro entendimiento. En unas líneas de Cárcel de Mujeres colocó: "Lo asesiné porque necesitaba vivir mi propia muerte"; elevándose a la categoría de personaje literario. Otro de los diarios de la época nos da referencia sobre la declaración que había dado la policía sobre la autora. La acusaban de estar enferma de tanto leer. Ella más que nadie podrá hablarnos del "delito de escribir" dentro de su época y del delirio de saltarse la frontera de la ficción: Soñar la realidad.

Cárcel de Mujeres, por varias razones, también se salta otros tipos de fronteras, Diamela Eltit lo ubicó dentro de "un género incierto, se desplaza entra la ficción, el testimonio y la biografía". Y es justo este libro el que coloca a María Carolina Geel en el torbellino literario de nuevo. Pero aquí encontramos el big bang de su obra, aunque tal vez sea ésta la única por la que se le recuerde. Sus incursiones posteriores fueron muy poco celebrados.

En el terreno de la literatura los conceptos son elásticos, al igual que mi oficio de lavaplatos en aquel restaurante en Santiago. María Carolina hizo de la crítica una novela que ella decidió vivir, como si su escritura fuese un manual para poner en práctica cada día. El libro Siete Escritoras Chilenas lo confirma. Cada autora ahí analizada se convirtió en un trasunto de la persona de Geel. No es casual que el libro empiece analizando los Sonetos de Muerte de Gabriela Mistral, tampoco la escritura de María Luisa Bombal (sobre todo si vemos la semejanza que hay entre la de Georgina Silva) o la posición feminista de Marta Brunet, por citar sólo algunos ejemplos, pues la propia vida de Maria Carolina, forma de pensar o escritura, tienen parte de las autoras nombradas.

Lamentablemente esta autora reposa hoy en día en el olvido literario. Vemos entonces que la literatura es un género ambiguo. Contradictorio en muchas ocasiones. La incursión de una mujer en la crítica literaria por entonces era un hecho trasgresor. Un delito, si se quiere. Hoy hacer crítica literaria lo sigue siendo.

Se podría decir, tomando como referencia el experimento de Georgina Silva, que la crítica literaria no es algo externo a la literatura ni su ente rector, sino una parte más de ella, como lo puede ser la poesía o la narrativa. Muchas veces crea su propia realidad muy alejada de la obra literaria. Crea sus personajes literarios con la vida de los autores y muchas veces terminan olvidando el libro del que se dispusieron a hablar.

La literatura tiene el derecho a cuestionarse a sí misma. Poner en tela de juicio su creación para permitir que ésta no sea un giro ciego sobre un mismo eje. El papel del crítico está más cercano a la de herramienta que a la de sensor. Sin embargo, la imagen del crítico en nuestros días está en crisis y no sin razón. Escritura y poder pareciesen estar de la mano en esta figura. En una ocasión alguien se me presentó diciendo que era uno de los críticos más ácidos y duro que existía en la región, esto, si se me permite decirlo, me pareció la voz de un viejo dinosaurio charrista. Para explicar mejor el punto tomaré una anécdota histórica:

"En la india no se escribieron durante siglos los libros religiosos porque los únicos que podían conocer su contenido eran los brahmanes [...] Así, cuando los monjes de un monasterio deseaban conocer un libro sagrado, el procedimiento normal de conseguirlo era solicitar a otro convento un monje que lo supiera de memoria para que se lo enseñara a la comunidad". (Escolar, Hipólito; Manual de Historia Universal del Libro; Gredos; 2000)

El conocimiento es poder y el vicio del poder siempre será un arma de doble filo, tanto para el que lo padece como para que lo ejecuta. El crítico muchas veces se aleja de la crítica y se termina convirtiendo en uno de esos viejos brahmanes. Nuca he comprendido por qué aquél señor que se presentó como ácido y no como "elocuente", "lúcido" o "documentado", pues quedó claro que problemas ego no tenía. Pero sería aburrido hacer la lista de las veces que los críticos han cometido este tipo de errores y han dejado a un lado su capacidad de servir como herramienta para adentrarse a la obra y se han dedicado más a abrirse paso como sepultureros. En cualquier de casos anteriores, en nuestro continente, representa lo mismo. El viejo brahmán se le olvida los versos de León Felipe:

Para enterrar a los muertos
como debemos
cualquiera sirve, cualquiera... menos un sepulturero.

La crítica mal expuesta se convierte en cortina de humo sobre la obra, más que la de un abanico que quite la broma amontonada a su alrededor. Un mal crítico presume más de su acidez que de su juicio. La falta de elementos para analizar generalmente trae consigo usar otras autores como trampolín de su empobrecido lenguaje y termina por anular el posible diálogo entre dos o más obras, sobre todo, si la relación que se establece entre ellas es subyugación de una al poder de la otra. Una de las formas de acabar con el crítico literario como "institución", supongo, sería colocar a la crítica al alcance de todos, lo cual implica revolucionar las bases del control con que se emplea el lenguaje.

El mítico y trágico año 68' junto a la caída del muro de Berlín en el 89´ nos legan la duda y el cuestionamiento a nuestras instituciones y el lenguaje. Hoy hacer literatura implica mirar para atrás, asumir que no se entiende nada y que se necesita el cuestionamiento a la obra; sentarnos en la misma platea donde estuvo Kafka en más de una ocasión. Vivimos un tiempo que bien podría llamarse muy bien "La Era del Recuento". Nos ha tocado pararnos a pasar revista a los sucesos culturales, porque han sido justo las artes la que nos permiten comprendernos como seres. De ahí la urgencia de la experimentación y el suceso metaliterario que tanto ha dado de qué hablar en el último tiempo; también el desplazamiento de los brahmanes de la cultura. Necesitamos, si aceptan la metáfora, regresar de vez en cuando al baño donde comencé la lectura de Geel. Tal vez no al mismo, cada quién puede inventar su propio baño y no es necesario limpiar espejos para toparse con los dioses escurridizos de la memoria. Asumir que los sitios ideales para la literatura no existen.

En el campo de la investigación, tanto científica, filosófica o social, ha avanzado mucho, y ya que tenemos la mala costumbre de creer que todo comienza con Homero, hoy podemos saber mucho más de lo que se sabía en su época y tener mejores elementos para acercase a su época. La escritura nos regala el hecho de acortar distancia y tiempo. Nuestra terea parece aprender a saltar el abismo, y particularmente, celebro la caída de los discursos únicos y totalizante de la que tanto echaron mano la vieja izquierda y la derecha de todo los tiempos y países. Hoy los dioses no frecuentan la tierra con tanta urgencia como lo solían hacerlo en la literatura clásica, supongo porque los críticos de institución los han corrido del planeta y del mismo Olimpo para situarse ellos, y nos corresponde a nosotros incendiar el Olimpo para no asustarnos con el texto ni lo de las nuevas tendencia artísticas, sin caer en una relación edípica con nuestros antepasados.

* Texto leído en la mesa La literatura, las artes y la crítica del Ciclo de debates sobre el tema PENSAR LA CULTURA, PENSAR NUESTRA REALIDAD organizado por Revista Pantagruélica y Gargantúa Espacio cultural.

(Imágenes tomadas de Internet / Derechos reservados por el autor)

 

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