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San Agustín se preguntaba si un año podía caber en un día, y es justo la poética de Eduardo Zambrano la que intente dar respuesta a esta pregunta con sus dos nuevos libros. Casi sin dejarnos descansar, este poeta nos arroja a un laberinto de palabras, transformándose en un doble personaje: Dédalos/Minotauro. Una combinación que aprende a coexistir en el mismo espacio y, bajo distintas épocas, en una cárcel ilusoria que tiene muchas entradas y salidas. Construye los muros que le permiten situarse en el centro como espectador del viajero que ingrese a través de sus libros. No se limita a crear un puente de distintos tiempos, para encerrar el producto de su deseo, sino que su búsqueda va más allá y se vuelve un itinerante entre la vida rutinaria y páginas que actúa como visores del horror en cada uno de los pasillos creados a través de sus versos.
1. Las Insignias de la Sed.
Las Insignias de la Sed, publicado por la UANL y Posdata Ediciones, es una obra que configura un mapa cronológico y topográfico dibujado con trazos de libros que hacen de cada poema una biblioteca que nos permite extender nuestra voz a diferentes momentos y estados de ánimo. Un reloj descompuesto, agregaría, que reelabora el dilema cronológico a través de manecillas que apuntan a todas direcciones sin por ello perder su sentido inicial.
La puerta se abre de par en par desde el inicio; la palabra misma es una sorpresa, a la vez que agente de erosión de una piedra amorfa a la que hemos querido llamar humana.
"Y el agua contra las piedras No hacía otra cosa Que repetir su nombre"
Encaminándonos a una primera afirmación, nombrar es poetizar o, si se prefiere, seccionar al autor en la obra. Zambrano se arriesga desde el inicio a mostrarse como un suvenir de lo humano que nace y muere en el habla y para el habla. Pero no nos muestra sólo un jardín de rocas, o una mano petrificada o cualquier otra parte, sino la efigie completa. Deja a un lado los tropos usuales y crea la figura desde la totalidad del poema. Para ello se vale, me permito decirlo, de las viejas teorías presocráticas y echa mano a los principios materiales (aire, agua, tierra, fuego) con los que Empédocles, con suma habilidad, trató de explicar el origen del mundo; mientras que el autor irá más lejos y no sólo los colocará como punto de partida sino también de culminación.
"Son el hombre y la tierra Tolvaneras de palabra y polvo Cuando el viento pasa"
Así se entrega a la tarea de elaborar lento, con la paciencia del relojero para que podamos deleitar el viaje al mapa de su utopía.
Las Insignias de la Sed es un libro destinado a destruir la relación edípica que muchos autores locales se han trazado con sus autores de cabecera. Es una obra donde se dan citas muchos otras lectura que no intentan quedar a segundo plano, como tampoco la realidad del autor. El libro está dividido en dos partes: La Hermosura Intransigente y Mapas del Desamparo. La primera, reconstruye lo humano y deja en el tapete muchas preguntas de carácter antropológicas, la segunda parte, en cambio, como si se tratara de una épica y no de una poesía lírica, ensambla a Eduardo Zambrano con el carácter ontológico con que da inicio. Es necesario, entiendo, saber qué nos rodea para saber qué somos, o por lo menos, eso me dejó este libro.
Queda ahora armarse de pasión cartográfica e intentar reajustar nuestros relojes para que las manecillas giren no sólo de izquierda a derecha o se atrevan a detenerse en algún punto, pues con ello, se demuestra que el tiempo circula más allá del aparato pero no fuera de las letras.
2. El fortín del Solitario.
El segundo, El Fortín del Solitario, publicado por Ediciones Fósforo, en cambio, es una fortaleza donde ha sido invitado Fernando Pessoa a darnos la bienvenida.
Con versos más sólidos, y ya no creando una bola de nieve que va recorriendo un largo camino para convertirse en algo imparable como en Las Insignias..., El Fortín del Solitario juega con la contradicción como un caballo ya domado y al cual no es muy difícil cabalgar:
"Me dieron a probar la alegría / y su veneno", nos dice. Aquí la palabra no es un ente novedoso, en El Poema del Escribiente, nos advierte: "después de tanto tiempo / las palabras siguen siendo la única posibilidad / de estar conmigo"
Los sentimientos no son algo que sorprendan a la voz poética, quien rápidamente describe estados de ánimos a través de sitios y personajes.
Eduardo Zambrano mira la poesía con respeto, se acerca a ella dispuesto a dejar todo; sabe que en el poema se esconde una felicidad que "Tiene garras, hambre, y un pico prodigioso" fortalecido con el tiempo y "con el cual busca nuestro corazón". Escribe como quien ha perdido los anteojos y, sin perder un mínimo de lucidez, no se detiene a nombrar su entorno. Su papel es llevar a la realidad a un límite que pueda distorsionarse a sí misma y pueda dar a luz otras realidades, porque, como decía Salustio, "hasta el mundo mismo puede considerarse un mito". No se deja impactar con lo inmediato. La belleza en muchas ocasiones es un espejismo. Luz. Mucha Luz en sus ojos.
Los labios pequeños, sensuales. La nariz pequeña pero orgullosa.
Su risa iba y venía en esa vieja taberna [...]
De pronto vi su rostro transfigurado.
(Imagen tomada de Internet / Derechos reservados por el autor)
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