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México vive el peor momento de su tormentosa historia. Ha quedado reducido a la exportación de petróleo crudo (para importar refinado) y de mano de obra semiesclava, que abandona a su suerte en el país que la discrimina y superexplota (y de la cual, para colmo, espera remesas que sirvan para remplazar las inversiones que el gobierno no hace). En el narcotráfico o en torno al mismo se ocupan más jóvenes que en todos los institutos de enseñanza. El Estado mexicano, al ejercer una violencia ilegítima y al no tener ni siquiera el monopolio de la violencia, dado el entrelazamiento de muchas autoridades con el delito organizado, se ha degradado al nivel de un semiestado y no tiene ningún tipo de planes para el futuro, de modo que el país está a la deriva en la más grave crisis económica, política y social mundial.

No estamos pues ante un mero proceso electoral sino ante una situación de emergencia nacional, que hace imprescindible y urgente un cambio no sólo político sino también económico y social. Y el hartazgo y el odio que cubren como pesado manto a toda la sociedad demuestran que, a pesar de que los conflictos sociales son relativamente escasos, se está llegando a un límite. Aunque hay grandes diferencias entre los candidatos derechistas del PRI y del PAN y el de Morena, nadie en su sano juicio puede creer que el país puede salvarse con un mero relevo presidencial, y ni siquiera puede estar seguro de que, si ganase Andrés Manuel López Obrador (AMLO), el establishment le permitiría ser presidente por más que modere su lenguaje y su programa.

Además, no se trata apenas de ganar las elecciones con menos de un tercio del padrón y una enorme abstención. Lo que hay que construir es un cambio real en la relación de fuerzas sociales actual, para que sea posible una amplia movilización de los trabajadores y los ciudadanos en general que imponga el respeto del resultado electoral y dé una base política a AMLO en el caso de que éste se decidiese a realizar el cambio que ahora promete y enfrentase a los factores de poder, a Washington y a la cáfila de corruptos y oportunistas que desde su propio aparato político tratan de condicionarlo.

Para movilizar a las víctimas del desempleo juvenil, de la opresión, del narcotráfico, a quienes se ven obligados a emigrar, a los que cada vez viven peor y con peores perspectivas, no es necesario hablar de elecciones. En cambio hay que proponer, para sostener el ingreso popular y el mercado interno un gran plan de empleo, la prohibición de despidos, un aumento masivo de salarios, jubilaciones y pensiones, la plena satisfacción de los derechos de los indígenas, un plan anticorrupción que comience por la reducción a la mitad de los ingresos de secretarios de gabinete, altos funcionarios y legisladores. Que, como en Bolivia, los jueces sean elegidos por sufragio popular y que, como en Venezuela o Bolivia, exista el derecho a convocar un referéndum para la revocación de las autoridades si no cumplen su mandato popular. Si el derechista presidente francés Nicolás Sarkozy cobra una tasa Tobin a las transacciones financieras y la derechista canciller alemana propone lo mismo para toda Europa, ¿por qué no aplicar esa tasa a la banca local y, además, cobrarle los impuestos que todos pagan? ¿Por qué no controlar el lavado de dinero y a los narcos acabando con el secreto bancario?

La base de la recaudación impositiva, además, no puede ser el IVA y los impuestos indirectos, que pagan los pobres, sino los impuestos progresivos a las ganancias. Hay que ofrecer desmantelar todas las políticas contrarias a los pequeños campesinos y al ambiente y declarar a las zonas rurales en situación de emergencia para tratar de fijar en ellas a los jóvenes que hoy emigran dando precios remunerativos por los cultivos de alimentos para evitar que se cultiven drogas.

Los largos y farragosos programas electorales, sean o no correctos, no organizan ni movilizan. Para ello se necesitan, por el contrario, pocas ideas-fuerza que todos puedan entender y retomar por su cuenta. Si se las difunde mediante volantes y con manifestaciones relámpago en las colonias, dando la palabra a los asistentes, será posible sensibilizar a cientos de miles de personas que el legítimo repudio a los partidos podrían abstenerse favoreciendo al PRI. La decisión de votar por un cambio real, contra el PRIAN, derivará de la organización y de la movilización populares y será no la causa sino la consecuencia de ellas. Lo mismo es válido para la necesaria campaña organizativa que Morena debe emprender entre los emigrantes que viven en las grandes ciudades de Estados Unidos. La organización mutual, política y sindical de esos trabajadores frenará la ofensiva contra ellos de los capitalistas estadounidenses, les ayudará a tomar conciencia de su propia fuerza y, como subproducto, podría aportar eventualmente votos a la candidatura de AMLO. Si se quiere tener elecciones más o menos limpias y cuyos resultados sean reconocidos –y no negados como en 1988 o en 2006– hay que ganar credibilidad, movilizar, convencer de que es posible imponer un cambio social, construir una sólida fuerza política de masas, no un mero apoyo electoral. Hay que promover y organizar el protagonismo militante de los sujetos del cambio que se propone.

Por otra parte, la crisis económica y la crisis de dominación capitalista en el país llevan a la oposición a sectores de los capitalistas, que dependen del desfalleciente mercado interno. Ellos se mueven por sus propios intereses, no por los llamados tipo San Francisco de Asís, pues no aman ni amarán a los trabajadores ni éstos podrán amar a quienes les explotan ni a los que originan y utilizan la violencia y el terror. El odio a la opresión es un arma de liberación de los oprimidos. Para que no lleve a linchamientos o a la violencia ciega, hay que encauzarlo programática y organizativamente sin preocuparse por las elecciones. Este es el único modo de ganarlas.

La Jornada.

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