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Está ahí, creciendo, madurando, lista para salir del cascarón y deslizarse por las calles, las instituciones, los espacios públicos y privados. Es el huevo de la serpiente incubándose en tres escenarios, en tres formas y un solo espíritu ultraderechista que en el lenguaje de la política se llama fascismo.

Aquí en Nuevo León el huevo se llama Ley sobre la familia, engendro jurídico-moralista impulsado por los panistas que antes que diputados parecen una extensión del Opus Dei o de los Legionarios de Cristo. Los y las diputadas que amenazan con imponer la ley no perciben, no entienden, no les interesa saber que los ciudadanos nuevoleoneses vivimos en el siglo XXI, que no hay democracia sin el respeto a la diversidad ideológica, religiosa, étnica y sexual. Los creyentes del PAN copian literalmente el discurso fundamentalista, neomedieval, de Juan Pablo II, y lo quieren imponer a los que no practicamos fe religiosa alguna y a los que creen en Buda, son Mormones, Pentecosteses, Bautistas, Judíos, Metodistas o adoradores de Dionisos.

En el plano nacional el embrión se llama Reforma Judicial y es alegremente impulsada por los legisladores del PRI y del PAN. Juristas, académicos, intelectuales y activistas políticos han dicho que la tal reforma atenta contra los derechos constitucionales y la privacidad de los ciudadanos mexicanos, que es un engendro autoritario que abre las puertas a un Estado policíaco, inquisitorial, fascista. En las condiciones de descomposición en que se encuentra el país, dividido y confrontado por el fraude electoral del 2006, de aprobarse la reforma se justificaría la persecución contra los opositores al régimen calderonista.

En el plano internacional la serpiente se anuncia en una acción con alcance no sólo doméstico sino internacional por tratarse de la más poderosa agencia de espionaje del Imperio: la CIA que destruyó videos que mostraban los métodos para interrogar y torturar a los detenidos bajo sospecha de terrorismo, palabra-conjuro que se ha convertido en la coartada y la justificación de la Casa Blanca para derogar el Habeas Corpus y la libertad de expresión que tanto presumían los compatriotas de Norman Mailer, Susan Sontag y Gore Vidal.

Las derechas fundamentalistas de casa, nacionales e internacionales tienen el mismo aire de familia. Unos hablan español, otros inglés, otros italiano, otros alemán, pero tratándose de gestos, discursos, intereses, símbolos y mitos, son intercambiables. Bush puede hacer el papel de Fox, éste el de Aznar, el neofranquista el papel de Calderón. Se diría que están ideológicamente clonados, que su discurso político, su ética y su visión del mundo son tan pobres y predecibles que cualquiera puede adivinar sus acciones. Todos, uno evangélico, otros católicos, forman un coro con el lema In god we trust. Mientras adoran desaforadamente a su Dios Money, su deseo profundo es regresar la historia a la época de las cruzadas.

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