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Si el hijo del carpintero José y de María, amoroso compañero de María Magdalena –según nuevas investigaciones non sanctas–, defensor de los pobres y agitador político en el Imperio de los césares y la provincia de los caifases; crucificado, muerto y resucitado para salvar a los pecadores –según la biblia en la que creen–, llegara a la UDEM para entrevista en la radio, desde alguna oficina empresarial saldría el dictum: Censura.

Al nazareno que dijo que era más fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja a que los ricos entraran al cielo; el mismo que dijo “dejad que los niños vengan a mí” con intención muy distinta a la que demuestran las perversiones de los curas pederastas; el trashumante del diálogo, los giros poéticos y las frases filosóficas; el que echó violentamente a los mercaderes del templo, a ese Jesucristo Superestrella le cerrarían las puertas y le dirían: aquí no entras, ni hablas, ni subviertes el orden, ni agitas a nuestros alumnos y profesores. Aquí tienes prohibida la entrada porque ésta es universidad privada, vete si quieres a la UNAM.

Eso han hecho los dueños de la Universidad de Monterrey con el obispo Raúl Vera, uno de los pocos miembros de la alta jerarquía católica que se han rebelado abierta y activamente contra la represión gubernamental, la violación de los derechos humanos y la impunidad de los curas pederastas, cuyo “ejemplo cristiano” es el recién fallecido Marcial Maciel, fundador de la orden de los que mandan en la UDEM, conocidos en la jerga popular y humorística como Los Millonarios de Cristo.

La prohibición en la UDEM para que el obispo Vera no respondiera preguntas en entrevista de radio pactada con los conductores del programa (directivos de la revista La Quincena que en un gesto de dignidad presentaron su renuncia), no es un hecho aislado: es la manifestación de lo que ocurre en los demás instituciones de educación superior de Nuevo León, controladas por derechas filopanistas o filopriístas, algunas con el aderezo confesional. Si eso sucede en los espacios de educación, ciencia y cultura, donde por principio debe reinar la universalidad y diversidad de ideas, la investigación, el diálogo y el debate; por extensión y lógica elemental uno se imagina lo que sucede en otras instituciones (partidos políticos, empresas, sindicatos, organismos religiosos, Club Tigres y Club Rayados, medios de comunicación, gobiernos municipales y estatal…) que conforman la hoy convulsionada sociedad nuevoleonesa.

Nunca las formas de poder y las prohibiciones fueron eternas, absolutas. A la censura se opone la protesta, un soterrado y silencioso instinto de libertad que nace como síntoma y termina por hacerse manifiesto. Sin duda en la UDEM, en la UANL, en el TEC, en la UR y las demás universidades cunde el desasosiego, anida una profunda contradicción como reflejo de lo que sucede en el tejido social, en la crisis estructural de Nuevo León y del país.

La vergüenza es un acicate para la impugnación, para la rebelión. Es seguro que muchos profesores y alumnos de la UDEM (los que no son reaccionarios y fundamentalistas) se avergüenzan de la censura al obispo Raúl Vera. Imagino que flota una sensación, un murmullo en las aulas y los corredores que denuncia el trato de párvulos, de individuos sin criterio para escuchar ideas claras y distintas como quería el filósofo Descartes. A propósito: ¿qué pensarán los profesores y los alumnos de la recién creada carrera de filosofía? ¿Qué pensarán los sociólogos, los psicólogos, los literatos, los artistas que ahí prestan sus servicios? Así, los dueños y los directivos deben una explicación de la censura al obispo Raúl Vera, no sólo a la comunidad académica de la UDEM, sino a los universitarios todos de las instituciones similares y a los ciudadanos de Nuevo León que aspiran a vivir en una sociedad verdaderamente democrática y moderna, sin condicionamientos, gestos, discursos y acciones propios de la Edad Media.

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