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No soy perredista. No soy del FAP. No soy lopezobradorista. No soy militante de partido alguno. Eso sí, desde mi años de preparatoria me definí por la izquierda del espectro político. Así, con esta breve declaración de principios abundaré un poco sobre lo que intermitentemente he dicho en otros artículos: que desde hace tiempo, tal vez desde su fundación, el PRD vive contradicciones internas que, en estos días, están tocando fondo. Y paradójica, pero explicablemente, toca fondo, se descompone, cuando ha alcanzado el más alto nivel de posiciones en la cámara de diputados y en el senado y el gobierno en varios estados de la República, principalmente en el Distrito Federal, epicentro de la política nacional y bastión del perredismo desde los tiempos de Cuauthémoc Cárdenas.

Pero lo tragicómico del PRD es que su crisis estalla cuando el gobierno de Felipe Calderón se descompone y el movimiento de masas encabezado por López Obrador se organiza, va in crescendo. El pragmatismo, la falta de debate interno; las cuotas de poder a las llamadas tribus; la política partidaria centrada en los procesos electorales; el ingreso indiscriminado de militantes formados en la cultura priísta, prepararon un cóctel explosivo . Hoy en plena disputa nacional por el futuro de la industria petrolera, donde el PRD debería ser actor central, se muestra desgastado, desprestigiado y dividido.

Es obvio que en esta crisis hay una mano que no sólo toca la pierna de la corriente de los llamados chuchos, sino que acaricia obscenamente todo el cuerpo tratando de seducir, desde el poder y desde el dinero, para que revienten el PRD y dejen colgado el FAP y el movimiento que encabeza López Obrador. ¿Alguien en su sano juicio cree que no intervinieron los gobernadores de Chiapas, Oaxaca y el Estado de México (dos priístas y un perredista de ocasión) para abultar las urnas y llevar a la presidencia del PRD a Jesús Ortega? La división entre los “radicales” (que se oponen a la negociación con Calderón) y los “modernos” de la izquierda (que negocian sin principios) sería anormal en un partido organizado bajo principios filosóficos, ajeno al pragmatismo burdo y al oportunismo. Pero el PRD sufre estos males que, por cierto, también padecen los partidos de derecha. Y con maneras grotescas y esperpénticas.

Sin embargo, no todo es un cochinero en el PRD, como dicen los propagandistas de los medios. Hay en ese partido ciudadanos que vienen de la izquierda histórica, de la época en que para ellos (ellas) no había curules, ni regidurías ni puestos públicos en municipios y gobiernos estatales; militantes y dirigentes decentes, que saben que sin ética no hay política de izquierda; militantes que critican y les duele lo que sucede en su partido. Esos militantes jamás olvidan que la cuota de su aportación a la lucha por la democracia y un gobierno de la izquierda, ha costado marginación, persecuciones y la vida de aproximadamente 600 militantes –la mayoría en el sexenio de Salinas de Gortari. En la crisis del PRD que se resume en la pregunta ¿ruptura o refundación?, esos militantes honestos, hasta donde se percibe, apuestan por la corriente que encabeza Alejandro Encinas, ex militante del Partido Comunista, hombre coherente, con imaginación e ideas políticas. En el otro lado de la contradicción figura Jesús Ortega, hombre pragmático, negociador a diestra y siniestra, ex miembro del PST, partido paraestatal fundado por un tal Rafael Aguilar Talamantes de triste memoria, que cobraba en la nómina de los gobiernos priístas. No creo en la idea cristiana del pecado original. Ni en las conversiones iluminadas, súbitas, al estilo Saulo de Tarso/San Pablo. Pienso que los individuos, en determinadas situaciones y rupturas existenciales, cambian su praxis y su visión del mundo. De ahí que no sorprende ver ex comunistas y ex guerrilleros uncidos al carro la derecha; a ex priístas y ex panistas, enarbolando las banderas de la izquierda. Alejandro Encinas y Jesús Ortega definirán su catadura de dirigentes, y el del PRD su futuro inmediato en su relación con el movimiento que encabeza López Obrador, único político de alcance nacional con credibilidad en millones de mexicanos hartos de la impunidad y los fraudes de la derecha.

Aún desmadrado como está, el PRD es el único partido de la izquierda que puede balancear las cosas ante la agresiva política de la derecha mexicana, que vive su hora postrera en la tendencia histórica hacia las izquierdas que se perfila en Latinoamérica. Ojalá encuentre la forma de la autocrítica profunda, severa, sin contemplaciones. La refundación como única salida. Si se hacen el harakiri en público, los ciudadanos desamparados, impotentes, sin esperanza, llorarán la pérdida. La derecha, cínica y depredadora, se lamerá los bigotes, saltará sobre la presa y soltará la carcajada histérica.

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