LA TARDE EN QUE LOS FANS SE DESNUDARON EN EL ESTADIO DE FUTBOL Imprimir E-mail
Escrito por Xavier Araiza   
Martes, 16 de Febrero de 2010 20:20

REGIOMONTANAS /

Inducida durante semanas con el método goebelesiano de los medios de propaganda masiva, la pugna entre los seguidores de los equipos Tigres y Rayados de Monterrey se acercaba al teatro de la guerra social. La tarde del juego, en el estadio ensordecía el arcaico grito de las tribus y en la atmósfera latía una extraña sensación, un presagio en proceso, inusual, que anunciaba el Gran Acontecimiento jamás visto en un partido de futbol. En el eco electrizado se podía tocar con los dedos una rara mezcla de histeria, algarabía, emoción, porras y desafío entre las bandas de fundamentalistas de la camiseta, y el presagio se movía como serpiente en el paraíso, provocando la irresistible tentación por lo prohibido a punto de transgredir todas las reglas deportivas, los preceptos morales, las profesiones de fe, los cálculos económicos, las sanciones administrativas y la convivencia social.

El futuro inmediato tomaba forma por la dimensión invisible de lo real en la peligrosa frontera entre el deseo individual la inercia colectiva y la fascinación por el rectángulo verde y las dos porterías en los extremos de la cancha, espacio moderno que en algún sentido no perceptible por la razón cartesiana, evocaba el Coliseo donde combatían los antiguos gladiadores y las fieras alimentadas por la estrategia "Pan y Circo" para el populacho, estrategia estilizada en los días rituales del imperio romano.

En la atmósfera y el imaginario colectivo se montaba el fantasma inquietante de la mujer apodada La Güera, joven texana que en el mismo estadio días antes había provocado una reacción desmedida de las buenas conciencias locales azuzadas por el morbo mediático. Para divertirse y demostrar que no pertenecía a ninguna organización que hace del cuerpo una prisión de alta seguridad contra el libertinaje, La Güera había realizado un semidesnudo enseñando por unos segundos sus exuberantes senos ante el júbilo de sus vecinos y el malhumor de los directivos del equipo Rayados. Esta tarde con el ánimo caliente del clásico a punto de empezar, los fans de ambos equipos veían en toda mujer rubia a La Güera del demonio lista para enseñar sus encantos otra vez. Agentes de seguridad,  policías y  periodistas, mediante un ridículo operativo de vigilancia esperaban cazar a la texana inmoral. Esto lo sabían los fans de Tigres y Rayados, pero en el inconsciente y la conciencia de cada mujer presente en el estadio, el malestar por el maltrato a La Güera y la rebelión contra el moralismo provinciano, amenazaba con aflorar. 

La ingenuidad, el coraje, la competencia, el instinto de asesinato (reprimido por obra y gracia de lo que Freud llama cultura y sublimación) focalizado e identificado en el rival futbolero (Tigres vs. Rayados) de los hombres de todas las edades que sumaban la mitad de espectadores en el estadio, contrastaba con la placentera presencia de las mujeres que mostraban otra actitud, una extraña manera de ser entre la masa que se percibía en sus miradas, en sus gestos, en la cadencia de sus movimientos, en las frases rutinarias arrojadas a favor de sus ídolos deportivos. De sus cuerpos y espíritus en ebullición siempre in crescendo y a punto de estallar, emanaba una suave sensualidad, signos milenarios anclados en el instinto vital conectado con los ciclos lunares que sólo ellas podían percibir con esa intuición de hembras que sobrepasa la lógica formal y la torpeza de los hombres entrenados en la unidimencionalidad.

Conforme se acercaba el tiempo reglamentario para el primer silbatazo que daría inicio al juego del clásico regiomontano de futbol, la atmósfera pautada por la ondulación y el suave rumor de las mujeres iba calentándose hasta aproximarse a la línea de no retorno, como el miedo incontrolable ante la catástrofe inminente o el placer del orgasmo colectivo que seguramente experimentaron los antiguos pueblos en sus orgías a campo abierto en los ritos sagrados ofrendados a sus ídolos, muchos siglos antes que Nietzsche decretara su ocaso. La serpiente de la transgresión se movía sin excepción: niñas, adolescentes en la edad de la flor, jóvenes deseantes, maduras experimentadas, ancianas bien curtidas: estudiantes, profesionistas, deportistas, artistas, intelectuales, empleadas, desempleadas, prostitutas, empresarias, comerciantes, administradoras del hogar, profesionistas, jubiladas: morenas, blancas, negras, rubias, güeras, de piel amarilla, pelirojas: altas, chaparras, medianas, gordas, gruesas, flacas, bulímicas, anoréxicas: católicas, bautistas, presbiterianas, metodistas, mormonas, budistas, judías, ateas: discretas, románticas, blueseras, jazzeras, punketas, emos, góticas, darketas, rockeras, ballenatas, hiphoperas, gruperas... todas ellas eran presa de esa conversión colectiva, de la rebelión del cuerpo encorsetado a grado tal que la concurrencia masculina quedó paralizada azorada opacada minimizada fuera de foco sin saber qué hacer. Cuando pudieron reaccionar articulando alguna frase dirigida a sus compañeras, actuaron con infinita torpeza. En cambio, Ellas embellecieron con el aura de ser las protagonistas que convertían el espacio para el rito del juego con el balón, ágora del instinto lúdico (convertido en negocio de las empresas futbolera portadoras del instinto Tanático), en templo improvisado para rendirle culto a Eros y desbordar sus deseos de rebelión.

La señal esperada era el primer silbatazo, el primer toque al balón. En el instante en que los equipos contendientes ingresan al campo de juego, la muchedumbre masculina aumenta los decibeles de gritería y la catarsis colectiva adquiere un tono demencial. Las mujeres, en cambio, extrañamente silenciosas, expectantes, atentas al momento preciso de la señal que como relámpago iluminaría las gradas y el campo de juego, cruzan sus miradas en un especie de juego cinematográfico en close up, primer plano, plano general, paneo, travelling vertiginoso, y de inmediato sucede lo real maravilloso que sorprendería al marqués de Sade, a Casanova, a Don Juan, a los Surrealistas, a Federico Fellini, Pier Paolo Pasolini, a los estétas del cuerpo desnudo y a los agitadores de la revolución sexual. Como participantes en una coreografía multitudinaria puesta en escena en la Plaza del Vaticano por un resucitado Meyerhold, en sincronía deslumbrante por lo que tenía de improvisación, en el segundo preciso del silbatazo del árbitro, unas vacilantes otras muy decididas, las mujeres en el estadio proceden a quitarse faldas, pantalones, vestidos, blusas, calcetas, medias, sacos, chaquetas, zapatos, tenis, mascadas, clazones y brasieres: gloriosamente desnudas quedan todas ante el pánico y la extraviada mirada de los hombres que súbitamente controlan su excitación futbolera y por arte de magia, insólitamente, ignoran el primer gesto del hombre de negro en su papel de juez y ya de plano en la locura del olvido, el azoro y la distracción, no observan el primer toque de balón en la batalla campal entre los Tigres y los Rayados de Monterrey.

Provocados alucinados y excitados (más epiritual que carnalmente) por el desparpajo y la libertad de expresión femenina, los varones reaccionan y repitien los mismos movimientos de las mujeres; poco a poco, como si se movieran en cámara lenta, se van despojando de sus ropas hasta quedar completamente desnudos, iguales, equitativamente iguales a las mujeres. Entonces treinta mil hombres y mujeres en el estadio se sintieron en el paraíso, como Eva y Adán cuando llegaron al mundo según el relato bíblico. La energía de la desnudez total de los fans en las gradas imantó a los jugadores y árbitros en la cancha, razón suficiente y sinrazón apabullante para que suspendieran el juego a cinco minutos de iniciado. Al sentir el golpe del silencio, el vacío de la mirada de sus fans y observar el colosal desnudo en las gradas, anonadados y sintiéndose extraterrestes en el estadio, los 25 hombres en la cancha no quisieron perderse el fenómeno del juego del desnudo y para no sentirse menos también lanzaron al césped sus pantaloncillos, calzoncillos, camisetas, medias y tachones, quedando libres de culpas, como sus madres los arrojaron al mundo. En ese preciso instante todos y todas, sin excepcion, irrumpieron en aplausos y exclamaciones de júbilo, se abrazaron y lentamente abandonaron el estadio para recorrer las avenidas y calles del centro de la ciudad de Monterrey hasta concentrarse en la macroplaza, cantando alternativamente el himno a la alegría de Beethoven, el himno nacional mexicano, el corrido de Monterrey. Hasta el amanecer, cuando ya circulaban el metro y las rutas de transporte urbano, siguieron cantando bailando lanzando consignas contra el uso del futbol como medio de control y enajenación.

En cuestión de segundos y en tiempo real, la noticia y las imágenes del espontáneo desnudo en el estadio y la marcha por la ciudad, cruzaron las redes informáticas y cubrieron la cobertura global: el acontecimiento fue bautizado inmediatamente como surrealista y revolucionario. Durante varias semanas, fue materia informativa y de análisis catalogada como de primera importancia en periódicos, radio, televisión, youtube, feisbuck, twitter .

Desde esa gloriosa tarde, la zona conurbada de Monterrey ya no fue la misma: rápidamente se fue transformando en una verdadera metrópoli de clase mundial, paradigma de la modernidad y cimiento sustentable para una radical ciudad del conocimiento ajena a los dogmas del libre mercado y la acumulación especulativa de capital. Se reestructuraron las instituciones educativas y los servicios de salud para toda la población; se intensificó la inversión pública productiva y la regulación de capitales; el entretenimiento y las artes dejaron de estar en manos del periodismo chismoso y perdieron lectores las revistas especializadas en el culto bobalicón al ídolo y en la melcocha sentimental del corazón. Las empresas Cemex y Heineken traspasaron los equipos Tigres y Rayados a dos asociaciones civiles integradas por ciudadanos amantes del futbol-deporte que, organizada y denodadamente, combatían el futbol-negocio, se comportaban poniendo en práctica la democracia directa y la transparencia representativa y pregonaban la primacía de la propiedad colectiva contra la propiedad privada en el deporte regiomontano; además, sabiendo que a los jugadores (sin los cuales simplemente no existiría el futbol) los dueños los trataban como mercancías humanas desechables cuando ya no tenían el mismo rendimiento en la cancha, apoyaron con entusiasmo y convicción la creación del primer sindicato de futbolistas organizado por jugadores de Tigres y Rayados, pronto emulado por todos los equipos de la federación mexicana de futbol.

Con la movilización de diversos grupos de la sociedad civil organizada, legisladores prudentes y un grupo de abogados honestos, las dos asociaciones civiles evitaron la construcción del estadio del Club Rayados en el parque La Pastora, considerado terreno vital del sistema ecológico en la zona metropolitana, que impulsaba la cervecera holandesa Heineken, antes propiedad de Femsa y recién comprada a los empresarios regiomontanos. Ante esta formidable revolución cultural y social que iniciaron las mujeres en el estadio, los medios masivos se vieron obligados a erradicar la propaganda neurotizante y el estilo fanático gritón de informar; los comentaristas de futbol tomaron cursos de filosofía, psicología, antropología, español escrito y hablado y sobre arte y litereatura surrealista; los fans de los equipos Tigres y Rayados se percataron que la economía, la política, los espacios públicos de la ciudad, la libre expresión de las ideas de los cuerpos y los derechos ciudadanos también eran importantes en sus vidas. El ejercicio de la crítica se desplazó de los equipos y sus jugadores hacia los partidos políticos poniendo fin al arcaico bipartidismo PRI-PAN y exigió principios ideológicos, programas y congruencia a los partidos emergentes.

Fue tal el impacto del desnudo en el estadio de futbol que los municipios del área metropolitana y las universidades se coordinaron para invitar a Spencer Tunick a fotografiar personas desnudas en la cantidad que él quisiera, en los lugares públicos que escogiera. El arzobispado de Monterrey, no queriendo parecer medieval o conservador, ofreció la catedral como escenario a fotografiar. La doble moral y la moral conservadora, gemelas hermanas de la hipocresía, quedaron arrinconadas, con las alas rotas; los diputados de todos los partidos políticos aprobaron leyes que permitieron a las mujeres el derecho a decidir sobre sus cuerpos, incluyendo el aborto en las primeras 12 semanas; el matrimonio entre parejas del mismo sexo floreció con plenos derechos para adoptar hijos y formar familias; la moralina de closet y la persecución homofóbica tuvieron que declararse en quiebra. La violencia contra las mujeres bajo radicalmente y por vez primera  ellas pudieron caminar por las avenidas en altas horas de la noche, sin riesgo de robo manoseo o violación; con plena libertad entraron solas a beber reflexionar leer libros en los bares y cantinas, sin ser catalogadas como prostitutas u objetos del deseo y las fantasías de los machos de profesión.

Meses después de la tarde en que los fans se desnudaron en el estadio de futbol, fueron desapareciendo del entorno urbano las antiguas lacras de la sociedad del espectáculo posmoderno, de la misma forma en que los dinosaurios se extinguieron con el gigantesco asteroide que cayó sobre el planeta tierra.

(Imágenes tomadas de Internet / Derechos reservados por el autor)

 

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