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La historia concebida y construida como relato no comporta mayores dificultades. Contar y describir "lo que sucedió", como actuario que toma nota de los eventos, es algo cuya simpleza deambula de la mano con su banalidad. En una paradoja sólo aparente, la sedicente imparcialidad que pretende aprehender la "cosa en sí" termina por no comprenderla en absoluto, y de ese modo la parcializa. La imparcialidad en la labor historiográfica, entonces, sólo existe como pretensión o como autoengaño.
Salvando este punto de partida generalísimo, no es del todo desconocido que la actividad del historiador enfrenta otras dificultades. No sólo las que atañen a su propia postura como "observador" y su concepción, sino también las que corresponden a su objeto. En el caso, cuando "la materia" durante muchos años y hasta hace relativamente poco tiempo se negaba su existencia, aquél ha de partir casi desde cero ante la escasa disponibilidad de documentos y su dispersión. En obligada síntesis, los movimientos guerrilleros son los movimientos guerrilleros en un país en el que mexicanos de los setenta continúan en gran medida velados por el mito, las posiciones sesgadas y encontradas y la desinformación.
Aquí ofrezco -a petición expresa de Xavier Araiza, a través de largos años compañero, interlocutor, adversario, pero siempre amigo- fragmentos de mi primer acercamiento al problema en el libro Héroes y Fantasmas. La guerrilla mexicana de los años 70 (Facultad de Filosofía y Letras, UANL, mayo de 2009), tanto del estudio introductorio como de su principal materia prima: los testimonios de primera mano elaborados por guerrilleros entonces presos en el antiguo Penal de Topo Chico.
Que la memoria sea restablecida, que la guerrilla mexicana salga por fin del limbo y entre a la historia, y que los muertos, los desaparecidos y los sobrevivientes puedan suscribir la frase del Me-Ti: mi miedo es una debilidad que me concierne sólo a mí; mi muerte concierne a todos...
I En lo tocante a la mera forma, escribir significa fijar en caracteres determinados y convencionales tanto ideas como tesis, reflexiones, propuestas e interrogantes. En este sentido de lo formal, entonces, escribir pareciera ser un acto mayúsculo de cosificación mediante el cual se convirtieran en inertes porciones enteras de un universo que -muy por el contrario- se caracteriza por la movilidad, la especulación y las constantes transitividad, modificación, verificación y corrección de sí mismo: el universo del intelecto y el pensamiento -"abstracto" o no- cuyo fundamento mismo es la permanente contrastación entre la realidad y la teoría, entre los "hechos" y su elaboración conceptual-sistemática; el mundo, en fin, de las relaciones de mutua alimentación entre -diría el ahora tan negligido Marx- el concreto real y el concreto de pensamiento.
Sin embargo, más allá de aquel nivel de las apariencias, escribir es más bien, o al menos debería serlo, ejercicio del criterio y acto de responsabilidad. En el caso del historiador semejante exigencia es, si cabe, aún más perentoria e inexcusable. Responsabilidad y crítica, entonces, por más que abunden quienes -"historiadores", "politólogos", o, llana y ridículamente, "escritores"-, entregados a la autocomplacencia o la autopromoción, se conforman con dejar constancia impresa de su paso por el mundo "escribiendo un libro" y, tal vez, para cumplimentar el adagio, sembrando también un árbol y procreando un hijo. (1)
Tan comunes como son las "historias de...", lo es también el que, en no pocos casos, ellas no sean otra cosa que meros digestos simplificadores, los cuales, en aras de completar el cuadro, se convierten en retazos de historia al dejar atrás, de lado o por debajo eventos, datos y circunstancias esenciales. Por lo demás, la dificultad de escribir una historia de... regularmente crece en relación inversamente proporcional a la distancia temporal que nos separa del objeto de estudio. Cuestión de maduración y asentamiento de los datos históricos, diríamos.
Pero cuando no se trata de la historia del desarrollo de las matemáticas, por ejemplo, sino de la historia social y, aún más, directamente política de un país, entonces aquella dificultad se hace todavía más fuerte. Cada país posee sus trozos de historia oculta, de tal modo que en las crónicas oficiales de cualquier nación, ciertos periodos, acontecimientos y personajes se declaran inexistentes. Bien es cierto que estas ausencias, que adoptan la forma de velos de ocultamiento o -puesto que también la deformación es una forma de ocultar- cristales distorsionadores, muchas veces son provisionales, pues es sabido que los hechos incómodos o peligrosos (para la posición oficial y sus beneficiarios) lo son menos a medida que se alejan en el tiempo.
Puede también ocurrir que los sucesos sean restablecidos en su veracidad y realidad por un cambio radical en la situación de poder: es entonces cuando el ocultamiento histórico pierde su razón y su posibilidad de ser, pues no están más aquellos a quienes las historias secretas les eran necesarias.
Por todo lo anterior, y además de ello, escribir la historia de la Liga Comunista 23 de Septiembre es un empeño que rebasa, si no la capacidad de cualquier individuo aislado, sí las posibilidades de alguien que trabaje con limitaciones de tiempo y de recursos. De hecho, por sus peculiares requisitos, esa historia no puede ser mas que el producto de un prolongado y fatigoso esfuerzo colectivo, que enfrentaría la inexistencia de obras de consulta y referencia, la dispersión de documentos -en el caso de que se conserven- y protagonistas, y, last but not least, en muchas ocasiones la reticencia, por los motivos más diversos, de algunos sobrevivientes para hablar o, en el menos peor de los casos, para "decirlo todo". Y esto sólo en el caso de los ex-miembros de la Liga y otros grupos armados; en cuanto a quienes los enfrentaron y llevaron a cabo la guerra sucia de los años setenta, sólo hoy, a casi cuarenta años del inicio de aquel periodo, empiezan a abrirse los archivos, a aparecer documentos y atisbos de declaraciones de los implicados.
Deberá comprenderse entonces que lo que me dispongo a abordar no pretenda ser la historia de la Liga Comunista 23 de Septiembre, sino un primer acercamiento (de hecho el primero, que yo sepa) que intenta destacar la necesidad de localizar y aprehender los "datos" y consideraciones esenciales del fenómeno histórico, y al mismo tiempo proponer una concepción interpretativa que, contra algunas asunciones sumamente peregrinas del asunto, lo encuadre en sus términos reales y, por ello mismo, permita entender qué ocurrió y porqué ocurrió; es decir, cómo surge la Liga, cuál fue el sentido de su efímera aunque intensa actividad y cuáles las motivaciones de los actores, y finalmente cómo y porqué tuvo el fin que experimentó.
Por lo demás, no se me escapa la dificultad adicional que pudiera representar el hecho de que yo mismo haya sido participante activo en la organización y en parte de los acontecimientos que ahora pretendo enfocar como historiador. Sin embargo, estar prevenido acerca de ello es ya, me parece, al menos dos tercios de garantía de que pueda eludirse la construcción de una historia parcial -que no ha de asumirse como lo contrario de una labor historiográfica que no adopte posición alguna, si es que semejante alarde de "neutralidad" fuese posible, o de esa historia "objetiva" revestida de números y estadísticas satirizada por Abendroth-, (2) esto es, una "historia" en la cual la toma de posición conduce a, por ejemplo, obviar ciertos acontecimientos, deformar otros o magnificar unos terceros.
De cualquier modo, la mayoría de los escasos escritos que de un modo u otro han retomado -como tema central o colateral- el fenómeno de la guerrilla en México, han sido elaborados por outsiders; y esto, a juzgar por los resultados, en modo alguno les ha conferido una posición privilegiada, "no contaminada", a la hora de evaluar, constatar y acercarse a la veracidad histórica, exigencia de la cual no debe eximirse al novelista por más licencia poética o literaria que arguya, para no hablar del historiador, del sociólogo o el politólogo. (3) De hecho, más bien, todos ellos han expuesto -en mayor o menor grado, deliberadamente o por ignorancia- versiones justamente parciales, en el sentido que arriba señalo.
Julieta Campos, por ejemplo, con un tono al que bien hubiera vestido una pequeña dosis de docta ignorancia, una saludable cautela al momento de hacer afirmaciones acerca de un asunto del que posee un conocimiento exiguo, nos revela que:
En los años setenta se dieron dos modalidades de rebeldía armada, completamente diversas y sin vínculos entre sus actores, sus metas o sus métodos: la guerrilla urbana y la guerrilla rural. La guerrilla urbana fue una secuela confusa del movimiento estudiantil del 68. Mientras en medio de la apertura eran liberados los dirigentes, se fue radicalizando una corriente que, invocando la represión de Tlatelolco y la del Jueves de Corpus, negaba cualquier posibilidad de diálogo con el Estado y no creía en ninguna alternativa de reforma (...) La represión y el extremismo se alimentaron mutuamente (...) El esquematismo beligerante de muchos grupos salió de los límites universitarios y encontró cabida después en ciertas organizaciones políticas. Una forma perversa y extrema de activismo fueron los brotes terroristas, expresión enfermiza de la descomposición del aliento originario y de un sentimiento de impotencia propicio a la inmolación. La Liga 23 de Septiembre fue, al parecer, un membrete adoptado por pequeños grupos clandestinos movidos por la frustración y, cada vez más, por la venganza contra el sistemático e implacable exterminio que fue diezmando sus filas (...). (4)
Es evidente la radical adjetivación que satura el pasaje; presentar el propio discurso basándose en afirmaciones de apariencia axiomática sólo viene a configurar, como complemento de aquella catalogación, el recurso común al nesciente con respecto a un tema específico.
Para que el esquema adquiera ciertos visos de coherencia y credibilidad, a la autora le es necesario adoptar la predominante y no matizada versión de este movimiento guerrillero como simple secuela del 68 y del 10 de junio de 1971. Es sobre esta endeble premisa que el fallo contra la Liga puede ser revestido de cierta lógica aparente; un fallo, ciertamente, terrible, aunque -por fortuna para el conocimiento de la historia reciente- en modo alguno inapelable.
Deberá bastar aquí un ejemplo para acreditar los juicios anteriores. Los polos de la doble vertiente de la guerrilla de entonces -pues al parecer ahora, con el surgimiento del EZLN, habría que agregar la "guerrilla virtual"-, la urbana y la rural, habrían sido, se dice, totalmente distintos y sin ninguna clase de vínculo entre sí. Sin embargo, algunos de los grupos que se fusionarían en la Liga mantuvieron contactos tanto con la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria de Genaro Vázquez como con la guerrilla de Lucio Cabañas -de ello hay incluso constancia escrita en las Actas de fundación de la Liga-, y uno de los afluentes de ésta, la fracción del Movimiento Espartaquista Revolucionario que había optado por las armas, pasa dos meses en la sierra de Durango (antes de octubre de 1968) reconociendo y explorando la zona con la intención de establecer allí un cuerpo de guerrilla.
La propia Liga, por lo demás, no sólo envió una delegación a la sierra de Guerrero que permaneció durante algún tiempo con el Partido de los Pobres, sino que ella misma intentó construir tres focos rurales. En la zona serrana que cubre porciones de los estados de Sonora, Chihuahua, Sinaloa y Durango, en el llamado "Cuadrilátero de Oro", la Liga crea dos comandos rurales: el "Óscar González Eguiarte", que operó en la Sierra de Álamos en la frontera entre Sonora y Chihuahua, y el comando "Arturo Gámiz García", dividido en dos contingentes que actuarían en Chinipas y en Urique, Chihuahua, respectivamente. En Oaxaca organiza con cierto éxito a la Brigada Revolucionaria Emiliano Zapata, y finalmente en la Sierra de Petatlán, en la Costa Grande de Guerrero, crea la Brigada Genaro Vázquez. Esta última, compuesta tan sólo por unos 15 miembros, es pronto disuelta por el Buró Político de la Liga, que decide también retirar a los sobrevivientes y enviarlos a reforzar a la BREZ.
La leyenda negra del movimiento armado de los setenta, y de la Liga Comunista 23 de Septiembre como su ogro principal, se ha convertido en expediente para preterir los acontecimientos reales del periodo, o, en su caso, para eludir el esfuerzo de la indagación histórica correspondiente y deshacerse del fenómeno con una riada de adjetivos y unos cuantos lugares comunes.
La Liga, entonces, reuniría los pecados de terrorismo, activismo perverso, descomposición, frustración, y por si fuese poco, un carácter enfermizo. La calidad de "membrete" atribuido a ella cae ya en el terreno de lo hiperbólico, incluso en lo absurdo, pues algo existe o no y difícilmente puede ser real y ficticio a la vez. Además, no es posible entender cómo alguien, Campos en este caso, pudo sentirse obligada a escribir sobre un fantasma casi treinta años después de que él había dejado de recorrer estas tierras. El que al parecer aún deambula por aquí es el espíritu de aquél que solicitaba: "permitidme que haga historia breve, aunque triste y negra". (5)
Compárese por último esta peculiar visión de la historia -de la que por supuesto no es la autora la única tributaria- con la heteróloga de Edward P. Thompson al escribir sobre los trabajadores ingleses de fines del siglo XVIII y principios del XIX:
También es posible que su hostilidad hacia el nuevo mundo industrializado fuese una actividad atrasada y retrógrada, sus ideales humanitarios puras fantasías y sus conspiraciones revolucionarias pretensiones infantiles. Pero ellos vivieron aquellos tiempos de agudo trastorno social, y nosotros no. Sus aspiraciones fueron válidas a la luz de su propia experiencia. Realmente cayeron víctimas de la historia, pero, ya condenados en vida, aún permanecen como víctimas.
No deberíamos tener como único criterio de juicio el que las acciones de un hombre se justifican o no a la luz de lo que ha ocurrido después. A fin de cuentas, tampoco nosotros estamos al final de la evolución social. (6)
Existen otras versiones, menos hostiles quizá hacia estas víctimas por partida doble, aunque no por ello menos erradas. Así José Agustín, según el cual hacia fines de 1971 y principios de 1972 "cada vez más se oía hablar de la Liga 23 de Septiembre, que surgió para conmemorar el que el maestro Arturo Gámiz García, a la cabeza de un pequeño grupo de estudiantes y maestros, había tratado de asaltar el cuartel de Ciudad Madera, Chihuahua, el 23 de septiembre de 1967 (...) En los años setenta, comandada por los hermanos David y Carlos Jiménez Sarmiento, la Liga ocuparía un gran espacio en los medios de difusión". (7)
Es realmente difícil concentrar tantas inexactitudes en un párrafo tan breve; sin embargo el autor lo logró. Considérese, si no, lo siguiente:
a) Es simplemente imposible que "se oyera hablar cada vez más" de la Liga en la bisagra temporal entre 1971 y 1972, es decir, cuando ella aún no existía, pues fue fundada en marzo de 1973.
b) La Liga no surgió "para conmemorar" -suponiendo que ello tuviese algún sentido- la gesta del grupo de Arturo Gámiz, sino que sólo quiso recuperar, en su propio nombre, aquel intento pionero de la guerrilla en el México contemporáneo, lo cual, me parece, es harto diferente. Debería ser de una notoria evidencia que una agrupación clandestina armada no se crea ni opera tan sólo para "recordar" un acontecimiento, cualquiera que éste sea.
c) El "pequeño grupo de estudiantes y maestros" (había también campesinos y un médico) no "trató de asaltar" el cuartel de Madera, sino que lo asaltó; que hayan sido derrotados por la enorme diferencia en número de hombres y potencia de fuego no significa que deje de ser un asalto. A menos, claro, que sólo se considere como tal al intento exitoso, lo cual a todas luces es un despropósito.
d) El asalto no ocurrió el 23 de septiembre de 1967, sino justamente dos años antes, y
e) La Liga jamás estuvo "comandada" por los hermanos Jiménez Sarmiento; David fue el principal dirigente del grupo conocido como los "Inmorales", que se había desprendido de los "Lacandones", y con él se incorporó a la Liga desde su fundación.
Es verdad que ignorantia non est argumentum. Sin embargo, en un sentido diferente, es precisamente la ignorancia sobre un periodo o fenómeno histórico lo que permite argumentar cualquier cosa, pontificar y dictar cátedra sobre una hoja en blanco. La ignorancia que se ignora a sí misma no sólo se disfraza de argumento: genera también documentos falsos.
1. Y aún aquí encontramos casos extremos, encajables a la perfección en la sentencia de Lichtenberg: "Escribió 8 libros. Hubiera hecho mejor plantando 8 árboles o teniendo 8 hijos" (Georg Christoph Lichtenberg, Aforismos, Fondo de Cultura Económica, México, 1989, p. 196).
2. Holz, Kofler, Abendroth, Conversaciones con Lukács, Alianza Editorial, Madrid, 1971, pp. 148-49. Con sarcástica malignidad, Abendroth decía: "... no es casualidad el que se empleen las tendencias neopositivistas de la sociología y -dicho sea de paso- también sus modelos paralelos matemáticos en economía, para deshistorizar los problemas, que es lo mismo que encubrirlos".
3. Un texto en verdad paradigmático a este respecto -si se toma en cuenta además que el autor no es un "observador externo", sino un antiguo dirigente de la Liga- es la novela de Gustavo Hirales, Memoria de la guerra de los justos, publicada por Cal y Arena. Con el pretexto de ser una historia novelada, lo que se encuentra en ella es un menesteroso modelo de construcción "histórica", el resultado de una labor -enojosa pero nada difícil- de expurgador y seleccionador de documentos, opiniones y "hechos" adecuados a una intención previamente adoptada, como ocurre en toda historia con designio.
Un libro, en fin, que bien podría haber incluido, como advertencia al lector, aquella pregnante caricatura incorporada -con ánimo tan pedagógico como sarcástico- por Josep Fontana en su Historia: "No lo entiendo -se ve a un joven desconcertado-; en la clase de matemáticas yo me lo creo todo. Bueno, pues me exigen la demostración. En cambio en la de historia... lo que me exigen es que me lo crea".
Notas Bibliográficas:
4. Julieta Campos, ¿Qué hacemos con los pobres? La reiterada querella por la nación, Aguilar, México, 1995, pp. 238-39.
5. Véase el estrambótico discurso de José María Lozano a los diputados del 25 de octubre de 1911, reproducido en Gastón García Cantú, El pensamiento de la reacción mexicana. Historia documental. 1810-1962, Empresas Editoriales, México, 1965, pp. 818-822, en el que el autor exige el exterminio de Zapata. No pretendo establecer alguna similitud ideológica entre Campos y el extremismo de Lozano, sino en la asunción de la historia común a ambos reflejada en su modo de historiar.
6. E. P. Thompson, La formación histórica de la clase obrera. Inglaterra: 1780-1832, I, Editorial Laia, Barcelona, 1977 , pp. 12-13. El subrayado es mío.
7. José Agustín, Tragicomedia mexicana 2, Editorial Planeta, México, 1992, pp. 10-11.
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II
Gustavo Hirales Morán (...) Al principio de la crisis, cuando me di cuenta que la JC [Juventud Comunista, agrupación del Partido Comunista Mexicano] se estaba desmoronando, desesperadamente traté de impedir este derrumbe, que equivalía a mi derrumbe personal (me era sumamente difícil distinguir entre la crisis general percibida y mi propia crisis existencial). Después, vista la inutilidad de mis esfuerzos, yo mismo la precipité. Buscaba a los camaradas que se habían alejado para exhortarlos a que se reincorporaran, pero solo encontraba indiferencia y molicie, y en otros, los mejores, desdén: "No hay nada que discutir, la práctica es la que va a decir la última palabra". Pero aquí la práctica se refería no a una práctica cualquiera: se trataba de los cabronazos, de la lucha armada, de la consecuencia revolucionaria "hasta el fin". Ellos, de algún modo, ya andaban en la "onda gruesa" (o al menos lo insinuaban). Y en ese ambiente que cada vez se volvía más cerrado y conspirativo uno sentía que se estaba quedando fuera del "tren de la revolución". Era aquello verdaderamente angustioso.
Benjamín Palacios Hernández (...) Todos estos acontecimientos me fueron disponiendo, junto con otros compañeros, a incorporarme a la guerrilla, lo cual sucede efectivamente en 1973, siendo entonces estudiante del segundo año de medicina. Tenía dieciocho años. Bastante temprano habíamos experimentado en el propio cuerpo la represión del Estado hacia las luchas populares. Era casi natural que después pensáramos que a esta represión había que responder con la violencia de las armas, y no sólo eso, sino que había que pasar a la ofensiva. Y nosotros no sólo lo pensamos, sino que lo hicimos.
Gustavo Hirales (...) Por la sucesión intermitente de acciones expropiatorias, de asaltos bancarios, nosotros nos dábamos cuenta perfectamente que existía un movimiento armado de una magnitud considerable. Sin embargo, su propia dispersión, el caos que aparentemente la determinaba, nos hacía pensar -dado el carácter de la concepción que estábamos elaborando, dado que en mayor o menor medida los integrantes de nuestra tendencia y de nuestro grupo nos sentíamos "teóricos" y dado que contábamos con un equipo intelectual de muy buen nivel: el mismo Raúl Ramos Zavala, Ignacio Salas Obregón, compañeros como José Luis Rhi Sausi, como José Angel García Martínez-, que este grupo nuestro estaba llamado a jugar un papel especial, incluso con respecto a agrupaciones como la de Genaro Vázquez, la de Lucio Cabañas y, en general, al conjunto del movimiento guerrillero. Se puede decir que en alguna medida así fue.
Otro elemento que confirmaba esta impresión nuestra era el hecho de que la totalidad de las organizaciones guerrilleras que realizaban su actividad en las ciudades y con las cuales teníamos contacto, manifestaban un bajo nivel teórico; y en cuanto a su concepción política, la mayor parte tenía ideas muy elementales acerca de un desarrollo gradual de la organización y de las acciones armadas y que supuestamente llevarían a la conformación cualitativa de la organización de vanguardia. Incluso el hecho de que algunas de esas organizaciones sí tuvieran en aquel periodo relaciones estrechas con la guerrilla de la sierra, al contrario de nosotros, no nos impresionaba demasiado, precisamente por lo que acabo de decir. O sea, nosotros considerábamos que éramos portadores de la teoría del movimiento guerrillero en este país y que a largo plazo esa tendencia acabaría por imponerse.
Elías Orozco Salazar (...) Respecto de la heterogeneidad en el desarrollo de los grupos y militantes que constituíamos la Liga, recuerdo algunos hechos: a mediados de agosto de 1973 se celebraba una reunión de la Coordinadora Nacional del Buró Político de la Liga en una ciudad de la costa del Pacífico. Nuestra dirección regional informó a esa reunión que los planes de realización del secuestro [de Eugenio Garza Sada], poco antes, se habían visto frustrados porque el día señalado para realizar el plan, el oligarca secuestrable elegido por ese operativo no pasó por donde se le esperaba; pero que seguíamos firmes en el propósito.
Según informes de nuestro delegado a esa reunión y principal dirigente local, José Ángel García Martínez, se había expresado una tendencia política en contra de la concepción de cómo se iban a realizar varios secuestros. Decía José Ángel que esta tendencia criticaba la forma apresurada y llena de errores en la planificación de los secuestros, pero que en el fondo se oponía al secuestro. Sus representantes principales eran Julio y Fermín, camaradas del noroeste [Manuel Gámez y Gustavo Hirales, respectivamente]. Sin entrar de nuestra parte en detalles sobre los argumentos de esos compañeros, nuestra reacción fue de rechazo y automáticamente los calificamos como la oposición dentro de la Liga, los comenzamos a ver con malos ojos a pesar de que no los conocíamos a ellos ni sus argumentos.
En esa misma reunión nacional, al calor de la discusión hubo expresiones acusatorias entre las partes. Los delegados del Frente Estudiantil Revolucionario [de Guadalajara] y los de la Brigada Roja [del Distrito Federal], acusaron de demócratas a la gente del noroeste, o sea los "enfermos" quienes a su vez les respondieron acusándolos de "militaristas". Dichos compañeros, los militaristas -principalmente los de Guadalajara- dijeron que si la Liga no podía hacer un secuestro que ellos sí podían, pues esos eran sus planes antes de pertenecer a la Liga. Así era el ambiente.
*Fragmentos del libro HÉROES Y FANTASMAS / LA GUERRILLA MEXICANA DE LOS AÑOS 70, editado por la facultad de Filosofís y Letras. Universidad de Nuevo León.
(Imágenes tomadas de Internet / Derechos reservados por el autor)
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