EL TRABAJADOR MEXICANO EN LA ENCRUCIJADA HISTÓRICA Imprimir E-mail
Escrito por Alejandro Ramírez   
Jueves, 25 de Febrero de 2010 18:05

EL CASO DEL SINDICATO MEXICANO DE ELECTRICISTAS

 
1. La condición de las luchas sociales en la época neoliberal
2. Hoy se hacen patentes las frágiles bases de la vida nacional
3. Capitalismo de estado y verdaderas empresas nacionales
4. Empresas estatales y corporativismo sindical
5. La organización sindical: morir o transformarse
6. Evolución de la política estatal y partidaria sobre las corporaciones sindicales
7. La nueva situación política de México
8. El caso del SME
9. La posición de las izquierdas
10.Es asunto de estrategia...Llamamiento

 

¡Respeto al trabajador del SME! ¡Respeto al derecho obrero! ¡Por la unidad revolucionaria de la clase trabajadora de México!

Compañeros trabajadores de México:

1. La condición de las luchas sociales en la época neoliberal.

El capitalismo mundial ha desatado la nueva cruzada: el derrumbe de las soberanías nacionales y la desmovilización de los trabajadores son sus consignas.

La privatización de la economía estatal, la desaparición de las instituciones de protección social (el IMSS, el ISSTE, la escuela pública, etc.), la privatización de la educación, el control bancario de los fondos de jubilación, el rescate estatal de las empresas privadas en crisis, son sólo muestras de la estrategia actual del capital nacional y supranacional.

México ya está inmerso en esa ola destructiva y es preciso que los trabajadores hagamos prevalecer nuestro derecho histórico, junto al interés nacional, con toda la fuerza y conciencia a la altura de la situación.

El ataque al Sindicato de Luz y Fuerza es otro paso de esa cruzada. Exhibe la estrategia regresiva del capital contra las conquistas históricas del pueblo mexicano, pone de manifiesto las fallas del movimiento obrero, las maniobras para subordinar el interés nacional al burocratismo estatal y el truco de las cúpulas sindicales que han medrado a su sombra.

El momento llama, el embate de la derecha y la ola antinacional son inminentes. Ha llegado la hora de dar la batalla política que levante la verdadera bandera del México obrero. Y, sobre todo, ha demostrado que la defensa de la nación y la constitución de su plena soberanía es inseparable de la liberación del trabajo. El internacionalismo de hoy atraviesa por la defensa del interés nacional sostenido por el pueblo.

La crisis económica actual no cambia la esencia de las cosas. La posición del trabajador y el pobre en el capitalismo es constante, pero agudizada. Y no vale justificar el capitalismo anterior acusando al actual de "salvaje". Es propio de este régimen, cualquiera que sea su forma, generar desigualdades, desocupación y miseria.

Nunca había sido tan justa la vieja consigna: "socialismo o barbarie". La alternativa exige tomar la determinación.

2. Hoy se hacen patentes las frágiles bases de la vida nacional.

Del mismo modo que con un decreto del ejecutivo de Lázaro Cárdenas se inició la formación de empresas estatales, con un decreto se les liquida desde Miguel de la Madrid.

No cabe duda. La vida nacional no puede depender del hilo de los "golpes de timón" del ejecutivo. Las empresas nacionales deben ser dirigidas y administradas por órganos designados por una Asamblea Nacional y una Asamblea del Pueblo que representen efectivamente al interés nacional y popular. El México del porvenir deberá tener su centro político en ellas.

Debe recordarse que el artículo 27 de la Constitución de 1917 estableció la "propiedad originaria de la nación" sobre los recursos naturales, pero no definió el modo en que la nación ejercería tal poder. El constituyente de 1917 omitió erigir un poder nacional que ejecutara, vigilara y velara por el engrandecimiento y la soberanía nacional, dejó el texto en la ambigüedad patrimonialista y el estado acabó suplantando a la nación.

De modo que el ejecutivo, los grupos directivos de las empresas estatales y las corporaciones sindicales suplieron el "poder de la propiedad" privada por el "poder de disposición" de la burocracia sobre las cosas, las finanzas y el trabajo, suplantando el ejercicio del verdadero poder nacional.

Se requiere, por tanto, fundar la soberanía de México sobre bases de principios, vigilancia pública y responsabilidad bien definidas.

3. Capitalismo de estado y verdaderas empresas nacionales.

Pero el significado de las empresas estatales no lo dan los discursos o la ley, sino su ubicación en las condiciones del mundo actual y los fines de su actividad.

Reconocida la importancia de la industria del petróleo, la eléctrica, la minera y otras como rescate del patrimonio nacional, éstas siguieron atadas al capital extranjero y mexicano. A pesar de que el estado mexicano inició desde 1939 la política económica de sustituir importaciones de bienes de uso y consumo, no se dieron pasos para iniciar la erección de la rama de bienes de producción (o de capital).

Sin contar con una rama nacional productora de tecnología (de nuevos materiales, máquinas, equipos, bienes intermedios, etc.), y sin una operación que concentrara capital para efectuar las crecientes inversiones que requería la industria estatal, esas empresas continuaron dependiendo de empréstitos e importaciones.
Además, no se definió la distribución del valor producido por ellas con destino nacional.

• Una parte de dicho valor económico ha ido a parar a manos de las corporaciones planetarias, vía la importación de tecnología y los intereses de la deuda extranjera.

• Otra, como subsidio se canalizó a la empresa privada, vía precios deprimidos de combustibles, lubricantes, tarifas y derechos. (De 1938 a 1987, según datos de PEMEX, esta empresa subsidió a los empresarios con 70 billones de pesos, equivalentes al 1.6 del valor total de ella).

• Otra más, al ejecutivo que ha usado la venta del petróleo y los irracionales impuestos a su extracción, para sostener el gasto corriente de la federación y los estados, sin una estrategia orientada a reforzar las bases de la vida nacional con soberanía y justicia.

• Y otra adicional para adocenar la acción y la conciencia de los trabajadoras de dichas empresas e impedir su conciencia de clase, de pueblo y de nación, chantajeados con el falso discurso de que laboran en empresas "nacionales".

Su régimen económico-jurídico es, en realidad, de un capitalismo de estado.
Allí la producción no se basa en la propiedad privada, se le llama "pública" o "nacional", pero su posesión está en manos de la burocracia estatal. Sin embargo, el valor económico producido en el petróleo, la electricidad, la minería, etc., circula por las venas de la industria, el comercio y la vida privada que, girando sobre el capital, acaba por ser absorbido por éste.

Igual sucedió con la producción instaurada por la reforma agraria: vía precios de transferencia, canalizó alimentos subsidiados a las ciudades, benefició al empresario privado y contribuyó a la concentración del capital del que se sirvió la industria.

Sin esa distinción de la función económica de las empresas estatales, muchos socialistas tropezaron y creyeron que México "marchaba al socialismo". Por eso, la transformación general de las condiciones de vida no reside sólo en el cambio de mano de la propiedad o la economía. En ese sentido, el capitalismo y el socialismo de estado no se distinguen.

La economía del trabajo requerirá en el futuro establecer una nueva conexión y fines de las funciones económicas generales y no reducirse el simplismo de cambiar la propiedad privada en propiedad "colectiva".
Es evidente. La economía no es sólo la producción y el mercado de consumo, comprende las funciones de producción, de distribución de la riqueza, circulación de capital y mercancías y el consumo y uso de bienes.
Sin un nuevo esquema de producción, distribución, circulación y consumo, la base material de la sociedad no cambia. Los esquemas privado y estatal dieron todo lo que podían aportar a la historia.

Hoy es urgente replantearlo a la altura de las condiciones del mundo. Es necesario un cambio de propiedad sobre los medios, es claro, pero también de la producción, de las funciones económicas, así como del trabajo con el que cada uno participa en la vida social. La sociedad soberana debe hacer cargo de su condiciones de existencia.
Y no debe olvidarse que para afianzar la soberanía nacional no basta la propiedad sobre los recursos naturales. Se requieren los medios tecnológicos y el trabajo propio y suficiente para su explotación y la producción de bienes terminados, en beneficio de México y la naturaleza planetaria.

Se requiere también la integración del mercado productivo interior, que se establece entre la rama productora de medios de producción con las ramas de transformación; y de estas dos con el mercado secundario de uso y consumo de los bienes elaborados por aquéllas.

El centro del mercado productivo reside en los países imperiales, los países dependientes como México giran sobre el mercado secundario.

Para integrar el mercado nacional, por tanto, hace falta la autonomía productiva, comercial, alimentaria, científica, educativa, financiera, bancaria, técnica y cultural.

4. Empresa estatal y corporaciones sindicales.

El manejo de recursos amparado en el aparato "descentralizado", los privilegios, el poder administrativo, la corrupción, facilitó formar una capa de trabajadores aristocratizados con derechos y prestaciones superiores a los trabajadores de las empresas privadas. Alineados al estado, sus dirigentes sindicales recibieron cuotas de poder en el legislativo, en gubernaturas y cabildos, a cambio de abandonar los intereses históricos del trabajo.
Subordinados dichos grupos al aparato estatal, los trabajadores de las principales industrias de México nunca han tenido independencia ideológica, política y organizativa. Su ideología fue la del partido oficial y del gobierno en turno; su acción política le fue negada y monopolizada por las cúpulas corporativas; su organización cobró la forma vertical de centrales agrupadas en los sectores del PRI.

Todos los organismos sindicales, eventualmente, cayeron en ese juego: la CROM de Morones-Obregón, la CTM de Lombardo Toledano-Cárdenas y de Fidel Velásquez (de 1941 a 1997), la CROC y otras, lo hicieron igual.
Con dicho control y las confusiones sobre el capitalismo de estado, este problema penetra hondo en la ideología del trabajador.

Transitando en la oscuridad ideológica y agobiado por su impotencia para cambiar la historia, el movimiento obrero y socialista cayó en el espejismo: vio agua donde sólo había arena. Confundió las empresas estatales con las nacionales y a éstas con las "socialistas".

Por tal razón, las declamaciones contemporáneas contra la privatización de las empresas estatales, sin sentar las bases de la soberanía de México, continúa el engaño que enajena la conciencia obrera y nacional.
Valiéndose de ese engaño, los dirigentes sindicales enganchados a la estructura corporativa no van más allá de reclamar su estatización. Tienen interés en participar del "poder de disposición de recursos" para controlar las bases trabajadoras, aprovechar su capacidad de gestión en provecho personal y servir de ese modo al capital, estatal o privado. (El caso del "minero" Napoleón).

Pero el espejismo se ha esfumado. A la luz del principio nacional, popular y obrero las verdaderas empresas nacionales deben contar con tecnología, recursos financieros, trabajo preparado y un esquema de distribución de valor para servir a México. Sin esas bases continúan atadas al dominio del capital.

5.La organización sindical: morir o transformarse.

Retomando el hilo, el capital mundial no sólo busca destruir las naciones. Sabe que la única fuerza que puede defender la soberanía son los trabajadores organizados.
Al respecto ha seguido una estrategia: impedir el surgimiento de una vanguardia histórica orientada a la transformación de las condiciones generales del capitalismo para fundar una sociedad basada en el trabajo universal.
Para ello se ha servido de distintas líneas de acción. Veamos.

• A finales del siglo XIX aprovechó el surgimiento del sindicalismo.

Debe recordarse. La Organización Internacional de los Trabajadores inspirada en el pensamiento de Marx se proponía la organización de la clase trabajadora basada en su fuerza, su saber, su unidad y su formación como partido político para transformar la historia.
Pero después de la Comuna de París en 1871 y la represión generalizada contra los trabajadores de Europa decreció la lucha obrera. Esta redujo sus fines a las demandas económicas para vender más caro el trabajo, para fundar cajas de ahorro y apoyos mutualistas, relegando la transformación social.

En dicho movimiento hubo una línea llamada "sindicalismo revolucionario" asociada al anarquismo, que se proponía cambiar la sociedad separándose de toda actividad política y concentrándose en la huelga general.

Y aunque el movimiento conquistó derechos colectivos (como los del articulo 123 en la Constitución mexicana), su característica general fue separarse el movimiento obrero revolucionario que instauró el socialismo en Rusia 1917 y la reducción de sus fines a la mejoría de las condiciones económicas, pero sin cambiar las condiciones generales de vida, de propiedad y de organización social.

• Impulsó el sindicalismo reformista. Pronto, la clase empresarial y el estado burgués vencieron sus reticencias ante el movimiento obrero y lo encausaron por la vía jurídica, como un "factor de producción" junto al capital. Se dieron cuenta que la contratación colectiva facilitaba la administración de los costos salariales, los cambios escalafonarios, las relaciones sociales generales y, sobre todo, representaba un factor de equilibrio en la distribución del ingreso. La función económica del sindicato era ahora promover la circulación del capital y el consumo como un incentivo para la producción. (Así lo hizo ver Cárdenas a los empresarios de Monterrey en 1936).

Los gastos por enfermedad y accidentes de trabajo se redujeron con el seguro social. (Sus fundadores calcularon en 1943 que representaría sólo un 1% de los costos generales de la empresa). De ese modo, surgió el "estado benefactor", encargado de contener las protestas, regular los conflictos y compensar las desigualdades con subsidios a los grupos desvalidos.

Aplicadas tales medidas, como ya había sucedido con las "leyes de pobres" en la Inglaterra del siglo XVII, el pago salarial desembolsado por el empresario se mantuvo en niveles mínimos, compensado con los subsidios ejercidos con fondos públicos. Lo cual significaba que el verdadero beneficiado de éstos era el capital, al erogar menor costo salarial para reproducir la mano de obra.

• Organizó el sindicalismo corporativo. Pero nada es gratis. A cambio de esa "protección" del estado y el sindicato aliados, el trabajador debería mantener su actitud de subordinación, vender su alma a la ideología del régimen existente, y regalar su poder político a los líderes que usurparían la acción democrática.

La lucha de clases saldría del centro del escenario histórico. Perdida entre escaramuzas que transmutarían el papel del trabajador en un vendedor, del constructor del mundo en mero consumidor.

Al paso del tiempo fueron controlados los mercados después de la crisis de 1929-32 a través de la planeación de la producción, de las ventas, las materias, la tecnología y el trabajo por las corporaciones empresariales. Con la intervención del estado para regular los índices de precios y salarios y el otorgamiento de prestaciones, las ocasiones de conflicto entre los trabajadores y las grandes empresas iría en declive, relegando la función social de los sindicatos.

Entonces la vida del trabajador, desde su nacimiento, su educación, su comportamiento, su adaptación a la regimentación social, a los modos de sentir y pensar de la sociedad dominante, sería material para la programación y la ingeniería social al servicio del capital y el control político.

El socialismo de control no se ha distinguido grandemente de este esquema del capitalismo. El sindicato es allí un engrane del aparato técnico social. La entrega de los satisfactores se cobra con la sumisión al partido y al estado.

En tales condiciones el sindicato, que nació como espacio "natural" de los trabajadores, cedería su organización al control del sistema a través de las instituciones, cedería su conciencia a los medios de comunicación, y cedería su poder político atomizado a los partidos de número, basados en la clientela electoral, no en posiciones de clase, de nación o concepción del mundo.

• Hoy es el declive histórico del sindicalismo. En el plano mundial, con la organización de las corporaciones en filiales localizadas en diferentes países, con la organización maquiladora de la producción mundial, nacional y local, la organización sindical, como lo muestran los datos estadísticos, va en retirada. Es el declive histórico del sindicalismo.
En las condiciones de crisis, de desocupación tecnológica e ilustrada, en el aplastante avance del imperialismo guerrerista, de la catástrofe del socialismo de control, del desempleo y la creciente miseria, los conflictos han dejado su lugar a la simulación.

Los organismos sindicales no pueden confesar su impotencia para dar protección al trabajador, pero hacen "trabajo social" y comunicación para evitar la desbandada. (Los del IMSS y el ISSSTE, como ejemplo).

En las "negociaciones" entre los emisarios del capital y el trabajo, el obrero queda fuera de los litigios y el sindicato se convierte en una correa de transmisión que informa a la base los "acuerdos" de conciliación. El regateo salarial, en el mejor de los casos, apenas compensa las alzas inflacionarias.

• Una esperanza frustrada. La gran promesa del sindicalismo, la reciente organización universitaria, es un ejemplo de esta transformación. Su actuación, en un medio intelectual, genera broma y sarcasmo. Sin contenido político, ideológico y educativo, cae en el juego del patrón y el empleado.

***
Todo esto es explicable: los cambios que el mundo enfrenta en el orden político, ideológico, productivo, cultural, tecnológico, en la organización del trabajo, los mercados, las fuentes y formas energéticas, van mucho más allá que la función sindical restringida a las luchas por demandas económicas inmediatas. El alcance de estos reclamos es exiguo comparado con el tamaño de los problemas mundiales y nacionales.

Es ahora cuando se ponen de manifiesto las limitaciones del derecho obrero y su eficacia como un círculo de hierro que mantiene a la vida de éste dentro de las condiciones impuestas por el capital.

La careta del estado "benefactor" o de "árbitro" de los conflictos ha caído. Los organismos empresariales son el verdadero poder que alínea las fuerzas sociales, el estado es su representante. El trabajador está solo frente a los poderes organizados del capital.

Los organismos sindicales economistas de los trabajadores han sido rebasados por la historia. Nacieron en una encrucijada del movimiento obrero y están al borde de la muerte en la encrucijada actual.

Su sobrevivencia depende de su inminente transformación política que los capacite para responder a las condiciones actuales de existencia del mundo y la vida social.

6. Evolución de la política estatal y partidaria sobre las corporaciones sindicales.

En 2009, a 50 años del golpe dado al sindicato ferrocarrilero en 1959, el estado mexicano, con el PRI o con el PAN, actúa lo mismo como un órgano de la clase del gran empresario aliado al capital extranjero. El asalto panista al SME ha hecho ver a golpe de ojo su estrategia antiobrera.
Sus líneas provienen de tiempo atrás. Veamos.

• Una. El corporativismo. Como fue visto, a instancias de la organización corporativa (con alineación de los sindicatos al estado), se formaron capas aristocráticas o privilegiadas de trabajadores en las empresas más fuertes para dividir la clase.
Desde entonces, el obrero de la empresa privada y de la estatal, el profesionista, el empleado, el agricultor, el campesino, el burócrata, viven en cotos separados y muchas veces contrapuestos. (La misma formación de la Confederación Nacional Campesina, separada de la Confederación de Trabajadores Mexicanos por Cárdenas, prevenía contra la vieja consigna de la "alianza", hoy de la unidad, de la clase trabajadora industrial con el campesino).

El sistema educativo, los sindicatos, la ley, legitiman esta división que previene contra la unidad de los trabajadores.
Hacia los 70's la situación era otra. La clase burguesa nacional se había afianzado en su poder, el viejo estado nacido de la Revolución Mexicana ya no le era necesario; el peso de la obra de infraestructura era insostenible por las finanzas nacionales; y el manejo de las empresas estatales, perdido entre los subsidios y la corrupción, inducían al endeudamiento exterior.

Hechos que el capital mundial (vía Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional) aprovechó para reforzar el poder de la clase empresarial, profundizar el poder de la clase supranacional en México y programar su desnacionalización.
La privatización de la banca en 1983, la desaparición de Fundidora Monterrey y del Instituto de Energía Nuclear, desataron el furor antinacional.
Estos cambios significaron el fin de una era en la historia de México, marcada por los gobiernos heredados por el poder instaurado durante la Revolución de 1910. La crisis desatada el último día de agosto de 1976, con la inflación y la devaluación que disminuían el ingreso de los trabajadores, exhibió la inoperancia del control sindical que ya no podía garantizar el ingreso de los trabajadores para cubrir la canasta básica.

Las elecciones del 82 lo hicieron manifiesto: los candidatos de las corporaciones sindicales no recibían el apoyo electoral. Del 88 en delante, el PRI buscaría salir de los sectores para atraer al votante "territorial" y "ciudadano", hasta llegar al 2000.

Para entonces la alineación corporativa del voto había fracasado. Resentidas las bases que criticaban el paternalismo gubernamental pero a la vez suspiraban por su continuación, debilitaron el peso de las corporaciones. El sufragio "libre" ejerció su rechazo ciego votando por el PAN: un partido y un candidato que nada tenían para ofrecerle al pueblo, la nación y los trabajadores.
Bastó ejercer el "voto de castigo", el devenir histórico subterráneo ya había hecho todo.
Así, a tono con la política privatizadora, desde el 83 el estado dio la señal de reorientación al PRI: no depender del voto corporativo y romper con la Revolución Mexicana. Para el 88, sin compromiso histórico con el PRI, CSG da el golpe a los sindicatos petrolero y del magisterio (La Quina y Jongitud). Fox lo haría con el sindicato minero de Napoleón.

Estos golpes al corporativismo, por razones naturales y por dejar en el desempleo a los trabajadores antes protegidos por los organismos estatales, provocaron dos posiciones hoy abiertas.
Por un lado, desataron la ambición de poder de las cúpulas sindicales, las que se sintieron capacitadas para entrar en la política por su cuenta. (Elba Esther, el sindicato del magisterio y la fundación de un partido de su propiedad).
Por otro, la radicalización de la respuesta obrera que incluso despertó cierta simpatía hacia los viejos charros caídos en desgracia. (El caso de La Quina en la televisión).
Pero igual que Marcos, que solicitaba el apoyo de las izquierdas y todo movimiento antiestatal, los grupos sindicales golpeados nunca presentaron una plataforma que pusiera en la estrategia la soberanía nacional, la soberanía de pueblo y la liberación del trabajo en un cambio histórico.

A pesar del heroísmo y la honestidad de los obreros y la condición de indefensión en que los abandonó el gobierno, en contra de la innegable posición burguesa del estado comandado por el PRI y por el PAN, no denunciaron el misterio del capitalismo estatal ni las limitaciones y el carácter burgués del sindicalismo.
Siguieron atados al capital en su forma burocrática. Persistieron en reclamar su derecho al trabajo, lo cual es de elemental justicia, pero no consideraron el interés político e histórico de todos los trabajadores.

• Dos. Aprovechar la confusión ideológica del trabajador. Usar el error permanente del sindicalismo mexicano que considera a las luchas en las empresas estatales como económicas cuando, por definición, son políticas.
La razón de esto es simple: una empresa estatal, sobre todo si es "estratégica", tiene un lugar especial en la vida social y nacional. Su funcionamiento y sus fines repercuten sobre la vida general y cobran una dimensión distinta a un paro en una empresa privada.
Por eso, un sindicato de tal empresa no puede argumentar que su tarea es "económica o civil". Su actuación es política, aun en contra de su intención.
Y por lo tanto, no puede navegar en la ignorancia de las condiciones mundiales, nacionales y de clase en las que se desempeña. Más allá de sus discursos, el significado objetivo de su lucha es político y nacional. No actuar en concordancia con dicho significado, quiere decir que no asumir la responsabilidad histórica de los trabajadores organizados para fundar una nueva sociedad.

• Tres. Impedir la formación de la vanguardia histórica revolucionaria. Matar cualquier embrión de organización trabajadora que intente romper los límites del sindicalismo economista.
Hay golpes y golpes. El caso ferrocarrilero de 1958-59, al conquistar su independencia sindical y actuar en dirección distinta a la subordinación burocrática del charrismo, representó un peligro para un puntal del sistema político mexicano de entonces: el control de los "sectores".
El movimiento tuvo su origen en sí mismo, era el germen de la independencia organizativa de la clase obrera, como resultado de la democratización efectiva del organismo.
Y puso de manifiesto, como lo hicieron ver el dirigente Demetrio Vallejo y el espartaquismo, que los trabajadores mexicanos no tienen un partido político propio que cumpla la función de organizar las fuerzas históricas para establecer un país nuevo donde cada mexicano tenga garantizados, sin chantajes y sin opresión, el pan, el techo, la salud, los derechos y la vida pública que los eleve a la condición de hombres libres.
Los otros casos quedan ubicados en las fisuras que hacia el interior del sistema mexicano se han ido abriendo.
¡El peso de la nueva historia se dejaba sentir por encima de la voluntad de los actores!

7. La nueva situación política de México.

Entre estos avatares, una nueva correlación de fuerzas políticas había emergido. Es el fermento que nutre la descomposición de la vida nacional y social.

A medida que el sistema económico generado por los gobiernos de la RM (basado en la combinación del capitalismo de estado con la empresa privada y la producción civil campesina), iba declinando ante el surgimiento de los grandes capitales, la invasión de las grandes corporaciones planetarias, la ola neoliberal y la crisis del PRI, el régimen dominante sufría un corrimiento: pasaba del centro a la derecha. Su control tradicional arrastraba al país en la misma dirección.

Mientras el partido oficial proseguía con las inercias gestadas décadas atrás, la derecha panista capitalizó la ola privatizadora que impactaba a la vida social y personal en general.
El movimiento detonador del 88 (encapsulado luego en el PRD) abrió la puerta de la historia de México. Las viejas izquierdas se le sumaron, convertidas en un partido de número relegaron su ideología y la cambiaron por la de oposición y democracia electoral. Pero quien entró a la sala mayor fue la derecha cargada de ultras fascistas.

Mantener el rubro de "izquierdas", haciendo caso omiso de sus efectos contrarios a la ideología obrera durante las primeras décadas del siglo XX, facilitaba ampliar el espectro de militantes. En ella cabían ahora comunistas sovietistas, socialdemócratas, trotskistas, priístas y gente sin bandera cuya única postura era oponerse al dominio del PRI. Ante el elector, sólo importaba la clientela, suponiendo que, llegada la izquierda al poder, cambiaría las cosas. (Espejismo de los gobiernos de Cuauhtémoc y López Obrador en el D.F., de Lázaro en Michoacán, Amalia en Zacatecas, etc.).

Resumido todo en lo electoral, la unidad ideológica de la izquierda es secundaria. Lo cual explica la aparición de "tribus" al interior del PRD, pues en un partido de número las corrientes no tienen espacio para ventilar sus posiciones. (Allí renace el modo caciquil priísta).
Cada vez que aparece una definición ideológica seria, la amenaza de división está a la vista. Igual había sucedido con los comunistas: cualquier discrepancia, aun circunstancial, amenazaba con escindir el aparato partidario.

Es explicable, entonces, que las posiciones socialistas obreras se hayan demeritado, convertidas en posiciones demócrata-burguesas desde el 88, hasta llegar al populismo de López Obrador que no tiene compromiso con los trabajadores ni el socialismo y que ofrece un "modelo" de nación, como un tejido de parches y remiendos, con propuestas que el viejo partido oficial ya había abandonado por inoperantes económica, civil y políticamente. (Programas como los precios de garantía a los productos del campo, subsidios a los bienes de la canasta básica, limosnas a los jubilados, construcción de caminos para dar empleo, etc.).
Las razones "tácticas" de tal izquierda no hacen sino comprobar lo que Sorel dijo hace un siglo: los marxistas están carcomidos desde dentro, piensan como revolucionarios y actúan de modo reformista y burgués. Creen que, ocultando las palabras elevan la mentalidad del pueblo, cuando lo que hacen es oscurecerla.

Su astucia milita contra el espíritu de verdad y vuelve a la conciencia un acertijo, donde el seguidismo y el protagonismo suplantan al pensar racional y la organización real y efectiva de los trabajadores.

Marchando junto y a la zurda de la derecha del PAN, esas izquierdas acabaron colocadas en el centro. Pero girando sobre la acción electoral, aspirando a tener un lugar en el estado burgués, habiendo abandonado las posiciones históricas de la clase trabajadora y, sobre todo, la necesidad de contribuir a la organización autónoma de los trabajadores, se volvieron un partido de clientes que muestra su apoyo a cualquiera: a los empresarios grandes y pequeños, a la clase media con segundos pisos, a los miserables con bonos de $500.00, a peleles como Juanito.

¡De los obreros, campesinos y estudiantes ni para qué acordarse! Sólo los fantasmas vivientes del 68, atrincherados en el PRD y envenenados por el afán protagonista, dan golpes simbólicos cada año, pero proceden igual: no les interesa la vida universitaria ni la organización estudiantil.

8. El caso del SME.

Es en este escenario nacional, sindical, estatal, económico y político, donde el gobierno de Felipe Calderón da la cuchillada al Sindicato Mexicano de Electricistas de la empresa estatal "Luz y Fuerza del Centro".
Su puesta en obra abre el telón para que los actores políticos de hoy, ajenos o contrapuestos al interés de los trabajadores, muestren quién es capaz de actuar con mayor saña contra ellos.
La rabia derechista de los panistas y los empresarios, el pragmatismo de poder y de negocios de los priístas, la astucia "táctica" de las izquierdas del PRD, la falta de compromiso de LO y su "gobierno legítimo" con los trabajadores, la burla solapada de los verdes contra los trabajadores, el cinismo de la lidereza vitalicia del magisterio, muestran la pestilente actitud de quienes usurpan la acción colectiva de la política. La que corresponde a la soberanía popular, según lo establece el artículo 39 de la Constitución.

La respuesta de los trabajadores del SME: el rencor de los despedidos cuando más hacen falta el empleo, la inteligencia y pensar en el futuro; la impotencia de los dirigentes que pugnan, con conversaciones y protestas, revertir el golpe decretado por el presidencialismo; la huelga de hambre de las trabajadoras, la convocatoria a la "resistencia", la solicitud para abrir "mesas de negociación" a sabiendas que son tácticas dilatorias, el apoyo solicitado a los trabajadores norteamericanos (al que la AFL-CIO, heredera del gangsterismo de Gompers que tuvo su homólogo mexicano en Morones, respondió positivamente arguyendo que "la medida del gobierno violaba el Tratado de Libre Comercio"); el llamado a estrangular el tráfico del DF para irritar a la clase media (equiparando a marchistas con los ejércitos populares de Villa y Zapata), la petición de apoyo a otros sindicatos, la presentación de "combativas consignas", el reclamo a los medios para que digan la verdad sobre las marchas...
Su propuesta principal hace manifiesta su ignorancia sobre la pesada losa que carga la huelga sindical general en la historia. Confundiéndola con la huelga política, el SME propone: "realizar un paro nacional, la mejor pieza de artillería con la que puede contar el movimiento."

El significado verdadero de la lucha del SME: es un "catalizador del descontento social existente." Lo cual no es consuelo. La prensa y los intelectuales de oficio vienen hablando de los "inminentes" estallidos sociales desde los 80's y nada pasa.

De nuevo, las confusiones. La fuerza histórica no es una avalancha que arrasa con una sociedad y espontáneamente hace surgir una nueva, o una masa ciega que necesita perros ilustrados para guiarse.
Los catalizadores no cambian la historia, sólo son incidentes que desatan las tendencias que, de modo latente, tejen los nuevos hilos de fuerza. Mas estas tendencias no se concretizan en formaciones futuras si no hay fuerzas organizadas y conscientes con el poder suficiente para conducirlas.
Tampoco es necesario abundar sobre la imagen que da el SME ante la opinión general. (De ahí la insistencia en la guerra comunicativa que tanto le preocupa).

Su origen: los privilegios laborales a costa de recursos públicos, las desiguales prestaciones económicas, la intervención del sindicato en los puestos de dirección e inspección que, como cualquiera sabe, limita los programas de productividad, los desmedidos gastos de traslado y transporte de los trabajadores, el especial régimen de vacaciones, el control de las vacantes y promociones. La experiencia demuestra que todo eso genera secuelas de corrupción y nepotismo.
Carga también la imagen del viejo corporativismo: la reelección de los líderes y la "autonomía sindical" que legitima el manejo discrecional de los recursos financieros y materiales del organismo y propicia la formación de camarillas para mantenerse en el poder.
Igual sucedió con la autonomía universitaria. No ha significado un modo de hacer cumplir los fines de la institución ni ha facilitado la intervención de sus miembros en la gestión de sus propios intereses. Al contrario, con el sueldo vitalicio asignado a los directores y rectores reelectos desde los 70's, las componendas entre los grupos feudales y el conservadurismo que promueve matan todo proyecto de avance.

Como cualquiera sabe, al amparo de los privilegios se han fraguado empresas y diversos negocios en los diferentes sindicatos. Sale sobrando su mención.
El número de comisionados con goce de sueldo a cargo de la empresa, igual que en el magisterio, y los recursos para la realización de "asambleas legislativas" del sindicato, fermenta a los grupos sobrepuestos a la base.
¿Estarían dispuestos los trabajadores del SME a renunciar a dichas prebendas que los colocan en una posición privilegiada en comparación con la gran mayoría de trabajadores? ¿Podrán resistir la plena democracia hacia el interior de los organismos?

Por supuesto, los trabajadores actuales heredan condiciones del pasado. Ellos no son culpables de establecerlas, sólo de usufructuarlas. Y este análisis no significa avalar el golpe reaccionario del panismo.
El problema no se restringe a la alternativa simplista enunciada por el SME: "o son ellos o somos nosotros". No se trata sólo de un golpe privatizador o un atentado contra un sindicato, sino de un atentado contra México por el fascismo en acción, cuyas garras están ocultas en las manos de los grupos más radicales del PAN.
Y ese ingrediente da a la situación y la lucha del SME un significado histórico del cual debe hacerse consciente para obrar en consecuencia.

9. La posición de las izquierdas.

Hay algo, sin embargo, que importa a México y rebasa al caso de un sindicato: la posición de las "izquierdas" al respecto.
Su contexto: lo que está en juego es un movimiento histórico, no un interés eventual; la liberación histórica del trabajo, no el logro de mejor precio; gestar un modo de vida justo, libre y digno para todos los que contribuyen con sus brazos, su voluntad e inteligencia a construir el mundo existente, no de elevar temporalmente el nivel de vida para perderlo con los golpes inflacionarios orquestados por el capital.
Se trata de cambiar las condiciones generales para construir una nación soberana y una nueva vida, no de vender más cara la esclavitud del trabajador.

Habiendo seguido caminos diversos, las izquierdas llegan en paralelo a la misma encrucijada que el sindicalismo. Impermeables al los hechos donde no intervienen, aquéllas no aparecen sensibles a los hechos objetivos. Creen que la historia se repite y perciben las nuevas situaciones con los viejos moldes ideológicos.
Las anteriores luchas contra las cúpulas sindicales y el papel que éstas desempeñaron en el control de la clase obrera mexicana parecen haber desaparecido de la memoria de varios grupos izquierdistas. La usurpación de los derechos obreros por las corporaciones parece no importar cuando se traza de usarlas para atacar al gobierno en turno.

Lo que parece importar es captar clientela electoral, no el contenido ideológico ni político de los movimientos.
Hoy, incluso, algunos portavoces advierten a la dirección sindical petrolera que se vea en el espejo del SME y "ponga sus barbas a remojar". Parece que piensan que "más vale charro corrupto por conocido que sindicato independiente por conocer." Lo que más deseábamos los socialistas en los 50's y los 60's, acabar con el charrismo, hoy se rehuye por la conciencia conservadora que ha invadido a diversos sectores de izquierdas.
¡Parece que muchos de sus grupos confían más en los charros que pueden manipular que en los obreros que piensan y actúan por cuenta propia!
¡En buena hora que se termine el prototipo de la corrupción sindical, como es el STPRM, y se abra la vida de tales organismos a la voluntad de los trabajadores! Si se equivocan, ya podrán corregir el rumbo guiados por su propio interés de trabajo y justicia.

Del mismo modo que procedía la Internacional Comunista dirigida desde la Unión Soviética, que buscaba apoderarse de las direcciones sindicales para manipular las organizaciones en su favor, pero sin cambiar el manejo burocrático y antidemocrático, hoy algunas izquierdas coquetean con el SME esperando alinearlo a su posición.
Para ello, adoptan la careta sindicalista, creyendo que eso las hace "obreristas". Pues, habiendo radicado la debilidad del movimiento socialista en su falta de conexión con los trabajadores, hoy le basta el contacto.
Algunos todavía destacan las diferencias entre la corbata o el overol, el trabajo de oficina y el de la planta de producción. Pero les contenta marchar juntos para creer que las cosas cambian.
Recordemos que el charrismo sindical cerró la puerta a toda intervención de las izquierdas en sus organismos, refugiándose éstas en las batallas ideológicas y en las universidades, donde dirigieron al "proletariado" de las mismas. Lentamente, desde los 60's, su crecimiento ha obedecido a la incorporación de personas de las clases medias.

El papel de éstas en el movimiento socialista es importante, es obvio. Pueden aportar análisis y eventualmente líneas estratégicas y tácticas que sólo se adquieren en medios diferentes a los del trabajo industrial, comercial o agrícola. Pero no pueden suplantar al papel histórico del trabajador productivo. Y menos cuando se confunde la lucha socialista con la sindical.
De tal modo, se enredan más aun. Los sindicatos universitarios, controlados varias décadas por las izquierdas, no han podido superar el marco economista, en negociaciones que nunca rebasan los "techos" puestos por el gobierno a los presupuestos de las instituciones.

No cabe duda. La constitución histórica de la clase trabajadora no significa hacerse eco de toda petición o demanda laboral. La clase ha atravesado por un largo camino de desintegración, de deformación de su conciencia por los partidos políticos, los medios de comunicación, el consumismo y su propia pasividad.
En una palabra, aunque esto suene muy teórico es plenamente real y no puede soslayarse: en su gran mayoría el trabajador vive alienado. Su conciencia no corresponde a su verdadero interés y responsabilidad con la humanidad, su mentalidad es contrapuesta a su existencia objetiva. Cada grupo ve su provecho y olvida a los pobres y obreros que apenas ganan para sobrevivir. Y esa contraposición interna, su alienación, congela su actividad.
Corresponde a su vanguardia histórica clarificar su pensamiento, organizar su acción estratégica y contribuir a que, como señalara Marx, "la liberación de la clase obrera sea obra de ella misma."
Es un axioma de la vida histórica que la libertad no se concede, se conquista. Y sólo quien apuesta su existencia y la alcanza por sí mismo merece disfrutarla.

10. Es asunto de estrategia...

Todo lo anterior tiene su desenlace en un asunto que ha sido sustituido por la "grilla", la astucia, el manejo pragmático y las "tácticas". Nos referimos a la estrategia. Esto es, a la organización, la coordinación y la dirección general de la acción de las fuerzas capaces de transformar la historia.
Al respecto, la retracción de la actividad política a la cuestión electoral ha hecho mucho daño. Centrados en ésta, los partidos de izquierda sacrifican los fines, los principios ideológicos, la organización de los trabajadores y su compromiso con la humanidad, en aras de captar clientela electoral. Pueden avanzar aparentemente, pero sacrificando el contenido político en aras de la cantidad.

Los de derecha y de centro navegan en sus propias aguas: sólo pretenden servirse de la conciencia y los hábitos predominantes.
¿Quiere esto decir que debe abandonarse la batalla electoral? De ningún modo. Pero sólo es una táctica y para darle su contenido y dirección futura, debe tener una base ineludible: la organización, la ideología y la acción políticas de la clase trabajadora.
Clase que, en las condiciones actuales, incluye a los obreros industriales, los de servicios, los campesinos, los profesionales, los estudiantes y los jubilados. Las condiciones tecnológicas, las formas de organización del trabajo contemporáneas, los procesos de producción, etc., van igualando la condición de estos sectores y hacen posible su unidad como generadores del valor económico general.

La estrategia revolucionaria de los trabajadores es histórica, tiene como horizonte el cambio de las condiciones del mundo. Y es política, tiene como centro organizar la acción general del pueblo para constituir una nueva nación y una nueva sociedad con principios, formas de organización y de convivencia trazados por él mismo.
La democracia en todas las instancias de la vida social, en la producción y las instituciones; la justicia en las relaciones entre los grupos de la misma; y la libertad de todos sus miembros para ejercer con garantías sus derechos a la expresión, el pensamiento, la asociación, la manifestación, son sus bases principales.
Por estas razones, los trabajadores mexicanos no pueden engañarse: solamente constituyendo su unidad de clase, con independencia ideológica y organizativa, con fines de alta política encausada a la transformación de la vida de México en favor del pueblo trabajador, puede ser la solución permanente para tener una vida justa, digna y libre.

La situación del SME es la oportunidad para llamar a formar la vanguardia histórica de los trabajadores mexicanos. Sólo con la lucha unida de éstos podrá fundarse un México Nuevo, una República Democrática de los Trabajadores.
Los trabajadores electricistas pueden desempeñar un papel histórico en la vida de México si no se contentan con ser "catalizadores" de los estallidos sociales. Para cumplir con eso deben convertirse en el destacamento de avanzada de la clase trabajadora en su lucha por su liberación.
No desviemos los esfuerzos en apoyo a caudillos o candidatos que pregonan posiciones ya superadas por la marcha histórica de México.
¡Audacia! ¡Iniciativa! ¡Cumplamos con lo que México nos exige! ¡No rehuyamos pensar y actuar a fondo!
Pensemos en México y el futuro. El trabajador tiene sus propios intereses: un México soberano, una vida plena, un porvenir de justicia y libertad.


Llamamiento

El Consejo Popular Socialismo Nuevo, formado por trabajadores mexicanos, llama a la reflexión ideológica y la acción política revolucionarias. Nuestra propuesta es luchar por la independencia ideológica, organizativa y política de los trabajadores. El fin histórico es la liberación del trabajo.
Queremos hacer llegar a Ustedes nuestros planteamientos como un aporte a la batalla político-ideológica de los trabajadores mexicanos abierta por la represión al SME.
El enemigo principal hoy es el fascismo. No se trata de escaramuzas jurídicas, la rabia derechista tiene oficinas, nombres e instrumentos concretos. Pero es un mal que amenaza al futuro de los mexicanos.
Invitamos a ingresar en las páginas de Internet y revisar el contenido de nuestro blog:
http://socialismonuevo.blogspot.com/
Lea allí el Manifiesto del Socialismo Nuevo. Sabedores de que en la discusión de las ideas se afina la lucidez de la lucha política, esperamos sus comentarios para entrar en contacto.

Comité de Difusión del Socialismo Nuevo

Diciembre 15 de 2009

(Imágenes tomadas de Internet / Derechos reservados por el autor)

 

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