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Todos los viernes, mis amigos y yo nos juntamos a cenar, así que esa larga noche; por supuesto no fue la excepción; llegué a mi departamento a las 1.30 AM, me acosté, regaloneé un poco a Platón, mi perro y elegí en el televisor una película, no me acuerdo cual, pero alguna que estaba siendo exhibida a esa hora en la televisión abierta. A unos 15 minutos de estar en casa me llamó Jaime, uno de los comensales habituales que no llegó esa noche a la cita y me contó que estaba bailando en una salsoteca con una amiga. Probablemente ese panorama para él, era más alentador que sentarse horas y horas a conversar con nosotros de literatura, de cine y de cuanta cosa saliese al tapete entre la cena y el Casillero del Diablo que nos bebimos esa noche. Me dormí, supongo, tipo 2.30 AM. A las 3.34 exactamente comenzó el temblor. Desperté, pero no estaba asustada, pensé que pasaría pronto; en Chile estamos algo habituados a los movimientos telúricos; pero no... continuó cada vez con más fuerza, con más furia, y siguió... me levanté no sé cómo. Me acordé que tenía la televisión en un mueble inestable así que como pude, caminé hasta ella con la intensión de bajarla hasta el piso. Era un terremoto.
No pude siquiera llegar hasta el aparato porque el movimiento me lo impidió. No era capaz de mantenerme en pie. Parecía una loca moviéndome para todos lados sin poder sostenerme; tampoco podía avanzar por el largo pasillo que separa mi habitación de la puerta de calle. Imposible. Me quedé allí, bailando un horripilante y terrorífico baile, pensando con miedo, que cuándo pararía este enojo tan grande de la tierra. No sé si grité o no. No lo recuerdo. Más bien me parece que me quedé muda. Vivo sola en el 5º piso de un edificio que ha sido declarado patrimonio cultural. Fue construido a inicios de los sesenta y es, se supone, antisísmico, pero en ese minuto pensaba que no iba a resistir el tremendo terremoto.
Pasados los tres minutos que duró aproximadamente el movimiento telúrico más fuerte que he pasado en mi vida, me atreví a caminar. Estaba todo obscuro. Salí de la habitación al pasillo y mis pies sin calzado, notaron que había agua por todas partes. ¿Pueden ustedes imaginar que el wc se salió de su base, se volteó totalmente y que también cayó el estanque de agua y el lavamanos? Tenía una inundación en todo mi departamento. En ese momento no entendía mucho de dónde era que salía tanta agua, así que con mis piernas temblando no de frío, sino de miedo, fui como pude, pasando por sobre muchos libros, papeles y también sobre el mueble biblioteca que antes estaba a lo largo del pasillo, hasta llegar al living donde tengo velas de esas aromáticas de colores, que uso más bien para adornar un poco el lugar. Por suerte también sabía dónde tenía el encendedor; así que con esa luz tenue me encaminé al baño para descubrir lo que había sucedido. Todos los artefactos habían caído. ¡Dios mío!, grité. Y soy agnóstica. Pero grité: ¡Dios mío! Corté el agua, volví a mi pieza, me puse los jeans que había usado esa noche y una chaqueta liviana sobre la camisa de dormir. Busqué sandalias, las calcé y tomé a mi perrito en brazos. Mi corazón latía a una velocidad enorme. Tenía mucho miedo.
Volví a pasar por sobre la biblioteca del pasillo; los libros que antes se lucían allí y los papeles que tenía guardados, estaban totalmente mojados e iba rogando que la puerta de calle no se hubiese atascado. Por suerte abrió. Lo primero que vi afuera, era sólo polvo. Polvo en suspensión. Entonces, imaginé que el edificio había caído. Apagué la vela, la dejé en el suelo y salí.
La noche entre el 26 y el 27 de febrero, una luna llena preciosa nos había acompañado a todos los noctámbulos, no imaginamos que cerca de las 4.00 AM su luz serviría para alumbrar el paso de millones de personas que intentaban escapar de la muerte. Bajé hasta el primer piso; muchas o todas las familias del edificio, ya estaban en los jardines abrazándose unos a otros, confortándose. Las mujeres y los niños lloraban. Yo, con mi perro. Entonces pensé en que no se puede estar tan solo en la vida, en porqué no tenía a quien abrazar, un hombro donde llorar, o a lo menos, una mano para aferrar y sentirme acompañada, un poco más segura. Las réplicas se sucedían una tras la otra, mientras, yo paseaba por entre la gente, fumando algún cigarrillo, nerviosa, asustada, preocupada por mi hija y mi nieta, por mis padres, los hermanos... la incertidumbre es terrible, ese no saber qué había sido de ellos, si estaban vivos. Los celulares no funcionaban así que no había cómo comunicarse con los seres queridos.
No podía dejar de temblar. Mi cuerpo no era mi cuerpo, yo no lo dominaba. Como a las 4.40 AM, llegó mi yerno a buscarme. Reconocí en la oscuridad su auto porque tiene en la parte inferior a lo largo, una placa de metal. La luna me ayudó con ese detalle y, como no estaba segura que la figura que bajó del vehículo era Ricardo; lo llamé con una voz que desconocí totalmente; era otra persona la que hablaba por mi garganta. Afortunadamente él sí me reconoció y corrió a abrazarme. Es decir, a más de una hora del terremoto grado 8.4 en Santiago y 8.9 en el sur de mi país; tuve a quien abrazar. Camino a casa de mi hija, pude observar el desastre. Casas y casas caídas como papel, murallas derrumbadas, calles inundadas por cañerías rotas; gentes corriendo de un lado a otro, con los rostros desolados, aterrorizados. Parecía una de esas películas que los yanquis tantas veces han filmado. ¿Era éste el Apocalipsis?
Abrazar a mi hija y a mi nieta me devolvió parte de mi vida. Estaban en el patio de su casa, a una distancia equidistante de los muros colindantes por si se venían abajo con los siguientes movimientos que se estaban percibiendo. Abrazarlas fue una sensación de increíble amor. Las horas siguientes nadie durmió en Chile. Estábamos todos asustados, aterrorizados, sufriendo una a una las réplicas del terremoto más grande que ha habido en Chile en los últimos 50 años. Todos aferrados a los celulares, porque los teléfonos de las casas no funcionaban; cada uno intentando una y otra vez comunicarse con algún familiar. No había electricidad; por lo tanto, no sabíamos más noticias de las que nuestros ojos podían verificar. La realidad era el presente in situ, el resto, incertidumbre. Como a las 7.30 AM entró en mi aparato telefónico una llamada de mi hermana Rina, lloré silenciosamente cuando escuché su voz, había logrado comunicarse con mis padres; ambos octogenarios. Ellos viven en un departamento del barrio alto de Santiago, en un noveno piso. Estaban bien, ella, mi hermana, también. Del resto de los hermanos, nada. Con la noticia, volvió otro pedazo de mi corazón a su lugar; faltaba el resto.
A eso de las 8.00 AM logré comunicación con mi hermano que vive en Viña del Mar. Tiene dos hijos, uno de ellos había nacido dos semanas antes y recién un par de días atrás se lo habían entregado. Es prematuro así que tuvo que estar todo ese tiempo hospitalizado hasta que estuviese en condiciones de poder salir de allí. Estaban bien. Otro respiro. De mis otros hermanos recién tuvimos noticias el día domingo; es decir, casi dos días después del terremoto. Uno de ellos sin poder salir de casa porque las carreteras y puentes estaban cortados.
Decidí que no era capaz de seguir sola en el departamento, así que el día sábado 27, al mediodía, después de constatar que donde mi hija vive estaba sin daños y que ella, la niña y su marido se irían a casa de los padres de él; yo regresé a mi departamento sólo a buscar ropa, tomé a Platón, mi perro, mi moto y me fui a casa de mi hermana Rina hasta donde habían llegado también, mis padres. Estuve allí hasta hace pocos días atrás; cuando decidí que tenía que superar el miedo y volver a mi hábitat a ordenar, a recuperar lo que era mi vida y vencer el temor. Los temblores siguen; algunos han sido bastante fuertes, incluso de más de 7 grados. Dicen los expertos que mi edificio resistió bien el terremoto; tengo algunas grietas y fisuras en las paredes; varios vidrios quebrados. Tuve suerte, porque de los 19 edificios de Villa Portales, donde vivo, 5 fueron declarados inhabitables. Ya reparé el baño, por supuesto. Fue lo primero que hice al regresar. Los libros que se salvaron, volvieron al estante y mi parquet de madera está de nuevo brillando. Estoy haciendo lo posible por volver a la rutina, pero no me ha sido fácil. Duermo muy poco, tengo pesadillas, pero estimo y espero que pronto todo regrese a la normalidad; aunque para los miles y miles de chilenos que están sin hogar, durmiendo a la intemperie o en carpas; porque lo que no botó el terremoto se lo llevó el mar; esa normalidad no existirá en quién sabe cuánto tiempo. Las olas de veinte metros que entraron hasta tres kilómetros por muchos pueblos y ciudades de la séptima y octava región de Chile, se llevaron lo que el terremoto había dejado en pie y muchas vidas. Pienso en ellos y por eso creo que no tengo derecho a sentirme sola, ni desolada, ni asustada; no tengo derecho a continuar como un zombie, sino que tengo que pararme otra vez, vencer el miedo e intentar apoyar a mis compatriotas con menos suerte que yo. De hecho, la semana próxima, viajo con algunos de mis alumnos de talleres literarios para colaborar en la limpieza de escombros, a una de las ciudades más golpeadas, específicamente a Coronel, muy cerca de Lota, donde viviera y escribiera Baldomero Lillo, uno de los mejores cuentistas de Chile, a principios del siglo pasado. La vida es rara. Recién ayer, me fue entregado por parte de la editorial, las obras completas de este autor, compilación y edición en la que estuve trabajando gran parte del año pasado. Un libro limpio que sale de una imprenta, mientras el suelo donde fueron creadas esas historias, está sucio, repleto de escombros, de restos de lo que fueran casas, hospitales, iglesias y escuelas.
Para Platón ha sido más fácil, mientras escribo estas palabras, viene llegando de su paseo diario, me golpea la puerta, estoy contenta de que regresó. Él, por el momento, es mi único compañero.
(Imagen tomada de Internet / Derechos reservados por el autor)
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