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Burlándose de mi morboso fetichismo, antes del viaje un cuñado me pidió en broma que dejara a su nombre una rosa en el lugar del crimen. Pues claro que visité el lugar del crimen, y eso el día de mi llegada a Manhattan. Para guiarme en la urbe disponía de fotos aéreas de los condominios Dakota, y un recorte del Time donde un dibujo "dramatizaba" la mejor hipótesis sobre el asesinato de Lennon.

Abundaba en mi estudio la información, pues aquel lunes 8 de diciembre de 1980, mientras el asesino descargaba su pistola, me encontraba con Dávila y Jorge Domínguez en mi casa, escuchando nada menos que el disco Mother. Habíamos bebido cerveza en la antigua Cabaña, y prematuramente instalados en el espíritu navideño, seguimos la juerga en mi casa, y en el tocadiscos escogí a Lennon porque andaba yo muy lennoniano en ese tiempo. Serían las once o doce de la noche.

Mi fiebre por Lennon era reciente. Me la contagió un hermano nacido por los tiempos en que los Beatles se separaron. Fue como una boda de generaciones: la de mi hermano Pepe y la mía. Durante la metralla de declaraciones postmorten, García Márquez dijo que los Beatles eran un puente generacional: el padre, el hijo y el nieto podían convivir en torno a un disco. Yo "me entendí" con mi hermano menor, y hasta la fecha -diciembre del 95-, en las fiestas él toca la guitarra y yo aproximo a sus ojos el traqueteado cancionero con las tablaturas de la notas, y ambos cantamos a Lennon.

Dávila y Domínguez se fueron ya noche y yo me fui a la cama. Me despertó mi hermano al alba, tan temprano que aún me mareaba la borrachera; agitaba frente a mis ojos la primera plana de El Porvenir: "¡Asesinan a John Lennon!", y como no estaba del todo despierto, bogué en una pesadilla donde Lennon me entregaba un pasaporte para Gibraltar. Desperté del todo cuando mi hermano me sacudió del hombro diciendo: "¡Mataron a Lennon!"; y cuando al fin me dejó a solas con el periódico en la cama, sí, derramé una lágrima.

De inmediato fui por Domínguez y en Del Sol de la calle Juárez compré el LP "Imagine", y durante meses me dediqué a coleccionar información sobre el asesinato. Por ese entonces era ducho en robar papel, y no hubo revistería que se salvara. En francés, inglés, alemán, todas las lenguas me entregaron su opinión acerca de Lennon. He aquí algunas en español, buenas y malas, bien o mal escritas, pertenecen a la ola de información que cubrió al mundo aquella navidad, y que todavía en febrero del siguiente año se dejaba sentir. Me pregunto si las declaraciones nefastas -aquellas tan desorientadas por el estúpido chisme que hacía de Lennon un degenerado que se pasaba el día blasfemando o atiborrándose de drogas- aún sostienen su palabra:

Mauricio González: "Mucho más honrado hubiera sido que a la devuelta de la medallita y de los honores, le hubiera añadido la de no ir jamás a Estados Unidos y la de prohibir que su obra se vendiera en Estados Unidos... A mí la gente incongruente no me entusiasma".

Renato Leduc: "Ese mismo día un diario... nos reveló que Lennon se agiganta, cosa que no tiene nada de extraño, pues es bien sabido que todos los fiambres se estiran".

Margarita Michelena: "Esas masas enajenadas de la realidad lloran, entregadas a los sacudimientos grotescos de la histeria colectiva, porque ha muerto uno de sus ídolos, tan barato como todo lo que las masas consumen sin cesar".

Angel Lafora: "Fue un hacedor de ruidos y su mejor canción (Yesterday) es bella cuando se le escucha a otro conjunto musical".

Blanco Moheno (sic: sicótico): "No obreros, sino hombres, ¡hombres! y se alzarán sin más arma que la Cruz frente a la Bestialidad que se esconde detrás de un nuevo dios amigo de otros dioses como el señor Lennon, dicho sea, repito, con todo cuidado, con humildad de tal modo devota que siento no traer barbas hirsutas y mugre de un mes para pedir perdón con esperanza cierta de, por lo menos, ser escuchado". (escuchado fuiste, largo de aquí)

García Guzmán: "Si como dice el presidente Carter, John Lennon fue el creador de la música y el temperamento de nuestra época, entonces el gran músico beatle ha muerto víctima de su propia obra".

Luis E. Todd: "Esta reacción psico-social manifiesta la derivación emocional que nuestra generación tiene para con el liderato del arte acústico".

Mario Valle: "El asesino de Lennon viajó a NY exclusivamente para matarlo. Ahora Rigo Tovar y Ramón Ayala traen guardaespaldas".

Jorge Villegas: "La histeria no es por Lennon. Es por los que jugaron a que eran dioses. Y perdieron".

Ray Charles: "No se puede vivir en un mundo donde hay gente que no tiene respeto por nada".

Rodrigo Mendirichaga: "Detrás del asesino de John Lennon lo que hay es un hombre sin amor".

Gabriel García Márquez: "Tres generaciones -la nuestra, la de nuestros hijos y la de nuestros nietos mayores- teníamos por primera vez la impresión de estar viviendo una catástrofe común, y por las mismas razones".

Hugo L. del Río: "Se acabó el imperio y surgieron los beatles. ¿Qué le vamos a hacer, si los ingleses tienen vocación de grandeza?".

Cristina Pacheco: "El estallido que sacudió al mundo nos hirió a todos, deshizo la ilusión, el espejismo de quienes crecimos y marchamos durante nuestra juventud al ritmo de la bitlemanía".

Revista "Alarma": "La sorpresa por el asesinato... no debía serlo tanto. No porque fuera de desearse por nadie, sino porque quien siembra vientos, cosecha tempestades".

Guadalupe Santa Cruz: "Sucumbió entre la maleza que creció pródiga a su paso de blasfemo".

Jaime López: "Un grillo con buena voz, supo manejar la fama, vivir de sus rentas... Sin Paul Mc. nunca habría salido de Liverpool".

Archibaldo: "El asesinato nunca será disculpable, pero tiene motivaciones".

Si hubiera tiempo continuaría con la mar de declaraciones. Ahora quiero retomar el comienzo, mi viaje del año pasado al lugar del crimen. Como ya dije, viajé provisto de material gráfico para orientarme en esa babilonia que según la mitología de los mass media es el Manhattan de Woody Allen. Lety Parra me prestó días antes una guía Fodor, y cuando hojeándola -aún en Monterrey- encontré un punto sombreado llamado Strawberry Fields en el rectángulo de Central Park, me dije: "Es el bosque que sembró Yoko". La guía señalaba como lugar obligado de visita una placa con la inscripción "Imagine". Y para mejor orientación, anoté en mi agenda la dirección de los Dakota: West Park cruz con Avenue 72.

Así pues, recién desempacados en un hotel cerca de la Quinta Avenida, apenas dormidos y duchados al alba, fuimos directamente a lo de Lennon, ya para aliviar cuanto antes esa comezón tan vieja como los Beatles. Bobeando como buenos rancheros, entramos al legendario parque a la altura del hotel Plaza. Mapa en mano, cruzamos senderos y prados colmados de gente encuerada que tomaba el sol en una playa sin agua ni arena. Al entrar a un pequeño valle atronó el rocanrol: tres greñudos en un claro de césped, dos guitarras y una batería minimalista, conectados a una liliputense planta de energía, casi una pila everedy, claras y potentes bocinas, rocan-rol callejero pidiendo limosna en dólares, puro y nítido. Lety y yo nos detuvimos, mi hermano y Graciela caminaron un trecho más y también se detuvieron.

Tras escuchar un rato al grupo, dije: "Busquemos el bosque de S. F." Estábamos cansadísimos, qué parque tan kilométrico. Lety quería recostarse un rato. Le gustó un prado íntimo bordeado de setos y ahí se quedó. Yo y Graciela proseguimos el camino en pos de S. F., ignorantes de que una parte de S. F. era precisamente el prado donde dormitaba Lety. Lo supe al descubrir cerca una placa dorada fundida a una roca que sobresalía del suelo junto a la vereda. Decía la placa: "S. F.", y más abajo en letras pequeñas: "Imagine all the people living in peace... John Lennon". A continuación una demorada lista de países (incluso México) y este anuncio: "The restoration of this part of Central Park as a Garden of Peace, endoset by the above nations, was made possible throught the generosity of Yoko Ono Lennon". Y mero abajo: "Dedicated by Mayor Edward I. Koch and Parks Commissioner Henry J. Stern, October 9, 1985". Lo tengo registrado porque tomé de cerca una foto de la placa, y tengo la foto frente a mi máquina.

Poseo otra foto impresionante por la puntería de Graciela para captar, al fondo del campo de fresas, una mariguana jeta dándose un toque. Así como lo oyen. Apenas me la tomó, volví la cabeza para ver el fondo que me acompañaría de por vida en el álbum de los recuerdos, y ahí estaba el hombre, entre azorado y cínico, asomado en la verdura, la bacha en la boca. Le dije a Graciela: ¿Viste atrás? Me dice: Sí, creo que lo capté. ¡Y vaya si lo captó! Para los cegatones dispongo de una lupa de mi hija, comprada en "todo por un dólar", que los convencerá del cortazariano azar. (luego la subo al feis)

Pero avancemos. Lety se repone del cansancio y nos alcanza en West Park, frente a los condominios Dakota -que entonces para mí no eran los Dakota pues no se me ocurrió que lo fueran. Supe que lo eran cuando consulté a fondo la guía y las fotos aéreas. ¿Pero dónde estaba la entrada tan mencionada por los periódicos cuando se dio la noticia? Llevaba incluso una foto de la entrada, que es una callecita estrecha cerrada por una verja y con una garita de portero al lado, pero no podía identificarla en la realidad.

Con todo y mi arsenal gráfico, había calculado mal la entrada al edificio, pues supuse que el acceso se encontraba frente a Central Park. Incluso pensé: " Cerraron la entrada porque están hasta la madre de nosotros, turistas morbosos". Por fin, tras una serie de angustiantes idas y venidas, hallamos el sitio del crimen a la vuelta, por la 72, y quise detenerme exactamente donde cayó Lennon, estar seguro de un sitio pisado por él, al menos uno y conocer la perspectiva que alguna vez tuvieron sus ojos. Desgraciadamente el portero me detuvo indicando un letrero que pude traducir: "Más allá de este punto, sólo a personas autorizadas" Lo cual era ridículo, pues la línea infranqueable estaba a dos metros del lugar del crimen.

Agitando la mano, el portero pedía que me alejara hacia la calle, y yo adrede obedecía moviendo milimétricamente los pies, hasta que llegué al punto permitido y le dije, recordando que el asesino había rebasado la línea imaginaria: "A él si le permitieron acercarse a Lennon".

Graciela y Lety reían de mi obsesión. Yo medio me encabroné porque no quería perder tiempo, quería que me tomaran y tomaran fotos. Por cierto que hubo dos muy ilustrativas; en una indico donde cayó Lennon, en la otra el sitio del asesino.

Por fin, sin más que hacer y cuando el portero comenzó a vernos como diciéndonos: "Ya se la bañaron, para culto ya estuvo bueno", regresamos a S. F., donde encontramos un guía de turistas hablando a un grupo de gringos viejos. Les indicó al centro de una plazoleta un tapete redondo con ribetes de mandala, en torno de la palabra "Imagine" bordada en blanco y negro. Me dije: "Ah, a este tapete se refiere la guía Fodor cuando dice que la conmemoración consta de una sola palabra. No se refiere a la placa". Aguardé a que se fueran los turistas y entonces, de pie junto a Imagine, pedí a Graciela que sacara una foto a mis zapatos. Pero hubo un problema, pues uno de los turistas había dejado un centavo en el tapete, como si fuera pozo de los deseos, y yo no lo quería en la foto. Así pues, indiferente al "qué dirán", retiré la estúpida moneda y entonces Graciela tomó la foto.

Por cierto, en las tiendas de discos hallé muy poco de Lennon. En Tower Records (¿o "Music"?) una de cuyas sucursales, dicen, consta de cinco pisos repletos de música, encontré en la L sólo tres discos de Lennon.

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