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alejandra rangel

La cultura como fuerza integradora de la sociedad propicia una identidad de grupo y una diversidad que responde al desarrollo y a la necesidad de plantear las interrogantes sobre el devenir del hombre y su existencia. Cada pueblo posee su sistema de creencias, lenguaje, símbolos, costumbres, técnicas, arte, creaciones, que en Occidente van desde el ideal griego o Paideia vinculado con la educación y cultura como un valor moral y humano capaz de inspirar la vida de los ciudadanos, pasando por todas las manifestaciones de los grupos sociales hasta llegar a nuestra época, reconociendo la riqueza universal de los pueblos y la inteligencia y sensibilidad de sus pobladores.

Hablar de la cultura a partir del siglo XX obligó a asociar el término a la democracia y tomar en cuenta su carácter igualitario, preguntarse por los rasgos distintivos que caracterizaban a las sociedades y formaban a los jóvenes. Fueron tiempos que replanteaban la función del arte, el academicismo, la diversidad y el pluralismo cultural, una posmodernidad donde el eclecticismo se apoderaba de las formas y todo lo sólido se desvanecía. Con estos marcos referenciales surgía en Nuevo León una reflexión en torno a los ideales y valores que se forjaban en nuestra comunidad e incidían en la historia, considerando la necesidad de abrir un diálogo nuevo con el universo en un mundo cada vez más complejo y desencantado.

El perfil de la difusión de la cultura por parte del Estado en los noventa mostraba los signos de una falta de claridad, imperaba el verticalismo, los abusos y preferencias por parte de funcionarios, la discrecionalidad de los apoyos, motivando un descontento generalizado al interior de la sociedad que reclamaba un proyecto cultural que fuera más allá de espectáculos, exposiciones y museos y contara con un diseño de políticas públicas.

Con ánimos de renovación y de generar una nueva relación hacia la comunidad artística e intelectual, influidos por reflexiones nacionales e internacionales, el gobierno de Sócrates Rizo, bajo la iniciativa del entonces Secretario de Desarrollo Social, Mentor Tijerina, decidió poner a consideración de la ciudadanía un proyecto participativo con el fin de encontrar otras formas de planear y ejecutar un modelo transformador en materia cultural.

Desde la estructura cultural de una Subsecretaría que antecedió al Consejo, se convocó a un proceso que iba a abrir el camino al nuevo organismo. Se prepararon Foros de Consulta con especialistas, académicos, promotores y creadores, abriéndose la discusión en torno a las mejores prácticas que a nivel mundial se estaban promoviendo, tanto en las formas de la administración cultural como en los apoyos a creadores, investigadores y promotores, y en el desarrollo de programas. Una vez recopiladas las sugerencias y ponencias, se procedió al análisis y se conceptualizó el modelo.

En 1995 surge el Consejo para la Cultura de Nuevo León como un Organismo Público Descentralizado de participación ciudadana con patrimonio propio, un innovador paradigma frente al anterior con esquemas de transparencia y evaluación. Se logró un esfuerzo organizado cuya misión fue consolidar un proyecto plural, incluyente y participativo que apoyara las expresiones artísticas, protegiera y conservara el patrimonio cultural, difundiera el trabajo de investigadores, promotores y artistas, fomentara y coordinara las relaciones con la Federación, los Estados, Municipios, Universidades públicas y privadas, nacionales e internacionales y ofreciera opciones y alternativas a toda la sociedad.

De esa manera se dio inicio a una Institución que debía esforzarse por liderar una nueva estructura en época de crisis y transformaciones, consciente de las necesidades de integrar un modelo que manifestara las diversas formas de la expresión social. El diseño y planeación de las políticas culturales se convirtió en el eje del análisis y la reflexión crítica de este Consejo, así como de la comunidad representada por artistas, investigadores y promotores con el fin de definir la vocación de sus espacios: Teatro de la Ciudad, Pinacoteca del Estado, Casa de la Cultura, Sala Experimental y más tarde la Cineteca-Fototeca y el Centro de las Artes que albergaría a la Pinacoteca.

Los gobernantes comprendieron y apoyaron la necesidad de incorporar la participación de los ciudadanos en la toma de decisiones, así como garantizar que existieran las condiciones necesarias para que el espíritu creador creciera y se desarrollara. Por ello la energía y el trabajo se dirigió a crear una estructura abierta, plural y participativa con la conciencia de que la cultura la hace la sociedad y el Estado protege, conserva, difunde y promueve todas las manifestaciones culturales y artísticas, convencidos de que la creatividad cultural es fuente de progreso y que hablar de cultura es hablar de desarrollo.

El esquema de participación consistió en incorporar a dos representantes de las distintas disciplinas artísticas, un total de 10 creadores, además de promotores y funcionarios públicos vinculados a la cultura. Los artistas del estado elegirían a sus representantes cada 3 años como miembros del Consejo para la Cultura con voz y voto. Parecía imposible llegar a un consenso, sin embargo, fue un ejemplo de civismo y democracia, no sin antes decir que se tuvo que luchar contra una desconfianza básica ciudadana en torno a autoridades e instituciones. Su participación sería honorífica y su responsabilidad: evaluar programas, presupuestos, transparencia y definición de las políticas públicas.

El organismo ha podido sobrevivir a lo largo de estos casi quince años no sin enfrentarse a serias amenazas de extinción. Convencer a los políticos de la viabilidad y necesidad del proyecto ha sido una ardua labor, así como respetar los esquemas a los que obliga la democracia. Los distintos actores que estuvimos vinculados al cambio fuimos testigos de la lucha y la búsqueda del respeto a la diversidad y a las libertades de expresión que emanaron de la operación del Consejo. En esos momentos resultaba problemático definir la cultura porque nos remitía a una realidad muy compleja por la amplitud del término, por su heterogeneidad y porque representaba no sólo el hacer del hombre sino sus modos de existir y ser. Se tenía la necesidad de pensar la vida, interpretar y clarificar las distintas visiones acerca del mundo y responder a sus interrogantes.

El nuevo organismo se enfrentaba a una ideología comercial altamente competitiva donde los ideales habían perdido su vigencia y su demanda. Una realidad disociada de la formación humanística del hombre y orientada hacia una sociedad pragmática, tecnificada y masificada. Un México marcado por las desigualdades, la influencia de la cultura de masas, el espectáculo y los medios de comunicación, la alta tecnología, el exceso de racionalidad, la contaminación del medio ambiente y un influyente mercado del arte cuyos criterios intentaban imponerse.

La cultura no era una realidad solitaria y tampoco se llevaba a los espacios como en ocasiones señalaban algunos funcionarios. La creatividad debía estimularse y alimentarse. Estas reflexiones habían hecho posible la creación del Consejo para la Cultura de Nuevo León. El grupo de trabajo pronto emprendió la gran tarea sin olvidar la actitud crítica permanente, expresando su preocupación por un presupuesto digno para llevar a cabo los propósitos.

El proceso democrático fue determinante para lograr involucrar a los creadores y promotores, quienes desempeñaron un papel de suma importancia al abogar por el acceso a la libertad de expresión, a la toma de decisiones, al poder y por ende a la autonomía política de la Institución. Objetivos que no debemos perder aun cuando sean difíciles de practicar.

Toda la comunidad artística del estado es depositaria de la lucha y avances de un organismo como Conarte, y en consecuencia está llamada a defender la independencia y participación de las voces incluyentes. Conarte es un proyecto en proceso que requiere de la revisión permanente de su conceptualización, atender sus debilidades y reforzar sus áreas exitosas. Se trata de un modelo dinámico, interpretativo, en constante evolución y en busca de significaciones si no quiere morir. Para Nuevo León ha sido una experiencia que lo pone a la vanguardia cultural.

Todo organismo cultural debe concebirse como un espacio de defensa a la libertad, una inteligencia abierta a la duda, a la discusión y reflexión crítica, al diálogo, que evite las imposiciones y los fanatismos, lo contrario sería una traición a los principios de la cultura. En estos momentos se extrañan las voces críticas de intelectuales y artistas de la comunidad. "Nosotros borramos nuestra historia-nosotros la descubrimos." (Adonis)

Marzo de 2009.

(Imagen tomada de Internet / Derechos reservados por el autor)

 

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