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BUZÓN EXPRESS

Letras vencidas

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¿Por qué un medio como Letras Libres, que presume de calidad editorial –heredero de una tradición de pensamiento liberal y creación literaria de largo aliento–, se permitió ir demasiado lejos en su hostilidad ideológica contra La Jornada?

Una sostenida línea de la revista que dirige Enrique Krauze la ha llevado cruzadas (en forma de dossier) para descalificar y desprestigiar con sesgadas informaciones "académicas", y un periodismo no pocas veces amamantado por los servicios de inteligencia, a lo que huela a izquierda no domesticada, sea teología de la liberación, lopezobradorismo, protestas universitarias o populares, resistencia indígena. También en esas páginas sus colaboradores la han emprendido con largueza contra referentes mayores de la izquierda, como Elena Poniatowska y Carlos Monsiváis (quien ocasionalmente publicó en sus páginas). O bien el obispo Samuel Ruiz García. Al subcomandante Marcos se le han dedicado fantasías "biográficas" y presuntas delaciones en forma de investigación periodística.

¿Dónde termina el fair play crítico y comienzan la mala leche y la intolerancia contra las líneas de pensamiento con vocación nacional en la clave de soberanía (no meros "nacionalismo" ni "populismo")? Para chovinismos patrioteros y ridículos, los que administran y fomentan las televisoras después de cualquier triunfo deportivo. El de los gobernantes panistas vestidos de charro o comandante supremo. Pero esos no son temas para las plumas de Letras Libres, habiendo todavía tanta izquierda y tanto naco de dónde cortar.

En el ámbito continental, las fijaciones de Letras Libres son los "tiranos" de Cuba o Venezuela, antes que dedicar críticas de fondo a los liquidadores neoliberales de Colombia o México, a nuestra creciente descomposición política, financiera, legal y social. Llama la atención que nunca muestre beligerancia alguna contra las auténticas tiranías de México y el mundo: las expansiones y guerras del imperialismo, la represión (no todos los gulag son de Siberia), el daño a nuestros suelos por la explotación de las trasnacionales, españolas en particular, mientras bancos de la misma procedencia ordeñan la riqueza nacional. Uno echa de menos en Letras Libres un cuestionamiento lúcido contra la conducción desastrosa del país por la derecha confesional en el poder. O una crítica a los medios electrónicos de comunicación por la estupidización que inyectan en sus masivas audiencias.

En uso de la libertad que en su titular ostenta, el mensuario prefiera cargarse a la derecha. De su línea antizquierdista se ha nutrido su hospitalidad para acusaciones, rencores, insultos y descalificaciones contra La Jornada, a la cual se identifica con la izquierda en un sentido amplio, dado su papel en el actual paisaje informativo y de análisis en México. De la burla a la calumnia, ¿ésta es la "animosidad" que mencionó el juez Zaldívar y avaló la Suprema Corte de Justicia de la Nación?

Monopolizando la herencia de Vuelta, la última y más importante revista de Octavio Paz, Letras Libres apela al consistente antiestalinismo del poeta, que desde una legítima vocación de libertad individual, sin la cual no existen libertades colectivas, evolucionó a la nula comprensión de las luchas de liberación en el país y el continente. Ya en el nuevo proyecto editorial, sin abandonar la publicación de textos originales y traducciones de calidad (aunque rara vez novedosos o arriesgados, pues el conservadurismo de Letras Libres también es filosófico, historiográfico, estético y literario), se internó en una reiterada descalificación de "populismos", "caudillismos" y rebeliones populares, con una atención claramente asimétrica para con los males que imponen en nuestro país la inmensa desigualdad y una debacle sin fondo de la educación pública y cultural.

Estas afinidades electivas revelan el vencimiento de la tradición intelectual que precede a la revista, hoy a tono con el desdén de la élite intelectual por la gente. Usemos la palabra de su elección: es cómplice del poder. Desde tal limitación temática participa en el debate de ideas, gustos y principios éticos, buscando influir en la atmósfera cultural mexicana.

Se les puede poner mucha crema y hasta picante a los tacos, ahí cada quién, pero dar el paso de aventurar acusaciones graves sin fundamento contra un adversario ideológico, permite pensar, por lo menos, en irresponsabilidad. Qué, ¿ahora así nos vamos a llevar? No es difícil imaginar frotándose las manos ("muera la inteligencia") a los verdaderos enemigos de la libertad crítica, la tolerancia y la igualdad, mientras el debate de ideas se deteriora.

Letras Libres arrojó la piedra de la calumnia y ya no pudo esconder la mano. En la medida en que este debate y la dimensión de los infundios contra La Jornada queden claramente dilucidados, mejores perspectivas tendrá el devenir intelectual, político y humanístico de nuestra hoy seriamente amenazada democracia.

La Jornada.

(Imagen tomada de Internet / Derechos reservados por el autor)

Krauze y el arte dramático

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Desde hace mucho tiempo he pensado que Enrique Krauze podría dedicarse al arte dramático y ser un magnífico actor. Es inteligente, tiene buena voz y según algunas damas tiene una aceptable presencia. Sus más recientes actuaciones en que aparece como víctima del odio serían la envidia de Laurence Olivier o de Marcello Mastroianni.

En el cine, en el teatro y en otras expresiones del arte dramático los actores efectúan simulaciones, se hacen pasar por personas que en muchas ocasiones no tienen nada que ver con sus vidas reales. Pero en México las simulaciones son casi un deporte nacional en la política, el deporte, el arte, y en muchas esferas sociales más; multitud de hombres y mujeres fingen cualidades positivas que están lejos de tener.

La simulación es una compañera inseparable de la corrupción, excepto en aquellos casos en que lo simulado es llevado a cabo y reconocido como tal, como en el caso del arte dramático, aunque hay ocasiones en que el artista simulador es confundido con sus personajes, lo cual ocurre con cierta frecuencia. Así, por ejemplo, ese notable actor que fue Carlos López Moctezuma era en ocasiones insultado en las calles o en otros sitios, ya que algunas gentes suponían que era temible villano (Carlos se especializaba en interpretar papeles de malvado incansable).

Pero, especialmente en la política, el simulador pretende que el papel que interpreta muestra con claridad mayor o menor su verdadera personalidad; o sea, que miente, alternando la hipocresía con el cinismo. Así, el amo del Kremlin, por ejemplo, José Stalin, fingía ser un gran demócrata, redentor del proletariado y vivir con gran modestia. De tal modo engañó a hombres lúcidos como H. G. Wells, George Bernard Shaw y Henri Barbusse. En nuestro país, los simuladores sobran. Basándose en esta realidad, el escritor y periodista Luis Spota produjo su mejor novela basada en un hecho real: Casi el paraíso. En ese texto narra cómo un aventurero italiano se hizo pasar por un noble aristócrata, logró la amistad de muchos altos funcionarios del gobierno (y los favores eróticos de muchas féminas), así como un buen conjunto de bienes, servicios y dinero.

Krauze podría ser un simulador artístico, pero no lo es. Es un individuo que encubre su personalidad bajo un disfraz de liberal, partidario del pluralismo ideológico y amante de la tolerancia. Sin embargo, dirige una revista –Letras Libres– en la cual el contenido sustancial no es cultural, sino político. En esa publicación se vitupera e injuria reiteradamente a la izquierda –a la auténtica, no a la que Krauze considera aceptable y admirable–, a los movimientos populares, a las reinvindicaciones de grupos étnicos y nacionales y muy en particular a las personas que los apoyan. Así, por ejemplo, ese mismo señor que calumnió soezmente a La Jornada –Fernando García Ramírez– escribió que Carmen Aristegui es una "servil" que ensalza a los que piensan como ella en diversas entrevistas, mientras que muestra una actitud retadora con quienes no están acordes con ella. Pero fue la propia Aristegui la que entrevistó a Krauze con motivo del diferendo con La Jornada, y Carmen le permitió decir lo que quiso y lo trató respetuosamente. En esa misma reseña, García R. llama "mentirosa" a Denise Dresser, "extravagante" a Ramón de la Fuente, opina que Rosario Ibarra hace afirmaciones "sensibleras", mientras que Carlos Fuentes (contra el cual Krauze escribió un ensayo insultante y de mala fe) las hace "delirante". Nada de extraño tiene que ese señor haya arremetido con malas artes contra La Jornada. Pero no es el único en Letras Libres; ahí se encuentra todo un coro de herederos de McCarthy que no cesa de atacar a quienes considera sus adversarios políticos (el escrito de García R. en Letras Libres, febrero de 2010, año XII, no. 134, pp. 81-82). Podría citar más ejemplos al respecto, pero no tengo espacio para ello.

Según Krauze, en La Jornada hay una campaña de odio contra él. ¿De veras? Atengámonos a los hechos. El señor García Ramírez acusó a La Jornada de ser cómplice de una pandilla terrorista del País Vasco. Imaginemos que a alguien se le ocurriera acusar a Krauze de ser cómplice de varios canallescos criminales sobrevivientes de la Guerra Civil Española, dado que Krauze tiene relaciones con el Partido Popular español, donde todavía se encuentran algunos viejos verdugos del pueblo hispano. Con toda razón, Krauze se sentiría sumamente indignado y quizá entablaría un pleito judicial al respecto. Acusar a una persona o grupo de tener vínculos con grupos terroristas tiene consecuencias graves.

Recordemos que en la Unión Soviética se asesinó no a miles, sino a millones de personas acusándolas de ser "cómplices" de la Gestapo nazi o del imperialismo estadunidense (muchos de los asesinados eran auténticos y probados revolucionarios). En El Salvador, un grupo de energúmenos mató al notable poeta Roque Dalton, acusándolo de ser agente de la Agencia Central de Inteligencia. A finales del siglo pasado, las dictaduras militares de América del Sur victimaron a miles de personas alegando que eran cómplices del "comunismo internacional"; entre ellas había comunistas, pero también gentes liberales, luchadores por la democracia e incluso anticomunistas enemigos de todo tipo de dictaduras.

No hay tal campaña de odio contra Krauze en La Jornada, pero tampoco Krauze puede esperar que en este diario se le postule para Rey de la simpatía 2011.

Krauze alega que no es derechista y que apoya a la izquierda "moderna". Resulta extraño que un simpatizante (?) de la izquierda como él tenga tantos privilegios. A sempiternos luchadores de izquierda como Alberto Híjar o Enrique González Rojo nunca se les invita a la televisión comercial, ni se les apoya para que funden una editorial o dirijan una revista cultural; son muy "incómodos". Y como dijo un gran hombre que murió crucificado: "por sus hechos los conoceréis".

La Jornada.

(Imagen tomada de Internet / Derechos reservados por el autor)

La mano tendida de Krauze

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En su artículo "Debate en libertad", Enrique Krauze ofrece a La Jornada tender la mano. Lo hace al tiempo que lanza nuevas calumnias y mentiras contra el diario y sus directivos. Su propuesta despide la misma fragancia que la emitida el 1º de agosto de 1968 por Gustavo Díaz Ordaz en Guadalajara. En aquella fecha, el presidente ofreció su mano extendida a quien quisiera estrecharla. Después de eso ordenó la matanza del 2 de octubre.

Este doble rasero quedó al descubierto en su escrito "Pasar la página", publicado el pasado domingo 27 de noviembre. Allí el escritor se declara dispuesto al debate de ideas, pero lo hace diciendo nuevas falsedades e infundios contra La Jornada. Sin aportar pruebas, acusa al periódico de estalinista, mentiroso y antisemita.

El actual pleito con La Jornada tiene más de siete años. En marzo de 2004, Fernando García Ramírez, subdirector de Letras Libres, incriminó al diario como cómplice del terror de ETA. Su calumnia carecía de cualquier sustento. Enrique Krauze, el director de la revista, apoyó a su pupilo y se negó a disculparse.

A pesar del tiempo transcurrido desde la aparición del libelo, el director de Letras Libres sigue denunciando a La Jornada de ser cómplice de ETA y justificando las calumnias de García Ramírez. En "Debate en libertad", afirma que Josetxo Zaldúa, coordinador general de edición, tenía dos procesos abiertos en España al momento de la publicación de "Cómplices del terror". El señalamiento es falso. Trece años antes, en 1991, el juez Carlos Bueren, de la Audiencia Nacional, cerró los procesos. Josetxo Zaldúa tiene doble nacionalidad (México y España) y viaja libremente por el mundo, incluyendo España, donde estuvo por última vez en julio pasado.

Ahora, a pesar de los infundios, Enrique Krauze pretende hacerse pasar por víctima. Se dice ofendido porque el periódico ha mostrado los intereses a los que sirve, su papel de intelectual orgánico de la derecha iberoamericana y su función como compañero de viaje del Partido Popular de España.

Entre el 11 de mayo de 1998 y el 15 de marzo de 2004 La Jornada criticó en sus editoriales a ETA y su política criminal al menos en 11 ocasiones. Sin ambigüedad señaló que sus atentados eran inadmisibles e injustificables, que la organización debería desaparecer y que ninguna causa justificaba su violencia. No fue novedad. Lo hizo antes y lo ha seguido haciendo después.

En un ejercicio que muestra de cuerpo entero su seriedad y profesionalismo como historiador, Enrique Krauze ocultó estos editoriales. Como eran prueba documental de que él y su revista han mentido durante años, decidió ignorarlos.

Al director de Letras Libres le molesta que se diga que es el intelectual orgánico de la derecha. Nada hay de malo en ello, excepto que él se niega a reconocerlo. Lo es desde que escribió "El timón y la tormenta" para criticar la nacionalización bancaria de 1982, y desde que en 1981 publicó "Caras de la historia", enojado porque no fue incluido en el libro Historia ¿para qué?, una obra que, según él, es "estatista". Pero, más allá de su enojo, sus posiciones políticas ante conflictos centrales dentro y fuera de México demuestran que es un hombre de derecha. Sin ir más lejos, basta recordar la posición que defendió en las dos guerras del Golfo.

A pesar de declararse pacifista, el director de Letras Libres avaló las dos intervenciones militares de Estados Unidos en Irak. Durante la primera guerra del golfo Pérsico, la aventura guerrerista de George Bush padre, escribió en La Jornada el 20 de enero de 1991: "Reconocer esos casos no debería bloquear la consideración específica de los momentos en que la acción norteamericana ha contribuido a la paz global. Las dos guerras mundiales y la actual del Pérsico pertenecen a ese género".

Poco más de 12 años después, en el "El voto de la responsabilidad", promovió que México apoyara en las Naciones Unidas la invasión a Irak. Fernando del Paso desmontó en La Jornada todos sus argumentos en favor de la locura intervencionista en el artículo "No se vota por la caída de una tiranía, se vota a favor de intereses petroleros estadunidenses".

Meses más tarde, cuando las tropas estadunidenses ocuparon ese país, El País le preguntó si había sido un error invadir militarmente Irak. "Mira –respondió–, yo creo que tarde o temprano habrían tenido que entrar." Y añadió sobre la negativa de Francia y Alemania a embarcarse en la agresión bélica: "Estamos hablando de un caso profundo de ingratitud (hacia Estados Unidos) por parte de ellos".

A pesar de ser vocero de la derecha, Enrique Krauze busca redimir a la izquierda mexicana (y latinoamericana) de sus pecados radicales diciéndole cómo debe comportarse para salvar su alma. Sus consejos son, por supuesto, un recetario social liberal de lo que la derecha anhela que la izquierda sea.

Sus críticas a la izquierda desde hace tres décadas siguen el mismo patrón. Denuesta y falsifica las posiciones de quienes se oponen a sus intereses, presentándolos como personajes arcaicos, populistas, redentores o fundamentalistas. Cuando le responden se hace pasar por víctima y los acusa de ser estalinistas, antisemitas o estatistas. Carente de argumentos documentales, responde con exabruptos viscerales.

Recientemente, destilando racismo, catalogó a los movimientos indígenas del cono sur que luchan contra los estados coloniales como fundamentalismo suave, y consideró que se oponen a los valores democráticos de Occidente.

El autor de El mesías tropical asegura en "Pasar la página" que basta con que Andrés Manuel López Obrador ejerza su ascendiente moral para desterrar el odio del periodismo de La Jornada. Puras ganas de ofender a quienes dirigen y hacen todos los días el diario.

Se equivoca por partida doble el que ofrece tender la mano. Primero, porque el diario practica un periodismo crítico, no de odio. Va a la raíz de los hechos. Informa a sus lectores sin hacer concesiones al poder, algo que desagrada a los poderosos y que es incomprensible para quien sirve a los intereses. Y segundo, porque ningún personaje de la política o del mundo empresarial fija la línea editorial del diario. Que Enrique Krauze crea que los contenidos informativos y de opinión de La Jornada son definidos por López Obrador dice mucho del periodismo que él practica.

La Jornada.

(Imagen tomada de Internet / derechos reservados por el autor)

Krauze y el caballo de Troya

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Narrada en incontables lenguas, modalidades y versiones, la historia del caballo de Troya nos recuerda los ardides y engaños que los ideólogos de la guerra usan para lograr sus objetivos. Algo distinta de la homérica, mi versión dice así:

Luego de muchos años de infundios, chismes y calumnias (y de una cuestionable sentencia de la Corte Suprema en su favor), los krauzianos simularon el retorno a sus naves, levaron anclas y, a las puertas de La Jornada, cuando los polis dormitaban, dejaron de obsequio un inmenso y hermoso caballo de madera.

De la panza de la bestia pendía un papelito: "Deseamos pasar la página, y reiteramos nuestra franca y abierta disposición para el debate de ideas". Firmado: Enrique Krauze. El cabildeo siguió a la intriga. Los unos: ¡Aguas! ¡Los liberales siempre encuentran una vía de escape! Los otros: no hay debate cuando hay denostación.

El regalito y la viscosidad del mensaje fueron rechazados. Mas desconociendo que en la panza de la bestia aguardaban los krauzianos para entrar en combate, le echaron fuego. Fue terrible. Todos murieron incinerados. Y al día siguiente, Krauze propuso desterrar "el odio del periodismo de La Jornada".

Sun Tzu, filósofo guerrero que vivió hace dos mil años, apuntó: cuando un emisario del enemigo pronuncia palabras humildes mientras que éste incrementa sus preparativos de guerra, quiere decir que va a avanzar. Pero cuando pronuncia palabras altisonantes y avanza ostentosamente, es señal de que se va a retirar.

Bueno... todavía no sé cómo terminar la historia. Porque en días pasados, después de leer el último revire de Armando Bartra contra don Kique ("Nadie se abre ni se raja", Proceso, No. 1830), advertí que nuestro personaje volvía a refrendar los cargos de "terrorismo" hechos por su revista contra esta casa editorial ("Pasar la página", Reforma, 27/11/11).

Engallado en el apolillado sillón que a fuerza de mentiras se ganó como ideólogo ultramontano, los términos del artículo respiran insidia y muestran a su autor totalmente azotado por los incurables rencores que suele endosar a los demás.

Ni una idea original, ni un criterio propio. La una mano extendida y la otra a espaldas, aferrada al puñal de la "tolerancia" con doble filo. Por sobre todo, el victimismo del sionista vergonzante: "Me atacan por judío".

Ay, Kique... Tu complicidad con las derechas y los fascistas de América Latina y el mundo, tampoco equivalen a trocar "...la reprobación en las doctrinas por 'odio' a las personas", como dices que dijo Melchor Ocampo. Mira... mejor deja ya de expulgar a los liberales mexicanos. Pero recuerda a tu querido Francisco Zarco: "No escribas como periodista lo que no puedas sostener como hombre".

Cuando son pertinentes, es bueno tomar citas para ayudar a un público siempre apurado. A mí, por ejemplo, me gusta un aforismo de Ignacio Manuel Altamirano: "...creer uno que sabe historia porque la conoce en los compendios, es querer formarse idea de la grandeza del mar, al comer una ostra". Otra: "Para algunos hombres que hacen gala de ser demócratas, la democracia es una camisa de fuerza".

Tus "ideas", Kique, llevan 30 años refritando mal la de los muertos: "Octavio Paz me dijo", "Cossío Villegas me dijo". Y repitiendo la de vivos vivísimos, como el juez Baltasar Garzón, el "filósofo" Fernando Savater y el fascista José María Aznar.

Bien sabes que ese cajón de sastre al que llamas "historia" (tu historia), ha sido más destrozada en lo que ahora llamas "amplia franja de la izquierda intelectual de hoy –dispersa en otros periódicos–...", que en La Jornada. O en libros como Las grandes mentiras de Enrique Krauze, de Manuel López Gallo, fundador de la librería El Sótano.

Dices que en lugar de recurrir a la justicia, lo idóneo era seguir la recomendación de Zarco: "La prensa se combate con la prensa". Quizá. Sin embargo, recuerda que en 1992, por órdenes de Octavio Paz, Gabriel Zaid demandó al periódico El Nacional por reproducir, sin permiso, un artículo del ABC de España en el que Zaid atacaba al Coloquio de Invierno, organizado por el Conaculta, que dirigía Víctor Flores Olea.

Kique: bájate del caballo. La "inclinación radical" de La Jornada (son tus palabras), responde a lo escrito en junio de 1972 por Víctor Rico Galán (1928-74), en la revista Siempre!:

"Habrá que recordar, aunque sea obvio, que en México hay intelectuales pero no todos los mexicanos son intelectuales. Hay millones de campesinos y obreros; hay empleados de diversos sectores; hay estudiantes; hay, en fin, toda una gama aplastantemente mayoritaria que no pertenece a eso que suele llamarse la intelectualidad o, con un término más pedante, la 'intelligentsia'".

A ellos, sólo a ellos, nos debemos. Es lógico que te preocupe.

La Jornada.

(Imagen tomada de Internet / Derechos reservados por el autor)

Letras Libérrimas

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La voz trémula de Enrique Krauze en la entrevista que le hizo Carmen Aristegui a propósito del despropósito cometido por Fernando García Ramírez delató una revuelta en sus emociones que no apoyaban en lo absoluto las palabras entre temerosas y almibaradas con las que decía extender su mano franca, sin odios, y clamando paz a nuestro periódico.

No es remoto que él mismo haya leído la falla o el fallo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), como muchos esperábamos que ocurriría: la SCJN intentaría un (imposible) "empate", tal como ocurrió y que José Luis Soberanes resumió inmejorablemente: la Corte aprobó un dictamen con criterios "políticamente correctos", en lugar de hacerlo con criterios "jurídicamente correctos". Frente al imposible "empate", Soberanes expresa: "Aquí estamos [frente] a unas vencidas, a ver quién tiene más influencias..." Muy mal andamos cuando los jueces supremos deciden de este modo y nos dan tan subdesarrollada lección de convivencia social: puede usted decir lo que venga en gana, siempre que tenga el poder mínimo necesario para que la última instancia judicial se achique.

Un momento muy penoso de la entrevista con Carmen fue cuando Krauze, que suele hablar desde un pedestal fingiendo que lo hace a ras de tierra, dijo que Fernando García Ramírez escribió la palabra "cómplice" en el sentido de la primera acepción del diccionario (podemos suponer que el de la Real Academia Española): "Que manifiesta o siente solidaridad o camaradería". ¡Ah!, mire usted lo que quería decir García Ramírez, que en su mismo libelo dijo de La Jornada que estaba "al servicio de asesinos hipernacionalistas". Entienda usted, esta incoherencia sólo era una pícara licencia poética.

Krauze nunca entendió, según esto, que su entrevista estaba en el contexto de un intercambio de contenido jurídico, en el que, de acuerdo con la Constitución Política, "cómplice" no habla de una bondadosa camaradería, sino de un delincuente. Así lo refiere el artículo 16 de nuestra Carta Magna y el artículo decimoquinto de los artículos transitorios.

A esa referencia krauziana los niños la llamarían hacerse pato, y los mayores la llamarían con palabras altisonantes.

Letras Libres, espejo de la estructura del poder constituido, y Krauze, que suele hablar desde un pedestal, no pueden decir "me equivoqué"; no, si mis letras no son sólo libres sino libérrimas, a grado tal que puedo calumniar sin que nada nos ocurra. Sí que tienen razón, por cuanto están apoyados por los jueces supremos de la nación que, de vez en vez, cuando el poder político, económico o mediático está de por medio, se hacen bolas, se enredan, y pueden salir con su batea...; saludemos la honrosa excepción del ministro Ortiz Mayagoitia.

El ministro Lelo de Larrea pergeñó un dictamen que dice que por encima del derecho de honor está el de la libertad de expresión; lo cual no quiere decir, dijo, que esté de acuerdo en lo que en Letras Libres se dijo sobre La Jornada; yo, dice Lelo, como juez supremo, no coincido en lo que se ha dicho con libérrimas letras en la revista que dirige Krauze, pero le doy la razón, porque así me lo manda la libertad de expresión. Si se trata de Krauze y Letras Libres, no proceden los límites a la libertad de expresión que dicta la Constitución. Son muy en serio el cuarto poder en la cima; ese que en México puede conducirse de manera impune. Lelo vació de contenido el derecho de expresión: no importa qué se diga, lo importante es preservar el derecho a decirlo (si se llama Krauze, por ejemplo). Otro de los sabios que ocupan una silla en la SCJN remachó: en casos similares no siempre en la SCJN vamos a fallar del mismo modo. Lindísimo: un fallo para unos y otro para otros, según de quien se trate. ¿No es así? Parejito...

El asunto, ministro Lelo, es que Letras Libérrimas calumnió y denostó a La Jornada y en juicio no probó su dicho. No hay más; pero ustedes, jueces supremos, fallaron en favor de Las Libérrimas. En su entrevista con Carmen, Krauze nos platicó la opinión del juez Garzón y la de Savater sobre la banda terrorista ETA, pero esto es simplemente un non sequitur. Ni Garzón ni Savater estaban haciendo alegatos jurídicos en el juicio de La Jornada vs. Las Libérrimas.

Krauze y Las Libérrimas tienen un problema ideológico con La Jornada perfectamente entendible y al que tienen todo el derecho del mundo. Y a la inversa. Pero Krauze acaba de dar a La Jornada una lección contundente: yo soy un hombre de poder económico, político y mediático, por eso les he ganado en este diferendo.

Krauze vive en la manga anchísima del liberalismo. Ahí caben quienes han hecho un debate profundo filosófico sobre la libertad, pero también los mercaderes de la historia. Krauze se ha enriquecido vendiendo trozos de historia mexicana y de ideología, en el seno de ese otro gran poder mediático que es Televisa. Ciertamente La Jornada está muy lejos de ese mundo. La Jornada es también muy libre, pero reconozco que no tiene el poder de Las Libérrimas, como nos lo acaban de demostrar.

La Jornada.

(Imagen tomada de Internet / Derechos reservados por el autor)