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Homo Literatus

Plato de cebollas

cebolla

PLATO DE CEBOLLAS

A un plato de cebollas nos acerca
la entrega completa del olfato.
La lengua olvida degustar el cerdo
dispuesta, enloquecer por la liliácea.

Junto al plato de cebollas, las fragancias.
La zanahoria y el queso se cubren de humedad
se abrazan al picante dejo de pimienta
un sabor grueso de corteza en el aliento.

Es la forma donde el cuerpo
se perfuma y expele por los poros
deja sin jugo al vértigo
disputa de gozos, la sal.

La memoria husmea ante la sopa y la nariz
mueve la huella de una piel balsámica
Ajetreo intenso de los sentidos que llama
besar el tiempo con el vino y con el pan.

María Belmonte

 

Tres poemas

la nausea

TRES POEMAS

I

Abro los ojos
Y un techo decrépito
Me da los buenos días
Las buenas tardes
Las buenas noches

Silencio de colinas
En esta habitación
Poblada de años inútiles
Algo ya no está aquí
Es la música que
Ha dejado de sonar
Glass ya se fue
Y me dejó a solas
En este silencio de hielo

Aquella isla ha crecido
Y parece que navega
En las alturas del techo
A la deriva va
Sobre el agua de yeso
Amarillento
Un Crusoe sobrevive
En la selva minúscula

Las cosas los objetos
Todo está a la espera
De ser utilizado manipulado
Abierto consultado
Viven su propia vida
Los objetos inertes
Conversan entre sí
Se cuentan cosas
En un idioma que no comprendo
Crujen truenan chirrían
Las cosas se cuentan cosas
Al margen de mí

Abro los ojos hacia adentro
Y hay otra habitación que
Como un molusco
Construye su casa
Me ti cu lo sa men te
Ajeno a la vorágine del tiempo
Dentro y fuera de mí
La misma casa provisional
De la que parto y a la que llego
En silencio y a solas
Porque soy un molusco
Que fabrica su estancia
Con la baba de su soledad

El grifo y la ducha
El zapato olvidado bajo la cama
Y la pantalla muda
El libro que no encontré
Y la película de Hitchcock
Conversan sin mí
Aunque son partes de mi vida
Les soy indiferente
Todo se quedará
Cuando tenga que marcharme
Todo será barrido
Por la escoba de la indiferencia
Malbaratado dispersado
Y finalmente olvidado
Como yo

Abro los ojos
Ante un techo de nadie
Y pienso que no pienso /

[Sábado 1 marzo 2014. 9:16 am. UPN]

 

II

Caer en la oquedad del entresueño
Y abolir el tiempo en la caída
Quedar suspenso en él
Retenido en su trama
Como el insecto en la telaraña
Caer hacia atrás
Y ver aparecer rostros de polvo
Estancias abandonadas
Episodios que están sucediendo
En un presente de siempre

No ha corrido el tiempo
En la máquina de la memoria
Alguien ha encajado una cuña
Entre sus engranajes
Por eso la luz del crepúsculo
Lame el piso de manera oblicua
Y todo proyecta una sombra
Que se afantasma
Y rebota contra las paredes
O se escurre por las ventanas
Teatro de sombras la memoria

Y ya no hay dolor
Ni esperanza ni miedo
La angustia se ha convertido
En una escultura caprichosa
Que el artista dejó sin concluir
En su taller de entelequias
Ya no hay lágrimas
Ni nostalgia ni melancolía
Se han respondido todas las preguntas
O se ha llegado a la inutilidad
De las inquisiciones
Ese llanto seco de la resignación

Ahí la demencia
Sentadita en su inofensiva mecedora
Mira un paisaje en blanco
La farmacopea ha hecho el milagro
De tenderle un nirvana de vacío
Y de incendiar las furias
Que nunca tuvo caso
Mantener en el puerto
Sobre el regazo
La fotografía de un actor alemán
Sonríe desde la muerte
Y ya nada hay qué temer
Porque ya nada hay qué esperar

La marea del recuerdo
Arrastra mil objetos a las playas
Del tiempo
Tarros cajas botellas de vidrio
Signos de interrogación
Y signos de la incertidumbre
Degolladas vocaciones y penas arrinconadas
Cuadernos para iluminar
Y la imagen de un niño
Que juega al alquimista
En un jardín de bugambilias
La voz de una madre
Llama desde otro tiempo
Y dice siempre las mismas palabras
Entre pitos y flautas

Pero todo está muerto ya
Y vivo
Todo fue real
Y todo es ilusorio /

[Miércoles 5 marzo 2014. Saltillo, Coahuila. UPN. 9:17 am]

 

III

Me han dejado a solas
En esta casa sola
Casa de fieras agazapadas
Tras las puertas
Y de plantas tropicales
Cuyo follaje penetra los muros
Y fija sus raíces sobre el tejado
Casa de fiordos y de nieve
De cumbres azotadas por un viento ártico
Casa de salamandras y de peces candentes
Casa en llamas sobre un iceberg
Que gira lentamente dentro de un alambique
En el laboratorio de un alquimista loco

Llamo y me responde Nadie
Clamo a ciegas pido la limosna
De un mendrugo de quién
Todos se han ido
Y me han dejado a solas
En esta casa sola
Más allá zumba la tempestad
Y sé que las nubes han abierto
Un horizonte con sus pugnas fenoménicas
Rompo puertas y ventanas y gritos
Y me responde Nadie con su voz de oboe
Estoy solo solo en esta casa sola
Sola de sílabas y de presencias
Grito por qué me dejan
Por qué me abandonan en esta casa sola
Como a un niño que han castigado
Por no haber hecho sus tareas de esclavo

Qué hice mal qué mal me hicieron
Qué latigazo me fustigó en la oscuridad
Bajo una aceptación de carta adivinatoria
Qué vestido de niña se descolgó del ropero
Para venir a pegarse sobre esta piel atónita
Qué bestia osó pisar la tierra virgen
De un jardín iletrado
Hablen digan algo repróchenme
Lancen sobre mi cuerpo de hule
El escupitajo el proyectil de mierda del rechazo
No teman lastimarme
Siempre supe que mi sombra era provisional
Y que soy un avatar que no debió jamás
Ocupar este cuerpo equívoco
También mi nombre es otro y otro mi rostro
Y otras las escamas que cubren mi piel anfibia

Mamá papá hermanos míos
Por qué me dejan solo en esta casa sola
Que finge protegerme de la jungla nevada
Por pura compasión y por la lástima
Que las buenas conciencias fraguan ante el desamparado

Mamá papá hermanos míos
Yo no quise una escalera por la que transitan espectros
No quise una cajita de puros como caramelos
No quise la estampa de una virgen barroca y exangüe
Ni el organdí de prados y florestas
Juro que no quise un escenario de luces
Para representar el número de las transmutaciones
Yo no quise escuchar el canto del tritón
No quise contemplar un cuerpo gemelo y superado con creces
No quise nunca quise tocar el báculo del forastero
Ni acariciar a puerta cerrada
Las sombras clandestinas que emergen del espejo
No quise nunca nunca quise pero

No me dejen solo aquí
En esta casa sola
Ya se acerca la noche como un ogro de cuento
Sus pasos hacen tiritar mis muros
Y no hay ningún frijolito mágico
Que yo pueda sembrar en el centro del patio
Para que mis lágrimas lo hagan crecer
En un instante de años
Y así ascender por el oleaje de sus ramas
Hacia aquel horizonte
Que las nubes abrieron
Más allá de la nieve de las cumbres
Y la lascivia del trópico

Mamá papá hermanos míos
Vengan por mí antes que el ogro
Llegue a la casa y me tome entre sus poderosos brazos
Y me arrobe y me rasgue y me muerda y me trague
Como si fuese yo una carnal carta de adivinación
O la ofrenda que deja un pueblo tributario
No quiero ser un mártir regocijado en la entrega de sí mismo

Por favor por favor por lo que quieran más
No me abandonen aquí no me dejen solo
En esta casa
Sola /

JTC

Los hombres sin rostro

 espejo

Los Lara de la Ermita y nosotros los Espino nacimos para darnos en la madre hasta ver quién putas queda, así lo estableció mi santo padre don Plutarco, y si él lo dijo es porque así es. Según esto, andaban de perros en La Alameda, y preferí pasar el Domingo de Ramos en la taberna de Petrita mía.
A mediodía llegó mi hermano Esaú y, al fin ave de mal agüero, la bronca era segura, y la hubo porque a los pendejos nunca falta quién les haga segundas. Malhaya, en ese rato Petra llevó bebidas a tres pelaos que cantaban en una mesa. Uno le acarició la panocha, y el "no me agarre porque me apendeja" fue un ponte el saco para el Llanero Solitario escondido en el corazón de Esaú, quien soltó un soplamocos con destino para el atrevido, pero se le pandeó la intención y le pegó a Petra. Se distrajo con el "perdóname, yo no quería", y el pelao aprovechó para tortearle el hocico, cosa que sus amigos le festejaron con una risa que me hizo temblar el corazón del lado derecho. Quizá yo en un momento reflexivo les habría dicho: "guarden sus güevitos y vamos hablando como los hombres", pero ya me había encabronado. Esaú sostuvo de pie la embestida y encaró a su rival con una botella de vidrio que estrelló varias veces contra el suelo, aunque por más que saltaron chispas la botella no se quebraba. Tuve la impresión de que no se quebraría ni en el día del juicio final.
-Será de plástico esa madre-, dijo uno de los tipos y le pegó en la nuca; la botella se hizo añicos contra la pared y Esaú fue a caer de nalgas en el mingitorio. Eso querías, puñales, o quieres un huevito.
-No se conforman con estar pobres, sino hasta locos-, gritó Petra y se encerró en el baño; mi carnal quiso imitarla, aunque no pudo abrir la puerta ni a patadas.
- Ábreme, méndiga, no me dejes con estos vampiros-, lloriqueaba.
-Ya tienes pelos en el ojete y no maduras, carnal-, le dije y desconté al bato. Los demás se me vinieron encima, con la premura del ahora o nunca. Inspirado por la desventaja, los mantuve a raya echándoles sal en los ojos. Un güey se revolcó en las ansias del delirio; otro de plano lloró como puta. Quién quita y Esaú de perdido grite: "socorro, somos unas chiquillas, etc.", pensé, y le aventé el salero por el hocico al más grandulón. Nos trenzamos a las trompadas; y, la de malas, me estaba venciendo.
-Hazme el paro, hermanito-, grité.
Sin embargo, cuando él se apresuraba a descontar a un pelao, otro lo amenazó:
-Si le entras te jodemos una pata, más te vale ser amigo.
Chaqueteó. No había de otra, sino brincar el mostrador, pero Esaú me pescó de una pata. Caí de espalda contra el piso. No sentí tanto el golpe como la soledad maldita, que a veces duele más que la agonía de un gato. No conforme con haberse portado traicioneramente, Esaú intentó patearme el rostro, que es peor que robarle la sombra a un hombre. Le detuve el pie, y aun así me hirió una mano. Con la rabia hubiera querido sacar mi calibre 22 para quebrarlos parejo, pero los hombres del campo sabemos medir entre un pleito a muerte y el juego de las guantadas. No podía gastar las balas, a sabiendas de que los Lara andaban por ahí. Sólo restaba aguantar vara mientras se confiaban o se les iba el santo al cielo.
-Hagan fila, culantros-, gritó alguien de pronto (quién lo hubiera imaginado), había llegado mi peor enemigo, el Pirrín Lara, tumbando cabrones como quien tumba mazorcas.
-Hagan fila, para mandarlos más pronto a dónde ya saben, culantros-, gritaba.
Los batos sintieron el rigor del Pirrín, y prefirieron pintar su calavera:
-Jesús, María y José, patas para cuándo putas son.
Era el Pirrín de siempre.
-Venía a decidido a llevarme cercas y ojetes, mas me frena divisar que en tu sangre aún existen hombres-, me miró con odio y a la vez con disimulo, y le pegó en el hocico a mi carnal.
-Te voy a curar la culez-, le dijo y empezó a desenrollar la riata.
-Pídame lo que quiera, pero no me pegue, porque usted no es mi papá-, dijo en mala hora el que una vez fue mi hermano.
La rabia y la vergüenza se me resbalaron entre la mala suerte y el dolor de huesos. Malhaya, si no quebré al Pirrín en ese instante fue porque en un tiempo fuimos compadres, y a él sólo podía matarlo uno de mis hermanos; ya fuera Tiburcio o el puñales de Esaú, pero no yo, que soy Valente.
-Toquémonos el corazón para ver quién es más puñetas-, sugirió el Pirrín.
Yo esperaba que Esaú se le fuera de perdido a las mordidas, pero el viejo le tocó el corazón y hasta la honra. Cuando quise pararme, se me doblaron las corvas, quizá se me habían dormido por el agüite. Una carcajada fue la respuesta del Pirrín. Te estás chiflando de más, ojete, pensé. El colmo de los colmos fue cuando lanzó una puya que me sigue doliendo hasta los tuétanos más íntimos del sentimiento:
-Chinguen a su madre todos, menos mi compadre también.
Luego puso su cuchillo a mi carnal en la garganta, quien poco a poco se fue hincando ante su maldita suerte. Era el colmo, no tuve más remedio que soltarle un plomazo por la espalda a mi compadre, al fin que de frente o por la espalda todos modos iba a pintar su calavera. Con el resto de la carga hice trizas el espejo: no es bueno que los muertos contaminen la imagen de nuestra salvación. Nomás guardé una bala por aquello de no te entumas. Los vidrios rebotaron contra la pared y en las mesas como rebotan en el mundo las esperanzas.
Petra gritaba en el baño como esquizofrénica, y yo supe que si la vida se salva es por la bendita locura de una hembra.
-Preferible quebrar a un hermano que a un compadre, lástima que olviden la religión, no somos eternos-, decía el Pirrín, mientras se arrastraba como víbora, blandiendo su cuchillo para despacharse a Esaú, quien corrió a refugiarse a la sombra de Elodio el cantinero, que llegaba en ese rato a relevar a Petra en su turno. Mi carnal lo identificó como su ángel guardián, aunque Elodio ya se había miado nomás de ver al Pirrín hecho un lobo feroz.
-Ayúdame, me quieren joder-, imploraba Esaú.
Quién sabe qué malevos recuerdos pasaron por la mente de Elodio, pues su semblante cambió. Y al descargar una botella de brandy en repetidas ocasiones sobre la humanidad del Pirrín, pudo vérsele un siglo de rencor y toneladas de espera callada. El cuchillo voló para estrellarse contra la pared.
-Dame chance de desquitarme-, dijo Esaú, envalentonado, y le arrimó una patada en los güevos. Dos lágrimas cruzaron los bigotes del Pirrín, que apretaba la boca para no dejar escapar los últimos vestigios de su hombría. Quizá no gritó por causa de Petra, quien salió echa madre de la cantina para perderse en los recovecos de la tarde.
- Eres bueno para los trompos, Esaú
-Es que tiré guantes en mi adolescencia, fui muy cabrón.
Qué mal se veía el pinche par de ojetes ante un indefenso macho.
De repente, Elodio jaló a Esaú y lo lanzó a la calle por otra puerta.
-Rápido, llégale. Si te quedas, la paleta será para mí.
-Déjame matar a esta pinche araña a sombrerazos.
-Vete o te arrimo una putiza, ¿no ves?, ahí vienen los policías.
Esaú huyó, y yo me escondí en el water clandestino donde Petra instituyó su centro de operaciones, desde ahí pude atestiguar las maniobras del enemigo.
-Qué putas pasó aquí-, preguntó el comandante.
-Unos pandilleros, jefe-, murmuró Elodio -querían llevarse a Petra a la fuerza y el Pirrín, al fin machito, los hizo parir cuates, querían agarrar pichón y les salió gavilancillo.
-Adió.
-Nomás por puro miedo, lo balacearon.
-¿Cierto, Eustorgio?-, el comandante encaró al Pirrín -. Qué se me hace. Ustedes y los Espino viven agarrados del cogote.
-Nada personal, comandante, asuntos de la borrachera y de mala voluntad, me está llevando la fregada. Ah, tráiganme a un doctor.
-Pues por ahí me contaron que les mataste un burro que para ellos era casi de la familia, ¿qué tal si las cosas llegan a mayores?: no pagas ni con la honra. No seas... (aquí dijo una mala palabra).
Luego de que una ambulancia se llevó al Pirrín, el comandante dijo que acabaría con el crimen así costara tiempo, dinero y vidas humanas, que este momento histórico urge preservar la paz ciudadana y la libertad clandestina de los pueblos. Es puro cabrón el comandante.

Ayer, los Lara se fueron descalzos y a pie hasta Matehuala, por encargo del Pirrín, quien será lo que sea, pero nunca olvidó los ritos de sus mayores, por eso sus perros no han venido a vengarlo. Según esto, al llegar al Hospital, el Pirrín maldijo a los Espino antes de estirar la pata, y eso duele. ¿Por qué matar a un compadre habiendo tanta hiena? Tuve que venadearlo por culpa de Esaú.
Han de venir los Lara en la hora exacta del fin, pero ya me mató la fuerza de mi propia sangre, mi hermano. Por eso, apenas llegue, lo despacho al otro barrio por candil. Elodio sabe de mis intenciones y ha salido dizque a comprar chile piquín.

-Qué pues con esa nuez-, murmura Esaú al entrar.
-¿Qué tengo yo contigo?
Apenas la bala de mi 22 le penetra la barriga me siento el más infeliz del mundo, como cuando me eché mi primera calavera: A Benigno Lara, padre del Pirrín, quien hizo abortar a Petra mi vieja a puros madrazos. Mi vieja, en ese tiempo propiedad de Benigno, había ido al Bar Savoy a pedirle el gasto; él ni la peló, siguió jugando al burro encalabazado con sus cabrones.
Malhaya la hora, mi hermano Tiburcio, otro puñales, quiso abusar de ella.
-Por caridad-, imploró Petra, -no me haga daño, señor, porque estoy preñada.
-Perdón-, dijo Tiburcio, y se sentó llorar en una mesa como una chiquilla.
Benigno se enfureció como nunca lo había hecho, ni lo hará más.
-Conque andas panzona ¿eh? ¿Acaso me pediste permiso?-, todo fue oírla y arrinconarla a patadas hasta hacerla gemir con la intensidad muda de los pájaros entre hormigas y cuando saborean el último rastro de luz.
-Por piedad, máteme en la casa; aquí, no.
-Cállate, no tienes derecho ni a ladrar. No te cuidaste por pendejismo.
Benigno le soltaba más patadas, y los gemidos de la mujer poco a poco me congelaron las quijadas, y sentí tan caliente la mollera que, sin decir agua va, desenfundé la pistola y mandé a Benigno en busca de su maldito ombligo.
Después me amarré a Petra, y ahí comenzó una historia no apta para oligofrénicos.
Cuervo enloquecido, la sangre de Esaú escapa por las heridas y me duele, me vale, o no sé. Quisiera darle otro balazo en la cabeza. No, le voy a cobrar caro el destino del Pirrín, muy cabrón pero era mi compadre. Le arrancaré la sombra del rostro a navajazos, así, así.
-Ande, cabrón, qué sería de nosotros, si no existiera la muerte.
-No, Valentín, ya no. Tenme un poquito de lástima.
- Ora sí ¿no?, pero qué tal ora que me hizo pecar contra mi compadre.
Desconocido de sí mismo se convulsiona, jala aire por el hocico, cansado tal vez, pretende alargar su eternidad, ya perdido en esta vida y en la otra, el puro hueso, porque los hombres sin rostro no tienen alma. Gimotea. Así lloraba de niño cuando la bondad lo visitó por accidente. No hay salvación para él, ni aspirará al cielo de las luciérnagas o el de las rosas. Sólo habrá sitio para su alma en tinieblas donde poco abona el dolor y la sangre grita desde las entrañas de la tierra antes de borrar el perdón de la existencia.

Poemas y relatos

 

BAR MELENDESIANO
RETRATO

Mi madre, aunque no era Santa Teresa,
hacia milagros que sólo trascendían
entre sus familiares, nunca levitó, mucho menos
fue traspasada por la lanza del Querubín
de las Trasverberaciones y ningún cura
hubiera sugerido al Vaticano incluirla en la cola
de beatos que aspiran a ser santos.

Uno de sus milagros fue en el rosal donde
logró fijar el gran afecto que sentía
por su hermano y cada vez que cruzaba
de la recamara a la cocina, las flores de rojo
aterciopelado se iluminaban con el recuerdo
del tío Héctor que lo trajo de regalo
en una de sus visitas desde Tampico.

En el tallo de ese rosal diariamente se celebraba
un combate por el dominio del jardín hogareño
entre Dante el gato y el perro Azabache.
Sin embargo los orines de los machos en guerra
nunca hicieron mella al Barkarole siempre floreciente
que mi madre humedecía con agua de lluvia
que almacenaba en un tonel tapizado de musgo.

Recuerdo que el tío Héctor usaba unos lentes de sol
como los de David Niven, que hincado recibía
la bendición de mi abuela al despedirse. También
lo recuerdo en una sobremesa comentando
que entre llantos de ballenas náufragas y mensajes
intergalácticos había oído en su radio de onda corta
a la Piaf cantando desde Francia la vie en rose.

 

LANDSCAPE

Hay un naranjo en flor y bajo él descansa un ángel;
pude ser el del Delirio, o una copia de mi Custodio
con un lirio de lino como espada, y en su espalda
dos alas de cartón como el de la pastorela
de la parroquia pobre en que me bautizaron.

He tú, viejecillo patuleco, me aconseja,
mientras retoco el cuadro para la reseña
de los artistas de la brocha sin cerdas,
da tus primero brincos de canguro
sobre las rocas silíceas de la luna Europa
y no olvides remendar tu ignorancia
y ya no digas sífilis a las Sílfides
ni confundas las Erinias con las hernias.

Las urracas chiflan su candombe vesperal.
Los geranios salpican de sangre el jardín
y tu traduces a Tranströmer sin saber sueco
- cuando él escribe tysta rumen en lugar de
silenciosa estancia escribes cuarto de cabezas
como si Tomás estuviera hablando
del almacén donde guardaba los despojos
el verdugo de la Revolución Francesa.

Las sombras se toman de la mano
y se funden en una oscuridad total. Tu cuadro
será rechazado de la bianual del arte ambiguo
con todo y el berrinche de tu maestra Rojo.

-Malo, malo, Wino Bill, repite, el visitador volador,
tu girasoles parecen ortigas de Atacama
tus ortegas tienen pico de ornitorrincos;
y así se pierde uniéndose a una parvada de zuritas
que emigran hacia Puerto Williams,

Una gota de lluvia da principio a la tormenta,
las ranas se preparan para copular.
Antes de los relámpagos yo tomo
mi bastón y cojeando me voy a dormir.

 

DESDE EL CHARALITO

Desde el Mercado Estrella creo asistir
al Mediodía de la Noche del Mundo aquí
en este bar que se llama El Charalito mientras miro
pasar a los viandantes cargados de frutas y verduras
y observo a los clientes dispersos en las mesas
que escancian caguamas que sudan hielo,
y chocan sus vasos desechables como si fueran
apóstoles de la Inopia que celebran
la resurrección anual del inmortal Dionisos.

Ahí cerca, convertida en Mastodonte Blanco,
está la escuela donde el teacher Wino Newton
me reprobó por pronunciar el inglés
como mojado en los campos de Arizona.
También hay dos templos, uno junto al otro,
en ellos los fieles con su fe convierten
la fibra de vidrio en espíritu y piden al Cristo
la cura de un enfermo, empleo para el cónyuge,
o que el hijo desaparecido no haya muerto.

Digamos que esta cervecería es un resguardo
que visitan los afectados por el Dolor Inefable
y la Carencia Desmesurada, por la Falta de Paz
y la Perturbación Galopante –pestes,
que el Dios de la Misericordia con todo
y su omnipresencia no detecta
mientras nuestra ciudad es azotada
por estos cuatro jinetes que la convierten
en un yelmo inhabitable.

Salud compañero pensionado que se tiñe el bigote,
salud gigantón que duerme siesta como si estuviera
debajo de un fresno, salud machetero con la sal
de su sudor estampada en la camisa. Brindemos
como si Dionisos desde la barra festejara
con nosotros su retorno, mientras la televisión
proyecta un noticiero vespertino insulso
y afuera un comprador regatea el precio de las uvas
y otro cuida que no le den gato por liebre.

 

VARIACIONES DE UN FRAGMENTO DE TEILLIER A PROPÓSITO DE UN AMIGO DE INFANCIA RECHAZÓ MI INVITACIÓN A COMPARTIR EL FACEBOOK.

Acuérdate que te recuerdo
con el mismo afecto imborrable que brota
al pensar en tu gemelo muerto,
cuando los tres jugábamos imitando
a Blue Demon o al Santo entre las hojarascas
de los nogales de la finca de tus padres.

Si no te acuerdas ni modo.
Al fin y al cabo el desprecio de los amigos
es pecado menor para los que como yo
hemos sufrido por 20 años el desasosiego
que produce un amor mal correspondido.

Siempre recordaré la piedad católica,
la tuya y la de tu cuate, cuando
por diez minutos me prestaban las bicicletas
que el Niño Dios regalaba sólo
a los hijos de los ricos.

Siempre te recordaré superándonos
a tu hermano y a mi en la escalada
de los árboles hasta alcanzar la rama más alta
donde colgaban los duraznos
reservado al picotazo de los cenzontles.

De los cenzontles que iban de un huerto a otro
y alegraban con su canto los atardeceres
de nuestro pequeño y pacífico pueblo.

 

EL CRIMEN DE LA CALLE TAPIA

En el once once de la calle Tapia suceden fenómenos desconcertantes, los expertos religiosos y científicos que los analizan no logran ubicarlos. Los fuegos fatuos que rondan en su patio, por más que escarben no pueden encontrar de donde emanan, su evidencia luminosa palpita entre las penumbras como inquietas luciérnagas y hace pensar a los supersticiosos que ahí yace el cadáver de un niño sin bautizo. Los ruidos también son un enigma y entre ellos el más relevante proviene de una radio sin bocinas arrumbada entre los escombros que trasmite un canción que estuvo de moda en los sesentas: Angélica María, como si hubiera afinado su garganta con extracto de hígado de hiena, canta Eddy Eddy a dúo con Paloma, la hija muerta de doña Águeda, la dueña de un albergue que estuvo instalado ahí hace ya mucho tiempo.

Aparte del tenebroso dueto entre La Novia de la Juventud de hace medio siglo y el espectro de Palomita, los viandantes del barrio de la Luz en donde está situado este relato, al pasar por ahí escuchan declamaciones que vienen desde el fondo. La Doctora en Letras Luisa Fernanda, que no tiene nada que ver con la de la Zarzuela, sin atemorizarse por las amenazas malignas que resguardan la ruina, ha ido a investigar el caso y reconoció, lidiando con múltiples interferencias, versos de Pita Amor, Olga Arias y Juanita Soriano. La raíz de esta cuestión tal vez está en las reuniones que ahí ocurrían. Una anciana que frecuentaba las tertulias que doña Águeda celebraba cada sábado, declaró que debajo de un frondoso aguacate, del que sólo queda su tronco chamuscado, acompañadas de un flautista y con una ponchera llena de Coca Cola y Blanco Madero la velada sucedía entre poemas y libaciones edificantes. Pero ahora distorsionado por ondas negativas el canto se envilece y sin el dinámico acento de los recitadores esas gemas del arte se convierten en deletreos gimientes y al fugarse a la calle hacen taparse los oídos hasta los borrachos bien servidos que salen de El Casino, un bar que queda ahí cerca.

Hay también otras visiones menores, como la de una sirvienta de Higueras Nuevo León que escribe con carbón en el tiro de la chimenea una receta de cabrito en salsa que se llevó a la tumba. – Ah sí, declara una gorda que parece gemela de Chachita, es la sombra de doña Delfe, agregando, que cuando alguien trata de copiar los ingredientes estos se borran de inmediato al llegar al orégano y si un vivo pretende hacerlo por etapas, en su segundo intento un puñado de ceniza le nubla la vista como si la aparecida lo arrojara tratando de advertir que no quiera pasarse de listo.

Como bola de alud la leyenda del once once ha ido in crescendo y de chisme de amas de casa mientras barren la banqueta se convirtió en posible argumento para escribir una novela de suspenso. Es de esperarse que algún Edgar Allan Poe ranchero acuda al lugar de los hechos y antes de que la cámara de un reportero lo filme monte un escenario postizo desparramando sangre de pollo en los lugares donde, según sus elucubraciones, el asesino arrastró a su víctima después de destriparla. El morbo siempre se vende y es muy posible que la pluma de un arribista está ya trabajando sobre el tema para lograr una narración sensacionalista sin la técnica ni el talento necesario para que el Asesinato, como quiere De Quincey, sea considerado como una de las Bellas Artes.

Mientras tanto, el Padre Primitivo, cura de la parroquia de la Luz, acompañado de su corte de Hijas de María acude cada quince días al inmueble y práctica inútiles exorcismos. De nada valen el papel manteca, la sal, el agua de azahar, las cinco veladoras de parafina, el velón blanco y la campanita que un acólito va sonando durante toda la ceremonia para espantar las furias del Maleficio: los fuegos fatuos siguen advirtiendo que ahí hay un entierro clandestino, el ánima de Delfina no deja de burlarse de los que quieren profanar su secreto culinario y el alma en pena de la joven muerta busca a Angélica María por todo el cuadrante de la radio inservible para cantar con ella el twist que desde su estreno ya era una porquería.

Pero el misterio más hermético, entre toda este maraña tejida por lo insólito en un espacio tan simple, está en el fallecimiento de Palomita. Una señora que de joven trabajó en la tintorería que había enfrente, al ser interrogada sobre la tragedia dijo: no, no, falleció de muerte natural, el asesino fue un huésped rumano que se instaló en el albergue por una semana en espera del pollero que se encargó de cruzarlo el Río Bravo. Ese pinche güero, refirió irritada, se le metió a la cama mientras la madre roncaba como osa y de un chupetón envenenó la sangre de la joven como si sus incisivos fueran colmillos de cobra. Sin embargo había quienes no estaban de acuerdo con esa historia, les parecía un pésimo argumento para un film de horror y manejaron otra visión menos fantástica sobre el lamentable deceso.

La finadita, respondía don Conrado, si una cliente venía a su abarrote con el cuento del vampiro violador, fue víctima de su propia imprudencia; la pobre, siguiendo los consejos que Irma Serrano dio en una revista, se puso a achicharrar los vellos de sus piernas porque, según la diva, al chamuscarlos suspendía su crecimiento y al renacer no ennegrecían como sucede si alguien los afeita. Muchacha zonza, siguió explicando, en un descuido la flama de la vela prendió su crinolína y de inmediato las llamas la abrasaron como si fuera de paja y no de carne. Y fue por eso, agregó levantando el índice como fiscal enérgico, que en su velorio no destaparon el féretro porque su rostro quedó desfigurado por la lumbre. Fue un mero accidente, dijo con aire de dignidad, y no como murmuran las lenguas viperinas, que doña Águeda no quería exponer el cadáver por a temor a que notaran la marca demoníaca, que según dicen los pendejos, dejó en su cuello el huésped transilvano que, después de mordisquearla, le quitó la honra.

 

ESTAMPAS RURALES

A: Genaro Saúl Reyes

Sobre las nubes que cubren la cruz de la parroquia de San Pablo, los jueves de Corpus Christi, reposa una paloma blanca apoyada en una sola pata. Los fieles creen que es el Espíritu Santo pero según afirma el Padre Luna, esto no es factible porque gran parte de la área que comprende la diócesis esta llena de herejes para tener el privilegio de contar con tan distinguido visitante.
A una cuadra de la iglesia referida está la casa de mi madre y en su jardín, una albahaca que creció en un lata de chiles y un romero que le regaló su comadre Oralia, yerguen sus hojas, sueltan su fragancia y depuran el aire enrarecido por el chiquero del vecino y el humo de la motocicleta del vendedor de carne de venado.
Un poco más allá, antes de cruzar el arroyo seco que delimita el camposanto, en un barrio conocido como La Calavera vive la dueña de la fonda de menudo donde acuden los borrachos a curarse la cruda, es una viuda que de joven trabajó en el abarrote de mi abuela. Enriqueta, como se llama, por las tardes descansa del tormento de las várices en una mecedora que coloca en la puerta de su negocio. Ahí, aparte de tejer zapatitos de estambre e intrigas, le gusta recordar a su marido con música de Chelo Silva. Ahora, por ejemplo, mientras escucha Imploración tiene una Norteña bien helada en la mano y un gato en el regazo. Ni ella ni el animal detectan la ronda frecuente de las ánimas en pena y mucho menos, porque hay un océano de por medio, escuchan el llanto de la sirenas en busca de Odiseo sin saber que hace siglos el héroe retorno a Ítaca y murió mientras quitaba las garrapatas a Argos su perro.
Volviendo al templo de San Pablo, comentan que el recinto sagrado está siendo invadido por un Demonio Tentador. A las Hijas da María cuando macheteaban versículos de los evangelios, las agarró desprevenidas, y aunque la mayoría eran solteras de más de 50 años, a espaldas del sacerdote, les dio por colocar a San Antonio de cabeza y al pensar en las faenas del tálamo de inmediato la estalactita de su gruta íntima les mojaba los calzones aunque el goteo lubricador fuera en balde. En las fauces de ese mismo chamuco, Honoria, la Presidenta de la Vela Perpetua la que fuma cigarros de acelga para calmar el asma, la que dibuja una cruz de cal bendita entre sus senos para ahuyentar a los vampiros, apretujando las cuentas de su rosario ante el altar de Juan Bosco, su santo favorito, le suplica que la haga olvidar al joven plomero que mientras reparaba una fuga de su baño, sin pelos en la lengua, le dijo: -señorita Domínguez si usted gusta yo le puedo dar una desarrugada.

 

 

Historia de una vocación fallida

 CHUYDELEON

FIDENCIO GORRIÓN LO HABÍA INTENTADO TODO. Bajó de Internet cuantas convocatorias de certámenes literarios, becas y editoriales había encontrado. Se hizo amigo de cuanto funcionario cultural agarró hueso. Se coló como pudo en encuentros de escritores y no faltó a ningún evento en el que se presentara algún escritor importante. Gastó en fotocopias buena parte de sus magros ingresos como vendedor de pozole y tamales, para no hablar de los gastos de envío por correo a las ciudades sede de los concursos o de las becas. ¡Y nada!
El colmo: cuando se enfrentaba en su mesa del café de siempre a su taza de siempre, tomó el periódico y le resultó tan sorpresivo lo que encontró que estuvo a punto de ahogarse con el líquido caliente y comenzó a toser y escupir. ¿Cómo era posible? ¿A ése? ¿Precisamente a Febronio Gallo le habían otorgado el Premio Estatal de Cuento? Pero si cuando conoció al tal Febronio no sabía ni escribir su nombre.
Había sido alumno suyo en un taller de literatura que tuvo la oportunidad de dar en una Casa de la Cultura (ahora convertida en Centro Social que alquilan para bodas y quince años). El taller nunca se lo pagaron. La Casa de la Cultura desapareció con todo y su director. El Municipio estaba dispuesto a pagarle solamente si se quedaba trabajando como mesero en el nuevo Centro Social. Febronio opinó que Fidencio no debía hacerle el feo a la propuesta, después de todo, los meseros podían echarse sus tragos, discretamente, siempre y cuando no desatendieran las mesas.
Fue así que lo perdió de vista hasta que encontró su foto en el periódico. "¿Qué queda por hacer?", pensó Fidencio mientras se dirigía al Mercado para comprar los ingredientes para el pozole y los tamales. Veinte años atrás, todos sus amigos lo consideraban una promesa de la literatura. Su coordinador de taller, un centroamericano, moreno, chaparro y de lentes muy gruesos, que había llegado al país exiliado durante los años ochenta, le aseguró que, si se ponía a trabajar y era constante y disciplinado, escribiría algún día páginas dignas de figurar en los libros de primaria, pero al chaparro coordinador le preocupaba que su pupilo fuera totalmente insensible a la ironía.
—Eres demasiado rígido, Fidencio —le decía—. Aflójate.
Pero Fidencio nomás no encorvaba el espinazo. Como escritor y como persona permanecía rígido y solemne.
Mientras le pesaban la carne para los tamales, llegó a la conclusión de que necesitaba un milagro. Su madre le había inculcado una religiosidad muy profunda: siempre la acompañó a misa y, cada que enviaba un libro a concurso (o que solicitaba una beca), le prendía veladoras a San Juan de la Cruz, prometiendo que, si ganaba beca o premio, iría a dejar como ex voto una péñola de plata en el altar.
Nada... En cierta ocasión, perdió la paciencia y le preguntó a uno de los jurados de un certamen de poesía por qué ni siquiera mención recibieron sus coplas. El interpelado se encogió de hombros y dijo:
—Tus poemas me parecieron insulsos: ¡Eres un aburrido del demonio!
Fidencio no dijo nada: su santa madrecita le inculcó que debía perdonar y poner la otra mejilla.
Había comprado la carne, las verduras y el maíz, pero le faltaban las especias. Siempre dejaba esa compra para el final. Sabía que tendría que pasar por esa zona del Mercado donde vendían los amuletos mágicos, los untos y los rezos heréticos con los que se hacía brujería. Su madre, cuando él era niño, al pasar por esos puestos se santiguaba y lo jalaba de la mano hacia la salida más próxima. Fidencio pensó: "Todos estos años he sido un devoto fiel y no he obtenido nada. Ha llegado el momento de pactar con las fuerzas de la oscuridad".
Y con el mismo paso decidido con el que Darth Vader se enfrentó a Obi-Wan Kenobi, entró en el pasillo más tenebroso del Mercado.
Cuando llegó a su casa, después de dejar en la cocina las dos pesadas bolsas de comestibles, vació sobre la mesita de centro todo lo que había adquirido. Preguntó en un puesto y otro sobre los remedios que existían para ganar concursos literarios. Como los encargados no le entendieron, él simplemente argumentó que buscaba algo para la buena suerte. En cada puesto había como tres o cuatro productos que servían para lo mismo. Los que no eran polvos eran pomadas o sahumerios. Todos eran infalibles, todos estaban garantizados y probados. ¿Por qué? ¡Quién sabe! Así lo decían las etiquetas.
Fidencio se decidió por los polvos: el de la Calavera, el de Venus, el del Jorobado, el Quiéreme Siempre (hecho con patchuli), el Del Sol, el Yo Puedo Más que Tú, el Del estudiante (un polvo antiburros, supuso Fidencio), el de Ziguaraya, el Amarrador, el Tripas del Diablo, el de Los Cuatro Vientos, el Corta Odio, el del Chango Macho, el Arrasa con Todo, el Cuerno de la Abundancia... Todos invariablemente debían aplicarse después del baño, algunos rezando una oración y, sólo en el caso del Arrasa con Todo, había que marcar en el piso con el polvo una A y una O. Fidencio decidió probarlo: le pareció el más efectivo.
Se levantó más temprano que de ordinario al día siguiente y se metió al baño con el Arrasa con Todo. Después de bañarse, marcó las letras cabalísticas y rezó. Su voz reverberó, temblorosa, entre los azulejos. El blanquecino vapor comenzó a oscurecerse y del excusado comenzó a salir un denso olor a azufre. La llave de la regadera se abrió de golpe, expulsando humo color violeta que se materializó en un gigantesco reptil de ojos enormes. Fidencio estaba boquiabierto.
—¿Tú me invocaste? —le preguntó el monstruo.
—Soy un escritor y quiero que me ayudes a ganar muchas becas y premios —respondió Fidencio, tartamudeando.
—Eres un estúpido. ¿No sabes que yo espero a que los ingenuos me invoquen sólo para devorarlos? —dijo el monstruo. Luego se comió a Fidencio de un bocado y desapareció en un chisporroteo.
El baño permaneció silencioso por segundos. Otro nuevo chisporroteo y apareció el monstruo nuevamente con cara de enfermo y vomitó de golpe. Fidencio cayó al suelo cubierto de una baba verde y pestilente. El monstruo, resollando y agarrándose el estómago, le gritó:
—¡Guácala! Eres pesado e insulso —y desapareció en un estallido.
Fidencio meditó mientras tomaba otro baño en lo mucho que tienen de "demonio" los críticos: ninguno lo traga. Decidió probar otro remedio menos arriesgado y se decidió por la oración a Pancho Villa, pero necesitaba conseguir una foto del legendario Centauro del Norte e improvisar un altar para prenderle veladoras.
No le fue difícil. Su difunta abuela conservó una foto enmarcada del caudillo revolucionario, a la que misteriosamente agregó un moño negro. Su mamá le contaba a Fidencio que su abuela decía:
—Ése es tu papá, Cleotilde. Yo lo conocí un día en la tienda donde trabajaba y hasta le vendí un sarape. Prometió volver y verás cómo se acuerda y viene para conocerte.
Llegó la parte cansada. Fidencio se puso de rodillas mirando hacia la puesta del sol y repitió trabajosamente durante nueve días la oración, impresa en un cartoncito que tenía la apariencia de haber sido destinado originalmente para otros propósitos. Al noveno día, Fidencio se acostó temprano y soñó que iba en un tren y que formaba parte ni más ni menos que de la escolta personal de Villa.
El Centauro iba conduciendo el tren, mientras Fidencio se encargaba de echar carbón en la caldera de la máquina.
—Mi general, quisiera pedirle un gran favor —dijo Fidencio en sueños.
—Pues usted dirá, mi muchachito.
—Quiero su bendición para meter a concurso este libro.
Fidencio sacó de entre sus ropas un cuaderno escolar lleno de poemas. Villa tomó aquel cuaderno y lo hojeó sonriente.
—Ah qué caray, esto no lo puedo arreglar con esos vales que firmo y que se pagarán cuando ganemos la causa, pero puedo hacer algo mejor —y arrojó el cuaderno adentro de la caldera.
—¿Por qué hizo eso, mi general? —preguntó Fidencio angustiado.
—Así serán más útiles. A mí no me consulte sobre esas cosas. Yo no sé leer ni escribir. Los vales los firmo con una cruz.
Fidencio despertó y lo primero que hizo fue desmontar el altar y colocar el retrato de Villa en el fondo del ropero, debajo de los dientes postizos de la abuelita. Revisó el resto de los polvos que había adquirido, pero ninguno parecía adecuado para sus propósitos: había para callar chismes, alejar malos vecinos, tener paz en el hogar, sanar al maleficiado y dar libertad al encarcelado... Nada que pudiera serle útil...
Y entonces fue que se le ocurrió una gran idea...

GUDELIO MALPICA, NARRADOR EN CIERNES Y GENIO incomprendido, se encontraba leyendo el periódico en la fondita donde solía ir a comer y que estaba a la vuelta de la ingrata oficina burocrática donde trabajaba. Estuvo a punto de atragantarse al leer los resultados del Concurso Latinoamericano de Cuento al que había enviado obra. "No puede ser —pensó—. Otra vez ganó Febronio Gallo. ¿Pues de qué privilegios goza ese cabrón? ¿Con quién estará cogiendo? Concurso que sale, concurso que gana".
Su tía con la que vivía de arrimado era fanática de los adivinos, los amuletos, las limpias y cuanto mejunje vendían en los mercados. Gudelio ya no lo pensó. En cuanto terminó de comer, y aprovechando que todavía le quedaba tiempo para volver al trabajo, se dio una escapada y anduvo preguntando por los pasillos del Mercado dónde podrían venderle algo que sirviera para provocarle mala suerte a un escritor rival.
Le indicaron un puesto nuevo especializado en filtros de talento, sahumerios para obtener premios literarios y figuritas de la Santa Muerte sentada frente a una computadora para maldecir a rivales de la pluma. En el lugar también vendían tamales y pozole. El puesto ostentaba el siguiente letrero: "Polvos milagrosos del poeta Fidencio. Pase usted".

(Imagen tomada de Internet / Derechos reservados por el autor)