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1968: El Movimiento Estudiantil

Mi madre cuenta

Mi madre cuenta

que nací hambriento;

era rechoncho y colorado

(dice);

tenía una cuna

heredada de otros niños

-mis hermanos-

y por eso tengo

la sangre de colores.

"Naciste hace más

de veinte años,

atormentado, predispuesto".

Pero miente, mi madre miente,

porque yo nací

"... un día

que Dios estuvo enfermo,

grave",

nací una tarde descubierta

entre gritos y otras cosas

que me duelen:

Tlatelolco, dos de octubre.

 

Óscar Wong

(De su primer poemario He brotado raíces, Edit. Katún, Méx., 1982, p, 13)


 

El 31 de julio de 1968, para amanecer el primero de agosto, con la irrupción del ejército (muertos, heridos, detenidos) y la destrucción de la puerta de la preparatoria de San Ildefonso con el bazukazo (prepa 1 en la mañana, prepa 3 en la tarde), inició el movimiento estudiantil. Ese mismo día se creó el Consejo Nacional de Huelga. Fui detenido por los militares en la dirección de dicha Prepa 3. Nadie advirtió la belicosidad del sistema político mexicano. El proceso inició y culminó con violencia el 2 de octubre, con los mismos resultados (muertos, heridos, detenidos). El sistema siempre actuó igual: con virulencia inusitada. Qué ciegos y torpes fuimos. En fin. Festejo seguir vivo.

Hoy, 2 de octubre, va un abrazo solidario a todos los sobrevivientes de ese hecho.

 


Estación Infame: crónica del 68 en Saltillo Coahuila

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La primera noche dejaron la luz encendida hasta que amaneció. A la noche siguiente la apagaron después de que me quedé dormido. En algún momento me despertaron los movimientos bruscos de los soldados y de alguien a quien echaron como costal de papas dentro del salón improvisado como cárcel. Ya tenía compañía.

El preso número dos era acaso un preparatoriano y pertenecía al Partido Comunista, según me confió en las pocas frases que logramos intercambiar. Nos ordenaron permanecer en los extremos del salón y teníamos prohibido hablar entre nosotros. En un cuartel donde se mantenía a los soldados en el analfabetismo constitucional, lo cual parece aún norma vigente, era difícil alegar violaciones a nuestros derechos humanos. Así que decidimos comunicarnos clandestinamente mediante breves mensajes escritos en un papel de estraza. No recuerdo su nombre, sólo su figura delgada y su mirada vivaz. Fue el primero y el último militante comunista con el que hablé en Saltillo donde vivía desde principios de la década. Eduardo R. Blackaller era comunista, pero sin partido a la vista de él percibíamos sólo su marxismo elegante, su propensión pontificia, su cultura y destrezas musicales y unas botas rusas con las que regresó de Moscú y que –creo no equivocarme– aún calza.

La izquierda formal de la ciudad se mostraba tranquila y pintoresca. Encarnaba en el conocido profesor Casiano Campos, circunspecto autarca del Partido Popular Socialista. Tenía sus oficinas en una casa de la calle Zaragoza donde exhibía un par de autos rusos puestos a la venta para financiar –ese era el supuesto– las actividades de su partido. Nadie jamás vio un auto ruso rodar por las calles saltillenses y aquellos que estaban en exhibición exhalaban aires de museo y daban la sensación de hallarse incómodos, pues apenas cabían en el espacio a ellos destinado.

Había otro militante de izquierda: el C. Adrián Rodríguez García, Economista non por modestia, que hacía circular manifiestos casi todos los días –algunos de ellos bilingües– en donde llamaba a proclamarlo diputado por todos los distritos de Coahuila, o bien Presidente de la República. Creador de instituciones como el Banco Universal cuyo principio era de fácil comprensión: si a alguien le sobraba el dinero, que lo tirara a la calle, y si a alguien le faltaba, que lo recogiera; los Niños Farolito, o la Universidad Universo (UU), y de axiomas crípticos que aparecían en sus escritos firmados sin fecha para que no prescriba la acción y dirigidos a Pekín, Washington, Moscú y/o el Vaticano. En sus campañas políticas llegaba a pedir cincuenta, cien mil dólares, pero se conformaba con un peso si el aludido no tenía más para aportar a la causa.

Hasta la madrugada del 21 de septiembre de 1968, los comunistas de carne y hueso eran para mis seres pertenecientes a la zona crepuscular. Después supe que un grupo de ellos había estado presente en la mesa redonda convocada por la Asociación de Estudiantes de Saltillo en el Tecnológico de Monterrey para discutir los sucesos en torno al movimiento estudiantil y las respuestas del poder público a sus demandas.

Algunos recordarán que los estudiantes del Tecnológico y la Universidad de Nuevo León (aún no era autónoma) marcharon juntos por las calles de Monterrey en solidaridad con los universitarios y demás estudiantes reprimidos por el gobierno de Gusto Díaz Ordaz en la capital del país.

A esa mesa redonda celebrada en la Sociedad Mutualista Manuel Acuña fui invitado en calidad de periodista. Hacía más de un lustro que venía escribiendo una columna sobre temas políticos en un diario de la localidad: el Heraldo de Saltillo. Los otros invitados eran el estudiante Jesús Oranday y el cura Antonio Usabiaga. Moderaba Armando Fuentes Aguirre, Catón.

La reunión era tumultuaria. Algunos calculaban en dos mil personas el público asistente. Era demasiado, pero para un acto de esa naturaleza quinientos hubieran sido demasiado.

Fue como si una gigantesca ave Roc con el batir de sus alas hubiera empujado a la multitud de aquella noche a escuchar revelaciones o noticias prodigiosas. Simplemente anhelaba saber lo que los medios de información le negaban. Sobraban las muestras de inconformidad, irritación y hasta rencor hacia el régimen que no mucho tiempo atrás había sido recipiendario de la reverencia social.

Entre Arcadia y el sismo social

La universidad en Coahuila era un ámbito sustraído a la polis y al ejercicio ciudadano. Mientras que en otros estados de la República, para no hablar del Distrito Federal, los maestros y los padres de familia apoyaban el pliego petitorio y las acciones de los estudiantes, la sociedad saltillense miraba desde su Arcadia El Año de la Paz como si en realidad ésta existiera.

El ágora, para mí, tenía las dimensiones de una peña en alguna mesa del restaurante Élite: la peña de los intelectuales donde, literatura, política y citas (¿No conoces a Carlos Monsiváis? ¡Cómo!, lo cita Octavio Paz; el repentista e ingenioso Chava Flores contestará: Pues a mi también me citó, pero no fui) se hamacaban joycianamente en la salud del sarcasmo. Otras peñas, la de los aficionados al béisbol o a los toros, la de los médicos y hasta la de los militares se reunían en el lugar. Destacaban en ésta el general Antonio Romero Romero, comandante de la VI Zona Militar donde me mantuvieron recluido un poco más de las típicas 72 horas, el coronel Ricardo Aburto Valencia (entre burlas veras me dijo un día en relación a lo que escribía en mi columna: Usted es muy hocicón; en el mismo tono macho le contesté: Pero sostenedor), el general Antonio Cárdenas Rodríguez y el general Reynaldo Nuncio (donde se apellidaba como yo es porque debía ser mi tío, el hermano mayor de mi padre). Revolucionarios fueron todos.

Había otros breves resquicios por donde se colaba el espíritu insurgente de efectos multánimes. Como en cada barrio de los pueblos del país, Saltillo contaba con numerosos hemerotecas que recibían el nombre de peluquerías. Las revistas que ponían a disposición de sus clientes –Política, Siempre!, Por qué, La familia Burrón, Los Agachados, El Cuento, Life (en español)– aportaban más a la formación de ciudadanos con sus páginas que la escuela con sus pizarrones y maestros desconectados de la realidad.

Sus reportajes, artículos de opinión, fotografías, historias y narraciones eran ventanas desde las que el mundo nos bombeaba los dramas y tragedias del conflicto social que tenía lugar en calles, montañas y selvas. Así supimos de los cubanos barbudos que combatían a la dictadura de Batista remontados en la Sierra Maestra; de la Guerra de los seis días entre árabes y judíos; de los menudos vietnamitas librando una guerra desigual con la barbarie galonada que lo mismo masacró en la pequeña aldea de My Lai a numerosas familias en la mejor tradición nazi, que envenenó las aguas con napalm o lanzó millones de toneladas de bombas sobre los campos y selvas del antiguo Đại Việt; de Jan Palach prendiéndose fuego en las calles de Praga ante los tanques soviéticos; de los estudiantes de Nanterre y París lanzando adoquines a la policía y dejando todo un evangelio de imaginación política y literaria en los muros de la ciudad; de la pesadilla en que se tornó el sueño de Martin Luther King asesinado por las balas del fundamentalismo wasp; de los enfrentamientos en la convención demócrata de Chicago; de los Panteras Negras y del sonido y la furia en los barrios negros de Watts y Newark.

También supimos de las respuestas violentas y violatorias del régimen priista a los derechos y demandas de los trabajadores de la ciudad y el campo (ferrocarrileros, electricistas, telegrafistas, maestros, médicos, copreros); de la guerrilla de Rubén Jaramillo, de Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas, de la de los hermanos Gámiz en nuevos episodios de la lucha por la tierra (Querían tierra, dénles hasta que se harten, dijo el general en el entierro colectivo de los guerrilleros muertos); de las primeras luchas estudiantiles y los ataques de las autoridades en contra de las universidades que alcanzaron un punto crítico en la Universidad Nicolaíta cuyo rector, el doctor Eli de Gortari, un Galileo mexicano, no escapó a la represión.

Las migajas informativas y opiniones tendenciosas de Televisa y El Sol del Norte de la siniestra cadena García Valseca, que obedecían puntualmente a la voluntad presidencial, nos eran compensadas por la información y puntos de vista de esas revistas. En su lectura fuimos accediendo a otro mundo de valores cuyos rostros y nombres eran los de jóvenes como nosotros: El rojo Cohn Bendit, Rudy Dutschke, Stokely Carmichael, Tom Hayden, Mario Savio, Jerry Rubin, Abbey Hoffman, Ángela Davis; jóvenes eran también las figuras del acompañamiento musical encabezado por los Beatles y los Rolling Stones. Y los que no eran jóvenes lo parecían: Jean Paul Sartre, José Revueltas, Ho Chi Minh, Mandela. Símbolo del espíritu insurgente era sin duda el Ché Guevara. Sobre su muerte hice un comentario en un programa radiofónico que tenía (De Boca en Boca) en la estación X.E.S.J. y no pude evitar que el llanto ocluyera mi garganta. Habíamos estado provincianamente orgullosos y candorosamente satisfechos de que, en un mundo de disturbios juveniles, México fuera un islote intocado, había dicho Díaz Ordaz en su cuarto informe de gobierno. Ignoraba el valor educativo de las peluquerías.

Para algunos –yo entre ellos–, las lecturas de ciertas revistas y libros escritos desde el perímetro socialista se fueron convirtiendo en un bagaje existencial. Durante los sesenta, el significado de las tres emes (Marx, Mao, Marcuse) adquirió popularidad. Una cuarta eme, la de Marshall Mcluhan, con orientación ideológica diferente, había aparecido en el horizonte cultural de la época.

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Ingenuidad, crítica y secuestro

Pero leer era una cosa y actuar políticamente otra muy distinta. Mi ingenuidad me permitió hablar en aquella mesa redonda como hablé:

Quisiera advertir sobre el carácter con el cual concurro a este debate: sobre todo para ahorrar trabajo a las mentes policíacas y a los preocupados por las clasificaciones. Soy un agitador, un provocador y un elemento subversivo, toda vez que la lógica pretoriana que nos infesta concluye que quien no hace de sus manos ociosas un aplauso incandescente e indiscriminado, y no ha querido aceptar la dinámica de la felicitación y el agradecimiento, y disiente, y aborda los problemas del país con criterios diferentes de los utilizados por los políticos profesionales, es un mal mexicano que atenta contra los sacratísimos bienes del orden y la paz públicos, estos conceptos de los que la demagogia ha hecho un sayo.

Los políticos de la época estaban blindados contra la salud del sarcasmo, y aunque no lo hubieran estado: para ellos el disenso era anatema. Pero nada peor que al Presidente de la República se lo juzgara de individuo patológico, como yo lo hice esa noche. Era no obstante un lenguaje comedido al lado de los denuestos que le lanzaban en las marchas los estudiantes indignados. En los años inmediatos advertí, leyendo a varios de los dirigentes del Comité Nacional de Huelga, la organización líder del movimiento, que nuestra indignación había tenido por mancuerna a la ingenuidad. De esa mancuerna se derivaron varios de los errores cometidos. Errores que han dado pie a algunos, recurriendo incluso el autoflagelo, para descalificar las decisiones del CNH. Aducen que el 2 de octubre no debió haberse convocado al mitin de la Plaza de las Tres Culturas. ¿Y eso autorizaba la presencia de los soldados de uniforme y vestidos de civil accionando sus armas en contra de la multitud inerme? No, es obvio. Sus participantes no hacían otra cosa que ejercer su derecho de asociación y reunión pacíficas consagrado en la Constitución. La ilegalidad estuvo siempre del lado de sus agresores.

En el curso de la mesa redonda se abordó una de las demandas del movimiento estudiantil: la derogación de los artículos 145 y 145 bis del Código Penal Federal. Aunque mi argumentación no era docta frente a la de los abogados –mis maestros– defensores de su justificación y permanencia, el público se identificaba con el sentido que tenía. Hasta que otro abogado, maestro mío también, hizo el historial y la crítica fundada de esas armas legales al servicio de la persecución y la venganza de los jefes natos.

Cuando la reunión estaba por finalizar, el sentimiento de saber qué seguía dio voz a una adolescente y le preguntó al moderador cuáles podían ser las acciones pertinentes. Armando (Catón) le contestó: hacer pintas, pegas, marchas. Con la malicia política de la que muchos carecíamos, la chica le preguntó: ¿Y usted se comprometería a encabezarlas? Armando contestó: Yo me comprometo. Qué hacer, diría Lenin. Y alguien propuso: un mitin. Yo me hice eco de esa y otras voces que al unísono expresaron lo mismo. Y en un santiamén los de la mesa, y casi el resto, con la excepción del cura Usabiaga, estábamos convocando a un mitin informativo para el lunes siguiente (ese día era viernes).

El mitin se realizó, pero yo no pude asistir como me lo proponía. El domingo apareció un desplegado al que su autor, el cura Usabiaga, titulaba Mitin: Borrachera de ieas. En el libelo, el aggiornado sacerdote señalaba que yo había sido el único responsable de haberlo convocado. A Catón, que se había comprometido a otras acciones, lo relevaba de toda responsabilidad. Mi situación resultaba más comprometedora de lo que yo pensaba. Mis antecedentes revolucionarios, además, gravitaban en contra mía. Un amigo mío (después de la mesa redonda me exhortaba por teléfono a la serenidad en una llamada que fue cuidadosamente grabada) y yo, planteamos el cambio del calendario escolar A al B. Estábamos en el segundo año de la carrera, y fuimos derrotados. El director, don Pancho García Cárdenas, a quien siempre quise malgré tout, renunció a su puesto y denunció a unos lobos que pretendían subvertir el orden de la Escuela de Jurisprudencia. Después de una junta en su casa, uno de sus sucesores salió a declarar que todos estaban conformes y contestes en que por ningún motivo el patriarca debía dejar la dirección. El principio de autoridad se reproducía hacia abajo desde la cima de la Presidencia de la República. Emilio Oyarzabal y yo nos convertimos en perros del mal.

Al día siguiente, después de dejar una carta en la presidencia municipal, cavilaba de regreso a mi casa. Mi padre recibió la noche anterior una llamada telefónica de un hombre que había sido rector de la Universidad de Coahuila y diputado federal, Salvador González Lobo: había una orden de aprehensión en mi contra, le confió. Mi padre me lo comunicó y me pidió, de la forma más aterciopelada posible, que no saliera. Siempre he recordado con cariño ese momento. Hubiera querido obedecerle, pero apenas lo contemplé: sentía haber adquirido una responsabilidad ineludible. Salí para dejar en la presidencia municipal la carta en la que comunicábamos que por la noche haríamos uso de la Plaza de Armas. De regreso a mi casa, por la calle Hidalgo, no reparé en un automóvil marca Chevrolet, verde, sin placas. Tenemos órdenes de tratarlo como a un caballero, me dijo un hombre que me cerró el paso. Otro, a mis espaldas, me tenía ya sujeto por el cinturón. Un tercero esperaba por el costado opuesto del auto.

Pronto, flanqueado por dos de los jayanes vestidos de civil, me veía yo conducir hacia la parte alta de Saltillo. Por el rumbo se hallaba la temible calera, una mina de cal donde –se decía– torturaban a los presos. No iba detenido, como dicen en la jerga sublegal los policías; por lo tanto, mi destino no era la cárcel preventiva de la ciudad. El mío era un secuestro. Y esto era lo que más me angustiaba en mi confinamiento de la VI Zona Militar. Nadie en mi familia sabía de mi paradero. Las horas corrían morosas. No había salido, según mi costumbre, con el libro que leía; por esos días era la novela Paradiso, de José Lezama Lima. Y las noticias que me traía el cocinero cuando me llevaba el desayuno, cuyo menú no variaba del de la comida y la cena (dos tortas de papa), más me deprimían: A lo mejor vamos a tener que hacernos cargo de la situación. Las tortas de papa venían, desde el segundo día, envueltas en papel de estraza pero también en papel periódico. El cocinero había aceptado mi ruego de traerme la primera y vuelta de El Sol del Norte. Como siempre, me hallaba con el vacío. Imposible informarme del curso de los acontecimientos; tampoco entendía lo absurdo de mi reclusión. ¿No eran mi padre y mi tío amigos del general Romero? ¿No tenía yo que conformarme con las declaraciones de Díaz Ordaz en su última Encíclica Presidencial? No admito que existan "presos políticos". "Preso político" es quien está privado de su libertad exclusivamente por sus ideas políticas, sin haber cometido delito alguno. Los actos metaconstitucionales del señor presidente tenían que dar lugar a interpretaciones metalegales. Luego, yo no era un preso político.

Las horas morosas se encogieron escandalosamente la madrugada del último día. Al cambio de guardia, uno de los soldados dijo al otro: Ya es hora, vamos a sacarlo. Se trataba de una broma, por supuesto. Pero yo no podía contener el temblor de mi mandíbula. Sin poder conciliar el sueño y cimbrado por ciertos espasmos, presencié el alba. Dormí hasta después del desayuno. Ese día por la tarde apareció mi padre en el salón donde un día asistimos los estudiantes de la Escuela de Jurisprudencia a un juicio marcial donde un soldado fue condenado a la pena de muerte por haber asesinado a un compañero de armas. Vámonos, Abrahamcito, me dijo como lo había hecho un día remoto en que un amigo mío y yo, que tenía doce años, decidimos fugarnos de casa para ir a Japón (sólo nos faltó cruzar el Pacífico para conseguirlo).

Mi liberación no me exentaba de otros pesares. El mitin, rodeado de policías y militares, había tenido lugar pero sin una conducción adecuada. Óscar, el menor de mis hermanos, denunció como pudo mi desaparición. La respuesta había sido más bien vaporosa. Por otra parte, mi periódico, el Heraldo de Saltillo, había publicado una nota ruin diciendo que se me había visto pidiendo aventón por la carretera Central. Aparte de agitador profesional, juilón. Las presiones y la represión no tenían el mínimo descuento.

Pronto todo volvió a la tranquilidad de la suave patria chica. El jefe de la zona militar, el gobernador, el presidente municipal, el que fuera rector de la Universidad de Coahuila y ahora comandaba a los diputados federales, y todos los demás burócratas de más arriba o de más abajo que habían aplaudido el asesinato de estudiantes inermes, despachaban, comían, bebían y se divertían igual que antes del 2 de octubre. Disfrutaron las Olimpíadas, así como otros las sentimos una ofensa a la injuria de que habíamos sido objeto. En Saltillo, como en el Macondo de la masacre anunciada por García Márquez, nunca pasaba ni pasa ni pasará nunca nada. Sin embargo, un día, al inicio de la década siguiente, los universitarios conquistaron la autonomía para su institución. Y en pleno movimiento, la cantata de Santa María de Iquique se escenificaba en el paraninfo del Ateneo Fuente, donde cursé el bachillerato, mientras en el exterior tenía lugar una asombrosa huelga –por ser la primera de esa magnitud– de los trabajadores del consorcio Cinsa-Cifunsa. El teatro y su doble, nada menos.

A cuarenta años de distancia de aquel momento –mortal para muchos– sólo puedo decir que hago mía la letra de la canción popularizada por la maravillosa Edith Piaf: Je ne regrete rien. Nada lamento y no olvido. Mis convicciones son las de entonces. Los actores, colores y estilos de la realidad política han cambiado; su esencia es la misma. Algunos se han bajado del cuadrilátero. A mí me daría vergüenza el sólo pensarlo.

Monterrey, N.L., octubre de 2008.

Abraham Nuncio.

El movimiento estudiantil del 68 en Argentina

mayo_68_01Cuando la universidad de Nanterre despierta con sus reclamos estudiantiles y con ella despierta a la de París que rápidamente se pone a hacer del cierre de la cinemateca su bandera, los argentinos estábamos en plena dictadura militar. Cuando se instalan las primeras barricadas y los estudiantes comienzan a soñar lo imposible, nosotros circulábamos por el desamparo y sin embargo también soñábamos. No sólo se pauperizaba el país minuto a minuto, se quitaban presupuestos, aumentaban las pestes cuya profilaxis se había abandonado, se despedían empleados y obreros de a miles por la sola sospecha de ser peronistas, socialistas, o algun "ista" parecido, se saqueaba el erario y se multiplicaban a ojos vista los lazos de la Iglesia con la clase terrateniente y los militares, también se fundaba la CGT de los Argentinos con sus líderes Ongaro, (peronista) y Tosco (comunista) y su primer mensaje redactado por Rodolfo Walsh proponía el camino de la liberación denunciando todos los males que sufríamos y proclamando los bienes a los que aspirábamos, como la propiedad privada en función social, los bienes administrados por el pueblo trabajador y los intelectuales en su rol crítico y comprometido porque "si no actúan tendrán un lugar en la antología del llanto pero no en la historia viva de su tierra".

Cuando las calles de París se llenan de citas luminosas plasmadas por los más grandes soñadores y Shakespeare va de la mano de Artaud y de Nietzche y de Breton, nosotros mirábamos a Vietnam y tras las ofensivas a principios de año del Vietcong, difundíamos sotto voce .los métodos represivos de los que hacía gala el ejército americano. Cuando comenzaron las asambleas en la Sorbona, los palos y las piedras de los represores y los gritos de "asesinos" lanzados por civiles de toda laya, los teatros se convertían en plaza pública y juntos marchaban por calles y avenidas Sartre y Beauvoir junto a la muchachada alardosa con semejantes compinches, Onganía reinaba como dictador absoluto y nosotros estábamos obligados a callar. Y si en París el Odeón ostentaba "No hay más teatro que la guerrilla" los teatros argentinos sufrían la censura más atroz, la persecución de sus artistas, el cierre de las instituciones artísticas y el desmantelamiento de las áreas científicas.

Cuando la utopía mayor se ejercía en la voz de Cohn –Bendit durante las jornadas más radiantes del Mayo Francés "El movimiento ha tomado una dimensión que no podíamos prever y ahora, el objetivo es la caída del régimen", nosotros en aquel sur que se ponía cada vez más frío e inhóspito, soñábamos con lo mismo frente a un horizonte que parecía congelado.

En las universidades las pintadas habían dado lugar a las reglas y las normas del poder absoluto, sin embargo utópicos de siete suelas, todavía y por mucho tiempo más creímos que un día, bajo el sol radiante del 25 de Mayo, nuestra fecha de Independencia, ese mismo sol en la bandera, no significaría guerra a secas, ni guerra sucia, ni guerra civil, sino el país que nos teníamos prometido.

Por todo ello desde las sombras se juntan armas, se sueña con la guerra de guerrillas propuesta por los cubanos antes y el Vietcong ahora, y a trece años de la revolución libertadora que había echado abajo al gobierno de Perón, el destacamento Montonero 17 de octubre está por terminar la primera etapa de su preparación en los montes.

A escondidas o abiertamente, con entusiasmo o mirada crítica, seguimos paso a paso cada una de las jornadas parisinas. Tengo clarísimo en la memoria las fotos de Madeleine Renaud y Jean Louis Barrault cuando abren las puertas del Teatro Odeón para que en él se organicen y debatan la vanguardia revolucionaria con todos sus camaradas y simpatizantes. Me parece estar viendo las multitudinarias movilizaciones, las barricadas, a lo largo del Quartier Latin, los policías con sus garrotes, la huída de Charles de Gaulle a vaya saber dónde por unos días y recuerdo sus nefastas declaraciones que nos escandalizaron tanto: se trataba de estudiantes que no querían pasar sus exámenes, argumento que luego modificó para declarar apocalípticamente que debíamos ver en ello los fermentos de una crisis de la civilización.

La derrota de los estudiantes franceses nos lleva a advertir que la lucha debiera ser hombro con hombro con los obreros y las redes solidarias de los pueblos, alguien llega hasta casa para susurrar que la moto del Che se halla en Bahía Blanca, alguien más propone tejer una red de coincidencias entre todos los intelectuales. Aferrados a la esperanza y con nuestros modelos de bandera, nos obstinamos más. Porque el Mayo Francés es de alguna manera la llama encendida que nos catapultará para también nosotros proponernos asambleas en donde pongamos de cabeza al mundo. Algunos lo hacen con mucho miedo y casi en la clandestinidad, otros se yerguen en líderes que encabezan manifestaciones. Poco a poco se tienden puentes, las consignas se multiplican, Prohibido prohibir, y sobre todo La imaginación al Poder. Lo repetimos como tontos al principio, es cierto, lo reescribimos en las paredes de las universidades, no nos la creemos del todo. Pero hay algunos furibundos que están dispuestos a más broncas, algunos que enseñan a hacer de correos entre estudiantes y obreros, entre alumnos de una institución a otra, otros que muestran cómo se prepara una "molotov", y muchos más que practican las nuevas tácticas aprendidas en los libros, en los periódicos y entre los compañeros.

La politización se generaliza. Decir que uno no está en nada avergüenza. La juventud mística que hacía retiros espirituales y realizaba giras católicas para ayudar a los pobres del Chaco o de la Patagonia, abraza la teología de la liberación. Del 24 de agosto al 6 de septiembre de 1968, se realizó en Medellín, Colombia, en el contexto de la aplicación del Concilio Vaticano II, la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Más que un documento, como dicen sus gestores y los que participaron y firmaron los acuerdos, "Medellín es un espíritu, un punto de partida, una perspectiva, el inicio de una tradición autóctona, que continúa haciendo camino, especialmente, a través de una red capilar de comunidades eclesiales insertas en los medios populares. Sin alardes, como brasas en medio de las cenizas de este tiempo de invierno eclesial, pero en fidelidad al Evangelio de la justicia, del amor y de la paz". La otra juventud, la que se dice atea o agnóstica, aquellos a los que la religión no nos importa y no nos convoca, buscamos el acercamiento directo a los grupos marxistas, sean estos comunistas, maoístas o troztkistas, o bien al peronismo de izquierda agrupado en los montoneros, el peronismo de base y otros grupos más pequeños. Los grupos de la Liberación se vuelcan sobre estos últimos.

El 26 de junio de 1969 hace su aparición la FAR, grupo guerrillero que incendia trece supermercados Minimax en Buenos Aires, en repudio a la visita de Nelson Rockefeller, esa operación no fue firmada por la organización, aunque sí reconocida poco tiempo después.

Y exactamente a un año del Mayo Francés, el 29 de mayo de 1969, se produce el Cordobazo, resultado del asesinato de dos estudiantes en diversas partes del país y de un obrero en las calles de Córdoba. Así, lo que nadie podía imaginar se cumple: la alianza entre estudiantes y obreros que salen juntos a decir ¡Basta!, a ponerle fecha límite a la dictadura de Onganía. La represión es tan violenta como la de París, las llagas del sistema se ofrecen a la luz una vez más. Sin embargo la guerrilla está en marcha, la relación universidad-obreros se ha fortalecido, los líderes de estos últimos han decidido tomar el toro por las astas, Agustín Tosco, René Salamanca, líderes de los sindicatos donde se concretan las primeras acciones revolucionarias, discuten con la CGT de los Argentinos estrategias y tácticas y el horizonte antes ensombrecido, ahora nos parece peligroso pero aportador de las buenas nuevas. Se suceden otro Cordobazo, un Rosariazo, un Neuquenazo y así...Por su parte los montoneros ya en acción han secuestrado a uno de los jefes de la Revolución Libertadora de los milicos, el general Eugenio Aramburu, lo han juzgado y ejecutado. En 1970 cae Onganía bajo la presión de todos estos eventos y le sucede un gobierno militar que finalmente tiene que llamar a elecciones.

Un dato curioso: por estas fechas, un año después de los eventos de París llega a la universidad nacional del sur (UNS), un francesito petulante llamado Bruno. Según él, ha estado hombro con hombro al costado de Daniel y ha participado de los gloriosos días de Mayo. Puede enseñarnos cosas, puede abrirnos más esperanzas. Le creemos a medias, los argentinos no somos muy malinchistas que digamos, pero forma parte de las nuevas corrientes de izquierda de la universidad. Allí estudia y allí milita. Lo recuerdo formando parte de las juventudes peronistas montoneras y en el autobús que en el '73 nos lleva a Buenos Aires para recibir a Perón en Ezeiza.

En Latinoamérica el Mayo Francés no fue en vano, como no lo fueron la Revolución cubana ni la figura del Che Guevara, aquel que soñó y probó que podía gestarse un Hombre Nuevo. En eso creímos.

Para Revista Pantagruélica

40 años del 68

Coral Aguirre

Fotógrafo-testigo excepcional del 68 en México

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A Manuel Gutiérrez Paredes lo encontró la historia detrás de una lente oficial; él no la buscó, vamos, ni siquiera, a juzgar por las guías con que identificaba sus fotografías (subversivos, revoltosos, etcétera), tenía otro punto de vista que no fuera el gubernamental. Pero así son los vericuetos de la historia, nunca suficientemente escondida, nunca acallada del todo, porque siempre hay un testigo que, tarde o temprano, dice lo que vio, lo que vivió, lo que registró.

Gutiérrez Paredes, conocido también por el sobrenombre de El Mariachito, debido a su baja estatura, nació en Zacatlán, Puebla, hacia 1923 o 1924. Fue arriero hasta los 13 años, cuando las apreturas económicas lo obligaron a trasladarse a la ciudad de México, y aquí desempeñó diversos oficios hasta que la rueda del destino lo puso en contacto con Ismael Casasola.

En sus inicios fue mozo de la afamada casa de los hermanos Casasola, pero su empeño y curiosidad llamaron la atención de don Ismael, quien lo inició en el oficio fotográfico, encargándole trabajos de principiante.

Así, cubrió órdenes para retratar artistas y deportistas, y muy pronto comenzó a colaborar en varias publicaciones, como Idolos, que posteriormente se convertiría en Idolos del deporte, y más adelante, siempre al parecer de la mano de Enrique Díaz, en la Revista América y Siga, sirviendo a la verdad, así como en el despacho de los también legendarios hermanos Mayo.

Cuando empezó a hacer trabajos políticos se vinculó, hacia mediados de la década de los 60, con la Secretaría de Gobernación, donde comenzó a hacer el registro de actos oficiales.

Pero en la segunda mitad de 1968 recibió un encargo particular: registrar las actividades del movimiento estudiantil. Le pidieron, sobre todo, que captara las mantas de las manifestaciones. Sólo ese trabajo tiene un valor testimonial incalculable, no nada más por la variedad y multiplicidad de las consignas y dibujos que en ellas aparecen, sino porque al ser tomadas todas desde un punto único, da idea del tamaño de las movilizaciones, sobre todo las del 27 de agosto y 29 de septiembre, donde hizo más de 300 placas de cada una.

Sin embargo, una de las encomiendas que al paso del tiempo cobra mayor importancia es la del desalojo del Casco de Santo Tomás, en el Instituto Politécnico Nacional, ya que fue un hecho de extraordinaria violencia del que existe un registro muy pobre de información gráfica. Y aunque siempre la cámara da un punto de vista desde la represión, sus fotografías son hoy un valioso documento histórico.

Gutiérrez Paredes estuvo también en los hechos del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, donde captó la detención de los líderes estudiantiles por parte de los grupos identificados con el guante blanco.

Sus imágenes, poco usuales en el trabajo de prensa de esos días, tienen por ello una importancia excepcional, como el mitin de padres de familia frente a la Cámara de Diputados, en Donceles, después de la matanza del 2 de octubre.

De hecho, sus fotografías fueron usadas como pruebas judiciales y periciales, como en el caso de las que captó después de la entrada del Ejército a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Manuel Gutiérrez Paredes, El Mariachito, falleció en la ciudad de México el 20 de noviembre de 1982, legando a su familia un impresionante archivo fotográfico.

Ese excepcional documento gráfico fue segmentado. Así, sus fotos de espectáculos fueron vendidas a la Cineteca Nacional; sus placas de deportistas las compró la Fototeca del Instituto Nacional de Antropología e Historia, de Pachuca, y sus imágenes políticas fueron adquiridas por la UNAM.

En este suplemento que ofrece La Jornada se recogen sólo algunas de las imágenes con las que Manuel Gutiérrez Paredes se convirtió, aun sin pretenderlo, en un testigo excepcional de una historia que cambió el rostro del país y que aún espera su desenlace en la justicia. *

 

Gobernación. Estudiantes. Mitin en Tlatelolco y aprehensión de los líderes. Octubre 2 de 1968

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Gobernación. Estudiantiles. Mitin en el Zócalo

y Avenida Juárez. Agosto 27 de 1968:

 

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Gobernación. Reproducciones de las fotos del

mitin estudiantil en CU. Agosto 21 de 1968:

 

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Gobernación. Estudiantiles. Mitin estudiantil en el

Zócalo y Avenida Juárez. Agosto 27 de 1968:

 

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Gobernación. Mitin estudiantil. Fotos del mitin

estudiantil del martes 13. Agosto 13 de 1968:

 

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Gobernación. Estudiantes. Toma de la CU por el ejército

y letreros alusivos. Septiembre de 1968:

 

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Gobernación. Estudiantes. Toma del Casco de Santo Tomás

por el ejército y detenidos. Septiembre de 1968:

 

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Gobernación. Estudiantiles. Mitin estudiantil en el Zócalo y Avenida Juárez. Agosto de 1968:

 

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Gobernación. Estudiantiles. Mitin de señoras frente a la Cámara de diputados. Octubre de 1968:

 

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Otra vez. . . México 68

mayo_68_02Lo hemos señalado en otros foros: las paradojas han acechado a la conciencia de México. En este caso, parece que sólo podemos hablar del pasado pero a la vez, como se muestra en la política, padecemos una amnesia ideológica. Igual en 2008 podríamos hablar de 70 años de la expropiación petrolera del 38, de 60 años de la aparición del charro De León en el sindicato ferrocarrilero, de Vallejo y las huelgas ferrocarrileras del 58-59, etc.

En la opinión corriente se habla, entonces, con signos mitológicos, no con la razón. Pero mientras en ésta se parte de un problema para encontrar sus vías de solución, en el mito se relatan los hechos como un acertijo que nos obliga a buscar el problema de origen. (Por ejemplo, Atenea nace de un hachazo que Hefestus da en la cabeza de Zeus).

***

No hablaremos, pues, del pasado "pasado", sino de lo que nació al futuro hace 40 años. Esto es, de lo que todavía transcurre.

1. Pero, ante todo, desmitificar...

* Cada 2 de octubre se oye decir por quienes se han apropiado del papel protagónico: "yo estuve allí", "la policía nos llevó", etc. Están a tono con el referente metafísico que el periodismo ha acuñado en estos tiempos: "estar en el lugar, con las personas y el tiempo equivocados".

Como si una mano siniestra dirigiera los acontecimientos y los jóvenes que participaron en el movimiento sólo fueran meras víctimas. (El Comité que se autoatribuye la herencia histórica del 68: Alvarez Garín, Jardón y otros más). Su discurso son nombres y nombres, como si respondieran al interrogatorio al que nos sometía la policía.

* Otros sólo recuerdan la represión y se pintan de necrofilia. (Poniatowska).

* Otros más repiten ritualmente que fue la "batalla contra la represión y por las libertades democráticas". (Los herederos de las izquierdas de aquellos días).

* Y, a salvo de toda sospecha, los canales comerciales de tv organizan "mesas redondas", donde los académicos de las universidades privadas y gentes que en aquellos días no abrieron la boca para nada, hacen "análisis" neutrales, objetivos.

Cuando publicamos el libro México a 30 años del 68, donde hacemos un examen político, ideológico y educativo de la universidad mexicana desde los 60's, Polo Ayala dijo sensatamente: "hemos andado gritando en la calle y nos hemos olvidado de nuestra casa". Es cierto, el poder ha hecho lo que ha querido con las universidades y con los organismos estudiantiles y los partidarios del 68 sólo recuerdan, desfila y gritan.

2. Sin mitificaciones, por tanto, tengamos presente.

Nuestra generación del 68 creció en el salto del México rural al industrial y comercial. Para entonces la clase empresarial ya no era un mero proyecto del proteccionismo estatal sino una formación social con poder y fuerza propia. Los gobiernos ya no se sentían obligados a ser fieles a la línea de la Revolución (el mismo López Mateos se había proclamado "vasconcelista"), la clase del capital tomaba sus propias decisiones.

Gustavo Díaz Ordaz, autoritario en toda su actuación, se presentaba como amigo de los Estados Unidos, se propuso hacer desaparecer las Normales Rurales, convertirlas en escuelas técnicas agropecuarias y encuadrar el crecimiento de las universidades en cauces burocráticos de sumisión al poder al fundar la Asociación Nacional de Universidades, igual que lo hizo con los sindicatos y el Congreso del Trabajo. Se trataba, era obvio, de ordenar el país como un sistema. (El stablishment, decíamos).

El movimiento estudiantil, ante el corporativismo social que sometía a los sindicatos, los campesinos y el "sector popular", no pudo ser cooptado por el poder y los organismos juveniles del PRI.

El aliento generado por la revolución cubana nos hizo sentir que la transformación social estaba a nuestras puertas, la crisis mundial del movimiento socialista abrió grandes discrepancias estratégicas en 1961 con la aparición de la tesis de la revolución pacífica y las divergencias frente al bloque soviético y la represión de los movimientos civiles en México (como los médicos, los magisteriales, los campesinos, etc.) iban generando una gran distancia entre los jóvenes estudiantes y las viejas generaciones en el poder que se parapetaban en el "principio de autoridad".

Todo eso indujo a muchos de nosotros a participar en la integración de grupos de lo que se llamaron las "nuevas izquierdas", contrapuestas a la del Partido Comunista y el Partido Popular Socialista.

La generación de propuestas para democratizar los sindicatos y conquistar la independencia ideológica y organizativa de la clase obrera, la acción de diversos grupos en la formación de la Central Campesina Independiente, si bien eran tareas emprendidas por núcleos minoritarios, generaban un ambiente ideológico de discusión y diálogo que se hacía extensivo a toda la universidad a través de los órganos de la prensa estudiantil, que en aquellos tiempos eran la tribuna principal de nosotros.

Allí se convirtió en una propuesta pública la formación del partido de la clase obrera, de los campesinos y los estudiantes.

Diversas reuniones nacionales de grupos estudiantiles tuvieron efecto en México, Morelia, Monterrey y otras ciudades. Las batallas que se dieron, el intercambio de posiciones, las disputas por la dirección, la caracterización de la vida nacional, la orientación general del movimiento, iban formando un trasfondo ideológico común.

En ausencia de una sola dirección y objetivos comunes, el poder se expresaría al respecto diciendo que: "los estudiantes saben lo que no quieren, pero no saben lo que quieren". En realidad, el movimiento estudiantil había rebasado al ritualismo ideológico en el poder y a las consignas de las izquierdas mundiales transplantadas a México.

Por estos antecedentes, la acusación que el sistema mexicano siempre hizo contra los movimientos disidentes, señalándolos como "importadores de ideas exóticas", era sólo expresión de su osificación y su incapacidad para comprender el surgimiento de nuevas fuerzas sociales.

El movimiento de Berkeley en 64, el de Berlín del 67, el de Uruguay y París en 68, no explican nada sobre el movimiento mexicano, que iba cobrando una dialéctica propia.

3. El movimiento en Monterrey.

A las condiciones en las que se desenvolvía el estudiantado nacional, se agregaba en Nuevo León su maduración y el abandono de su minoría de edad ideológica.

Debe recordarse que desde inicios de los 60's se buscaba limitar el cupo de las escuelas de la Universidad de Nuevo León. En unos casos (como en la medicina, ligada incluso a empresas extranjeras, como la Kellog)), para reservarla a los grupos que han manejado los negocios de la salud desde aquellos tiempos; en otros, para canalizar demanda de estudios hacia instituciones privadas, como el tecnológico, y a los intereses de los negociantes de la educación que ya se dejaban ver. (Coello, por ejemplo).

De tal manera, la batalla por el ingreso de las nuevas generaciones a la universidad, cobraba un carácter popular "contra la aristocratización de la educación".

A eso se agregaba el surgimiento de diversos focos de descontento en contra del arcaísmo académico, sobre todo el nacido en la Escuela de Filosofía en 1965, en el que protestamos contra la corrupción administrativa y el dogmatismo filosófico con el que disfrazaba el oscurantismo religioso de Agustín Basave. Este movimiento, en particular, polarizó las posiciones políticas hacia el interior de la UNL, hizo extensivo el debate ideológico a grandes grupos y deslindó los campos de batalla entre quienes buscábamos dejar atrás la vieja universidad y dar paso a una educación "científica, democrática y humanista".

A raíz ese movimiento, las derechas vieron con preocupación que se había derribado a uno de sus ideólogos principales. Cosa que aprovechó Eduardo Elizondo, quien era tesorero en el gobierno de Livas, para maniobrar, conseguir que el gobierno lo nombrara rector y desde allí marcar la línea autoritaria y aristocrática a seguir, aprovechando además la rectoría como un trampolín para llegar a la gubernatura.

Este personaje, de infausta memoria, se jactaba de ser apoderado de once empresas y, criticando a los "jóvenes que no creen en nada", afirmaba que la universidad debía ser manejada igual que los negocios.

A los pocos días de tomar posesión como rector en 1965, propuso al que esto escribe la desaparición de la Facultad de filosofía y letras, arguyendo que "estas áreas no son para el pueblo o las mayorías, sino para gente selecta". Proponía, en cambio, la formación de un "instituto de investigaciones" con becarios bien pagados.

Se le hizo ver su ignorancia en estas cosas al recordarle que el gran maestro de la filosofía, Sócrates, enseñaba en la calle, el mercado, la plaza pública, a todo aquel que quisiera oírlo. Las esuelas de filosofía, afortunadamente no responden al mercado laboral.

En adelante, además del trabajo académico, la tarea de los estudiantes de esta escuela incluía la defensa por su existencia y en contra del pragmatismo de los negocios que se trataba de implantar en la UNL. Batallas que se libraron hasta nuestra expulsión por el porrismo en 1972.

El citado personaje sentía que ya había alineado a los profesores con prebendas a través del Sindicato Universitario, que se prestaba para servirle en la llegada a la gubernatura. (Varios grupos estudiantiles denunciamos en la misma asamblea general de los trabajadores de la UNL, los trucos que, con la complicidad sindical, se utilizaban "para elevar un rector a gobernador").

Ya siendo gobernador, en marzo de 1968 el sr. Elizondo exhibió su política antiuniversitaria en contra de las clases pobres. Propuso un anteproyecto de ley para crear el "Instituto de Préstamos para la Educación Superior y Técnica del Estado de Nuevo León".

Con éste se buscaba que las cuotas de los estudiantes cubrieran todos los gastos de la universidad, con el pretexto de darles créditos para pagarlas al terminar sus estudios. Era el mismo esquema del ITESM, que había buscado hacer extensivo al país en 1964 el sr. Espinosa Yglesias, del Banco de Comercio.

Dicho "instituto" estaría formado de manera corporativa: por el rector, el director de educación pública, un representante del gobernador, dos de los campesinos, dos de los sindicatos, dos del sector popular y dos del "consejo estatal de la ciudadanía". Era el mismo esquema fascista que impuso en 1971 cuando designó a un coronel como rector de la UNL, que quedó gobernada por una junta de "notables". ("Por su ignorancia", decíamos los estudiantes).

El movimiento estudiantil estaba maduro en aquellos días. Se constituyó un Consejo Estudiantil, formado por representantes directos, electos democráticamente por cada grupo escolar.

La organización general, democrática e independiente de los estudiantes fue un gran avance. En contra de los grupos políticos partidarios y de interés que despreciaban esa posibilidad y creían que el estudiante no tenía la conciencia y la disciplina suficientes para unirse y organizarse por su cuenta, la batalla contra las cuotas y la aristocratización en la UNL sentó este precedente.

El gobierno dio marcha atrás ante la amenaza de incorporar a otros sectores de la población a la lucha contra las cuotas. (En documento publicado por la revista de circulación nacional, Sucesos, del 4 de mayo de 1968 se exponían las razones para rechazar el proyecto empresarial de Elizondo). "Los estudiantes de Nuevo León no quieren que la educación sea un privilegio de los ricos", decía. "Que se abran las puertas de la UNL a los hijos del pueblo humilde" y que desaparezcan las concesiones que se dan a las empresas, exigía el movimiento.

El Consejo Nacional de Huelga que se formaría en la Ciudad de México en agosto de 1968, también tomaría esta forma de organización, poniendo al margen a la Juventud Comunista y la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos del IPN, que pretendían capitalizar el movimiento en su provecho particular.

La organización democrática y general fue la gran lección que los estudiantes dieron a la democracia mexicana.

Pero algo más se había ganado: un legado que se ha devaluado ante la pasividad de las generaciones herederas de aquella. Más allá de los crímenes, de la denuncia, el protagonismo, la manipulación y la enajenación de la conciencia de los estudiantes, se había constituido un sector particular de la vida nacional.

Nada, pues, del movimiento era inexplicable; y ningún gesto, ademán, acto, palabra, sentimiento o denuncia era despreciable para despertar a los jóvenes que se rebelaban contra la "gran costumbre".

4. El nacimiento del sector estudiantil.

A diferencia de un segmento de la izquierda, del gobierno, los rectorados y los sindicatos universitarios, que nunca quisieron reconocer autonomía al movimiento estudiantil, éste demostró que era capaz de ello.

Una condición general de la vida contemporánea, que era captada intuitivamente por algunos grupos de estudiantes, era el marco de referencia del nacimiento de dicho sector. Los cambios científicos y tecnológicos que se venían gestando desde finales del siglo XIX y que cristalizaban ahora con la revolución cibertécnica, han ido elevando la importancia del trabajo científico y profesional, ante la fuerza de trabajo iletrada que va perdiendo capacidad de generar valor económico.

En ese marco, el estudiante forma parte de los cambios y formaciones sociales contemporáneas, aunque el poder no se lo reconozca. La prueba de ello es que actualmente tienen derechos especiales los niños, los ancianos, los homosexuales y hasta los animales, pero no existe un derecho de los estudiantes; aunque éste forme parte de las nuevas capacidades sociales, puesto que se prepara para el ejercicio profesional, cuya repercusión es la elevación de la eficiencia y la productividad general del trabajo.

Sentado por supuesto que, con una orientación social y nacional, su trabajo contribuye a la solución justa de las necesidades de los mexicanos y a la soberanía tecnológica de México.

En pocas palabras, el estudiante había nacido como un sector social debido a los cambios en las funciones del conocimiento y la actividad profesional después de la segunda guerra mundial.

Las viejas concepciones sociales, no lo entendieron así. Igual que en el siglo XIX, incluido el marxismo, no se reconocía al campesino como un sector con derecho propio en la vida nacional. (Todavía la Revolución Obrera Rusa de 1917 lo tenía como un mero aliado, mientras la Revolución Mexicana le dio carta de existencia nacional en el artículo 27 constitucional).

Su posición como sector social, como quiera, es especial. A diferencia de los asalariados, que pueden ser presionados por el empresario o por el sindicato para renunciar a su lucha, la presión económica no puede ser ejercida contra el estudiante. A diferencia del trabajador en activo, no puede presionar contra la estructura económica para buscar su modificación en el terreno productivo.

No obstante, la estrechez de miras en la que se ve atrapado el trabajador, contrasta con las posibilidades que el estudiante tiene de abrir su conciencia y contribuir a iluminar el mundo con su pensamiento.

Su brújula, en todo caso, es la misma que la liberación del trabajo en general.

5. Algunas enseñanzas.

Las perspectivas que esta situación del estudiante desata son inmensas. Así lo hacíamos ver el 3 de octubre en el documento Las perspectivas del movimiento estudiantil, presentado en la Facultad de leyes de la Universidad.

Sus conclusiones:

* "El estudiante ha aparecido como un sector social y político específico".

* "Ha de asegurar su existencia sosteniendo la independencia de las sociedades de alumnos respecto de los partidos políticos y las autoridades."

* "Una tarea suya es rescatar la universidad para sus propios fines (la ciencia, la cultura, el sentido democrático y humanista de la vida)".

* "Siendo un poder, debe ejercer su fuerza para poner la balanza política en favor de las clases trabajadoras y una sociedad mejor."

* "Otra tarea es la integración de una comunidad que luche por una patria independiente." Y finalmente

* "Remover organizadamente la conciencia del mundo. Es decir, ejercer el papel de inteligencia que ha comenzado a desplegar, frente a una intelectualidad que no acaba de comprender la gravedad del momento." (En el periódico Prometeo liberado, de la Facultad de filosofía y letras).

***

Ya sabemos que no ha sido así, que el poder ha ganado la batalla temporal. Pero eso no niega lo dicho sobre la ubicación e importancia de los estudiantes y el trabajo, para hoy y para el futuro. Y ésta es una notable enseñanza del movimiento estudiantil del 68.

 

2 de octubre 2008